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1 de febrero 2002 - 00:00

Transgénicos, riesgos y oportunidades

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Pero sucede que los consumidores más militantes tienen dudas sobre los efectos del consumo de alimentos derivados de procesos de modificación genética, a los que llaman "comida Frankestein". Los temores hacia los transgénicos se fundamentan en la incertidumbre por la reacción que puede tener una planta cuando se introduce en ella algo que no pertenece a su cadena genética.

La Unión Europea (UE) puso en vigor recientemente la obligatoriedad de etiquetar todos los alimentos cuyos ingredientes contengan más de un 1% de organismos genéticamente modificados.

Además, todos aquellos alimentos que lleven aditivos y aromas fabricados a partir de organismos transgénicos deberán someterse a las mismas reglas de etiquetado.

La proporción de material accidentalmente transgénico no debe exceder del 1% de cada ingrediente considerado por separado. Por ejemplo, en caso de un producto que contenga almidón de maíz transgénico, el porcentaje permitido será del 1% del almidón en sí, no del producto. Y, puesto que el almidón no constituye más que una pequeña parte del producto que lo contiene, la proporción real de organismos genéticamente modificados en el producto será muy inferior al 1%.

Las asociaciones de consumidores y ecologistas recibieron con agrado la decisión de la Comisión Europea, porque piensan que el etiquetado reforzará la información al público, dado que hasta ahora, aunque el fabricante debía hacer constar si el producto contenía transgénicos, no siempre era posible para el consumidor comprobarlo.

La nueva normativa incentivará que los fabricantes exijan certificados a los proveedores de que las materias primas están libres de ingredientes transgénicos, y también podrán solicitar especificación detallada de la cantidad que contienen. Países como Francia defienden el "derecho a saber" y el "principio de precaución" de los consumidores en materia de seguridad alimentaria.

La idea del "principio de precaución" se basa en la necesidad de proteger a la población ante la eventualidad de un riesgo inaceptable para la salud y cuando los datos científicos son "incompletos y controvertidos". En los Estados Unidos creen que esto podría significar un "proteccionismo camuflado" o nuevas formas de barreras para arancelarias.

Significativamente, este año será el primero que mostrará un descenso en la superficie plantada con especies transgénicas en los Estados Unidos, desde que se comenzó a trabajar con esta tecnología en 1996. Sucede que los farmers han percibido los efectos del debate y las resistencias a comprar de países europeos y asiáticos. Incluso en los Estados Unidos empresas como FritoLay, una división de la PepsiCo, dejaron de comprar insumos modificados debido a la presión de una parte de la opinión pública. Por su parte, la inquietud de los consumidores europeos respecto de los alimentos transgénicos, en la que se sustenta la posición de los gobiernos, se potencia por casos como el mal de la vaca loca o las dioxinas.

Claramente, en Europa hay un descreimiento de la sociedad por errores del pasado que no tuvieron que ver con los OGM. Mucha gente desconfía de las autoridades de regulación y de la palabra de los científicos por lo sucedido, por ejemplo, con casos como el del mal de la vaca loca. El argumento pasa por la "necesidad de garantizar la tranquilidad de los consumidores y la seguridad del medio ambiente". Y es razonable.

La medida afectaría a los países exportadores de cereales, como la Argentina, que dedica actualmente casi un 80% de su área sembrada de soja y un 6% de la de maíz a variedades transgénicas. Por supuesto, el objetivo de los europeos es más bien frenar el boom transgénico que llega desde los Estados Unidos.

Ahora los exportadores a Europa deberán probar que la presencia de transgénicos fue accidental, y que no supera el porcentaje estipulado. La Argentina es claramente uno de los países que más se ha beneficiado con los materiales transgénicos. En las empresas cerealeras acusan de "hipócritas" a los europeos, que no se preguntan acerca de los efectos de los pesticidas con los que fumigan su soja no transgénica.

En la empresa Aventis, como en sus competidores Syngenta, Monsanto, DuPont, Basf, Cyanamid y otros, consideran que las nuevas tecnologías van a mejorar la cantidad y la calidad de los alimentos, y que esto va a ser recibido como un beneficio por los consumidores, más tarde o más temprano. Para ellos, la biotecnología es una de las soluciones para el productor, que puede así reducir costos y ganar competitividad. Aventis apuesta en el país a lograr semillas de maíz resistentes a la Diatraea, de soja y maíz resistentes a herbicidas y de algodón con tolerancia a herbicias y resistencia a insectos.

Un informe reciente de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, centrado en plantas genéticamente modificadas para que produzcan sus propios pesticidas, sostiene que en este momento no hay de qué preocuparse a la hora de acercarse a la góndola del supermercado. Aunque opinó que el proceso de insertar genes de una especie en otra no es algo en sí peligroso, se ocupó de llamar a intensificar la regulación sobre estas modificaciones. En este sentido, el informe fue visto como un tenue cambio de la Academia dado que en estudios anteriores había enfatizado la supuesta seguridad y beneficios de los OGM.

Por otro lado, durante años la Administración de Drogas y Alimentos (FDA) aseguró a los consumidores estadounidenses que los alimentos modificados genéticamente (OGM) estaban sujetos a un riguroso proceso de regulación y que no tenían nada que temer de los productos alimenticios alterados por la vía genética.

Sin embargo, en los últimos meses, el temor europeo cruzó el Atlántico y dio lugar a una creciente polémica que las autoridades estadounidenses ya no pudieron ignorar. Un informe de la FDA revela que un 80% de la población desea etiquetas en los OGM y que un 40% quiere pruebas de seguridad obligatorias. En Washington, el Centro para la Seguridad de los Alimentos es una de las varias partes demandantes en un juicio que busca obligar a la FDA a que pida pruebas de seguridad más rigurosas y la colocación obligatoria de etiquetas en todos los OGM.

En alguna medida está instalado que los organismos genéticamente modificados sólo favorecen a los productores del campo, porque bajan sus costos. Pero hay quienes destacan ciertos beneficios ambientales de estas nuevas semillas. En el caso de los Bt, se reducen las aplicaciones de insecticidas y se logran granos más sanos, que en consecuencia sufren menos ataques de hongos. En el caso de la soja RR (Roundup Ready), el impacto ambiental favorable se basa en la facilidad de su cultivo en siembra directa, que permite recuperar suelos erosionados. Se logran varios efectos en cadena, empezando por la captación de CO2 del aire que queda almacenado en la materia orgánica del suelo.

Las estimaciones dan cuenta de que el uso de variedades transgénicas de soja producen un promedio de ahorro de 56 dólares por hectárea en el control de malezas. Por su parte, el International Rice Research Institute ha colaborado en el desarrollo de un arroz resistente a un virus que es el culpable de la pérdida anual de 7 millones de toneladas.

Vale destacar que, de la producción mundial de alimentos, el 64% es consumido por los humanos, el 14% los consumen las plagas, el 12% las enfermedades y el 10% las malezas. La misión es mejorar estas proporciones, aumentando la "torta" y defendiendo el rendimiento. Produce sorpresa saber que en el Hemisferio Norte, un solo insecto (parecido a nuestra Diatraea saccharalis) se come el alimento de 60 millones de personas.

Lo defensores enumeran varias ventajas a la hora de proponer que el país no se quede fuera de la era biotecnológica en el campo: sostienen que las nuevas variedades son benéficas para el medio ambiente y para el agricultor, porque reducen sus costos; y también para la población, sobre todo para los sectores más pobres, dado que hará disponibles más alimentos y bajará sus precios. A la baja en los precios de los comestibles se debe sumar su impacto favorable en los niveles de desnutrición. Y desde el punto de vista medioambientalista, de estas técnicas prometen un menor uso de insumos, especialmente pesticidas y herbicidas. Pero no puede desconocerse que la gente se preocupa sobre el posible efecto sobre la salud humana de las nuevas tecnologías. Pero los entendidos recuerdan que la tecnología es nueva, pero el proceso de introducir genes de otras especies para mejorar los cultivos es muy antiguo.

Existen argumentos a favor y en contra del uso de cultivos transgénicos con tolerancia a los herbicidas y resistencia a plagas y virus, así como dudas acerca de sus efectos. Preocupa especialmente la posibilidad de que los genes transgénicos puedan llegar a insertarse en los genomas de las malezas. Jeremy Rifkin, en su libro

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