En los últimos cinco años, y hasta muy recientemente, la economía mundial ha venido creciendo a una tasa sostenida de 5% anual, un promedio no visto en los últimos 30 años. Lo remarcable de este fenómeno es que ha sido acompañado por un proceso de caída constante en la tasa de inflación promedio en casi todos los países del mundo. Así, mientras los países industriales crecieron a un promedio de 2,5%-3% anual, la cifra comparable para los emergentes ha sido de 8%. Sin embargo, la inflación fue decreciente en ambos grupos, convergiendo en un rango de entre 2% y 3%.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Este escenario benigno parece haberse complicado en 2007 y sus perspectivas son aun más inciertas para 2008. Dejando de lado, para nuestro propósito, la crisis financiera e hipotecaria en los países centrales y su efecto, hasta ahora marginal en la tasa de crecimiento global, lo que es altamente destacable en 2007 es la aceleración de la inflación agregada en un gran número de países. Esta reversión en la tendencia declinante de la inflación es ampliamente atribuible al rápido encarecimiento del precio de la energía, pero también a una tendencia notablemente alcista en el precio de los alimentos.
La combinación favorable de los últimos años de crecimiento alto con inflación baja fue acompañada por un permanente aumento en el precio de los commodities, y daba la impresión de que fuerzas estructurales muy poderosas estaban evitando el impacto del precio de las materias primas sobre los índices generales. Estas fuerzas estructurales que han contenido la inflación hasta 2007, y que continúan haciéndolo sobre una importante gama de productos, tienen que ver con la incorporación al sistema global de la inmensa cantidad de mano de obra proveniente de la globalización de China, la India, el resto de Asia y la ex Unión Soviética. El Fondo Monetario, por ejemplo, calculó que la mano de obra efectiva a nivel mundial se ha más que cuadruplicado en los últimos 25 años; esto ha puesto un techo ( declinante) en el precio de los productos industriales intensivos en el uso de mano de obra.
El segundo factor estructural tiene que ver con el gran crecimiento de la productividad, primero en los países industriales y ahora en muchos países emergentes. Este crecimiento de la productividad está ligado a las nuevas tecnologías, particularmente la informática, que también actúan como freno en los costos y en los precios de productos intensivos en el uso de capital.
Lo notorio en 2007, y probablemente en el futuro cercano, es que estas fuerzas antiinflacionarias estructurales han chocado con otro fenómeno correlacionado, también de carácter estructural: la así llamada agroinflación («agflation» en inglés). En 2007, el precio de los granos, como también el de muchos otros productos agrícolas, alcanzómáximos históricos o precios que no se habían visto en las últimas tres décadas. Expertos calificados proyectan que esto no es un fenómeno pasajero; la inflación de alimentos a nivel mundial durante los próximos cinco años ha sido proyectada a un promedio de 7,5% anual, claramente superior al 2%-3% promedio de los últimos 10 años (Bill Lapp, «Advance Economic Solutions»).
Y aunque parezca contradictorio, estos precios récord fueron alcanzados en un período de cosechas récord en el mundo (a pesar de algunos factores climáticos adversos). Si la agroinflación aparece durante un período de oferta creciente, es claro que hay algo fundamental afectando la demanda mundial de cereales y granos.
Aparentemente, estos factores fundamentales son dos; uno está conectado precisamente con la performance exitosa de los países emergentes, particularmente con el crecimiento espectacular de China, la India y el resto de Asia. Esta performance que, como he mencionado anteriormente, tiende a reducir el precio de los productos industriales, tiende simultáneamente a incrementar los ingresos y el nivel de vida de una inmensa masa asalariada. Este aumento en los ingresos conlleva un cambio de dieta que incluye un aumento de demanda por alimentos más variados en general y por carne ( vacuna, avícola, ovina, etcétera) en particular. Esto, a su vez, aumenta la demanda por cereales también para alimentar a los animales. Dicho fenómeno no debería ser sorprendente, ya que hay una larga correlación histórica entre el crecimiento del producto y el consumo de proteínas cárnicas.
Demanda
Lo que ha redoblado el impacto es el segundo factor: el inmenso salto en la demanda, particularmente en los Estados Unidos, por biocombustibles, en especial etanol. En el año 2000, los Estados Unidos utilizaron 15 millones de toneladas de maíz para producir etanol, en 2007 la cantidad de maíz empleado alcanzó los 85 millones de toneladas. Esta demanda de etanol afecta indirectamente otros cultivos y el precio de otros alimentos. Al ser fuertemente subsidiada la producción de maíz para etanol, los productores norteamericanos sustituyeron cultivos, disminuyendo especialmente el trigo y la soja. Esta sustitución provocó una cosecha récord de maíz a costa de una gran disminución de la producción del resto, con la consecuente suba de sus precios. Pero aun así, la producción récord no logró abastecer la demanda, causando una disminución sustantivaen los stocks de maíz, otro factor que claramente empuja los precios hacia arriba.
La agroinflación parece ser un fenómeno global. En los países de la eurozona, el precio de los alimentos superó el 4,3% y fue uno de los principales motivos para que el índice de precios al consumidor supere el interanual. Igualmente, en los Estados Unidos, el 4,3% de inflación interanual en noviembre fue fuertemente afectado por el 4,8% en el aumento en el precio de los alimentos. En los países emergentes, este efecto ha sido muy marcado, haciendo subir la inflación en un promedio de 2%. En China, donde la inflación llegó a 6,5% interanual en noviembre, no superó el 1,5% si se excluye el componente alimentario.
Es muy probable que, dados estos factores estructurales, el mundo tenga que convivir con la agroinflación por un tiempo considerable. Más aún si consideramos la debilidad del dólar y el alto precio de la energía que, además de promover el desarrollo de alternativas que compiten con los cultivos destinados a alimentos, incrementan el costo de los insumos, particularmente el de los fertilizantes. Además, este fenómeno coincide con la crisis financiera-crediticia global, lo que dificulta la misión de los bancos centrales -que han debido reducir las tasas de interés y aumentar la liquidez- de evitar que estos incrementos en el precio de los alimentos se propaguen creando inflación generalizada.
¿Qué implicancias directas tiene la agroinflación para la Argentina? Por un lado, es difícil aislar al país de un fenómeno estructural internacional. Las retenciones y otras medidas administrativas pueden disminuir el impacto, pero no contenerlo totalmente, además de reducir el incentivo a expandir la oferta y aprovechar la bonanza, parte de la cual debería destinarse a reducir las consecuencias de la agroinflación sobre los sectores más carenciados de la población. Pero, por otra parte, las riquezas del país han claramente aumentado, ya que producimos eficientemente lo que el mundo demanda a precios récord. Esto permite holgura fiscal y externa, pero debe ser aprovechado para alentar las necesarias inversiones en varios sectores de la economía que encuentran limitaciones para incrementar la oferta de productos ante un consumo fuertemente dinámico.
Dejá tu comentario