La ganadería de la Argentina se enfrenta a una encrucijada de difícil solución. Las dudas acechan a los productores.
Cuando escucho la disparidad de conceptos que tienenlos economistas respecto de la inflación y acuerdos de precios, lo único que me queda claro es que ninguno tiene la verdad absoluta.
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Si uno me dice: «Francia se desarrolló con acuerdo de precios durante 50 años y tuvo un crecimiento sostenido» y el otro contesta «sí, pero tenía como respaldo al Banco Central Europeo, y había una inflación de 3% anual», indudablemente hay dos verdades a medias.
Lo que sí todos coinciden, es que el crecimiento y la mayor demanda de ciertos bienes y servicios deben ir acompañados de un aumento de la oferta de los mismos y esto se consigue mediante la inversión. ¿Cuál será la verdad en la Argentina? Como punto de partida tengo que enunciar que nuestro país por su clima, su suelo y la capacidad de su gente es realmente competitivo en la producción de alimentos. Esto lo demuestran los bajos precios con que los productores primarios vendemos la producción. Porque es mentira que tenemos internacionalizados nuestros precios, tenemos la carne más barata y de mejor calidad del mundo, en cualquier otro país el lomo vale 10 dólares el kilo.
El pan se hace en la Argentina con una harina que proviene de un trigo subsidiado internamente en 20%, el aceite con una soja y girasol subsidiado en el mercado interno con 23%, la leche sale de nuestros tambos a 0,15 de dólar por litro y hasta nuestros caramelos se hacen con una melaza que proviene de un maíz subsidiado con 20%.
¿Podemos seguir engañando a la gente diciendo que la lucha de este gobierno es para que estos alimentos lleguen a la mesa de todos los argentinos sin estar contaminados por el precio internacional? ¿Por qué no proponemos traer los mismos alimentos, con la misma calidad de otra parte del mundo a menores precios? Con seguridad nos quedaremos levantando la mano porque no hay lugar en el mundo que la carne, la leche y los granos estén más baratos que en nuestros país.
Acá entra a jugar otra realidad con la premisa del aumento de la oferta, apuntalada con mayores inversiones. ¿Podremos seguir produciendo estos alimentos, en forma sustentable en el tiempo, a estos valores? ¿Podremos hacer un kilo de novillo a $ 2,40 como pretende el gobierno? ¿Quién va a invertir en este contexto en el campo?
La repuesta indudablementees totalmente negativa. Con estos valores y con el constante aumento de nuestros costos, el productor tiene dos alternativas: o se endeuda o se descapitaliza.
Retroceso
Y éste es el grave riesgo que corremos, volver nuevamente a la situación de la convertibilidad donde desaparecieron 200.000 productores. En una charla con un reconocido funcionario del gobierno, hablando de los acomodamientos de los precios nos decía: «¿Qué es acomodarse los precios para ustedes, tener el mismo valor, en moneda constante, que en la convertibilidad, donde muchos productores se fundieron? No se olviden que hoy tienen 20% o 30% menos en los valores de sus costos».
Claro, respondimos defendiendo nuestra situación parecida a la de la década del 90, pero nuestros productos también valen 20% o 30% menos. Peor aún, cuando explicando a otro funcionario que con $ 2,40 el kilogramo de novillo muchos productores y sobre todo los de zonas marginales, que no tienen otra alternativa productiva, donde se elevan los costos por problemas climáticos y de suelos, no podían producir a esos precios, su contestación fue categórica: «Y si no pueden producir, que se fundan».
Creo que esta contestación engloba una realidad: al gobierno no le importa el productor, sabe que de alguna manera va a producir, endeudándose o descapitalizándose, está obligado a hacerlo, no puede dejar dos o tres años el campo cerrado, como sí lo hace una industria. Sus números son sólo para que «el pueblo» pueda tener hoy carne, leche y granos baratos, y el productor que no se «acomoda a esta realidad que se funda». Esta situación, indudablemente, nos aleja de la premisa de «la inversión», de todas las escuelas económicas, como herramienta fundamental para superar la combinación del crecimiento con las mayores demandas.
Estamos lejos de aumentar la oferta, me animaría a decir que la desalientan, y con seguridad dentro de seis meses, un año o dos años, vamos a ver menos vacas en los campos. Por eso, entre las medias verdades económicas de si se puede o no llegar a acuerdos de precios, de que si se puede o no hacer un seguimiento de los costos de la cadena, queda encerrado el sector primario agropecuario, que por su gran capacidad y eficiencia productiva, por las ventajas comparativas de nuestro clima y suelo y por la obligación de tener que producir, se lo castiga con precios dirigistas, subjetivos, totalmente lineales y sin tener en cuenta el desarrollo social del interior.
Me preocupa que nuestros legisladores, todos paridos en el interior y gobernadores guarden silencio de tumba, tal vez cuando todos estemos de luto se acordarán de que el interior alguna vez tuvo vida.
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