En el mejor de los escenarios, la Argentina tendrá una aceleración de la inflación y un deterioro del tipo de cambio. Así lo vaticinó Domingo Cavallo en un trabajo presentado ayer al Grupo de los Treinta en el que sugiere que la Argentina, para limitar el incremento de precios (que provocaría un estancamiento de la economía) deberá adoptar una política fiscal más ajustada y liberar el comercio, precisamente medidas opuestas a las que adoptó el país en los últimos tres años. Además, aseguró que «el tipo de cambio real está subdevaluado 55%» y que, de continuar las políticas económicas actuales, mantenerlo en esos niveles se vuelve insostenible.
Domingo Cavallo presentó ayer un trabajo titulado « Tergiversando la micro para embellecer la macro: el caso de Argentina» (junto al economista Joaquín Cottani) ante el Grupo de los Treinta. Esta es una asociación de economistas de la que el ex ministro de Economía es miembro (como otros colegas, tales como Paul Volker, ex de la Reserva Federal; Stanley Fisher; Paul Krugman; y el presidente del Banco de Inglaterra, Merving King, y del Banco de Europa, Jean-Claude Trichet).
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Así, luego de haber escrito hace tres días en su blog que la Argentina tendrá en los próximos tres años estanflación, en el trabajo de ayer volvió a mencionar la posibilidad de un estancamiento de la economía con alza de precios.
En el «paper» de 30 páginas que presentó, indicó que «el tipo de cambio real está subdevaluado 55 por ciento» y que la inflación contenida a través de la intervención estatal es del orden de 56 por ciento -si se toman en cuenta la aplicación de retenciones y prohibiciones para exportar- o de 125 por ciento, si a lo anterior se agrega el congelamiento de tarifas, las regulaciones en precios y salarios, y la compensación a productores vía subsidios.
Además, explica que «si se mantiene el peso a su valor corriente en término real efectivo (o incluso reduciéndolo más, como el gobierno sugirió) sin modificar drásticamente la política fiscal, monetaria, de ingresos y comercial, se exacerbarán las distorsiones y, a la larga, se volverá insostenible».
Conceptos salientes
Y aclara que «esto es suponiendo que el contexto internacional continúe siendo favorable» ya que, en el otro escenario, «los superávits argentinos gemelos (externo y fiscal) desaparecerán y el tipo de cambio real probablemente deberá depreciarse en lugar de apreciarse». En ese sentido, señala que «en ese contexto, el gobierno perderá el control de la inflación. Y si eso pasa, la economía, seguramente se estancará».
A continuación, los principales puntos del trabajo:
Si se supone que, de maneraoptimista, el mundo puede evitar caer en una recesión global, para asegurar una adecuada performance de la economía en el largo plazo, el modelo de crecimiento argentino deberá sufrir cambios fundamentales. Para empezar, los precios domésticos deben ser liberalizados. Esto incluye el reajuste de las tarifas de la energía y servicios públicos, y la eliminación de los controles de precios en los bienes de consumo. Estas políticas inevitablemente producirán aceleración de la inflación y un deterioro del tipo de cambio real. El gobierno podría limitar estos efectos mediante la implementación de una política fiscal más ajustada, acompañada por una liberalización del comercio, principalmente de las importaciones. Pero esto implica moverse en el sentido inverso de la dirección que fue la Argentina en los últimos tres años.
Si imaginamos que hay una recesión global, la Argentina no está bien preparada para lidiar con ella. De manera contraria a Brasil, que dejó que su tipo de cambio real se apreciara y que se contrajera el déficit fiscal durante la etapa expansiva del ciclo, la Argentina aplicó la receta opuesta: dejó que el tipo de cambio se apreciara hasta que estuviera terriblemente subdevaluado y permitió que el superávit fiscal cayera a pesar del récord en la recaudación tributaria. Al implementar estas altamente pro cíclicas mezclas de políticas, la Argentina hizo exactamente lo opuesto de lo que recetó el médico. Entonces, ahora, cuando los hacedores de políticas racionales establecen que se debería dejar a la moneda depreciarse en respuesta a los «fundamentals» externos debilitados y que el superávit fiscal caiga debido a una reducción dada endógenamente por una menor recaudación de impuestos, existe poco espacio para ambas políticas.
El nivel de equilibrio actual del tipo de cambio real no es muy diferente del nivel que se observó en el cuarto trimestre de 2001, en ausencia de intervención gubernamental. Además, si no hubiera intervención en el mercado, el poder de compra del peso sería tan alto hoy como el de 2001.
El incremento del índice de precios mayorista entre el último trimestre de 2001 y el tercero de 2007 fue casi el mismo que el aumento del tipo de cambio nominal del dólar en términos de pesos. Esto implica que, a través de las retenciones y otras restricciones al comercio, el gobierno pudo «confiscar» prácticamente todas las subas de renta que se dieron por el mejoramiento en los precios internacionales, dejando a los productores (particularmente a los exportadores de commodities) el aumento dado por la depreciación nominal del peso.
Las políticas que componen lo que se volvió el «nuevo paradigma económico» argentino nunca fueron anunciadas como parte de un plan integral, probablemente porque nunca hubo uno. Medidas como la derogación de la Ley de Convertibilidad y la pesificación forzada de los depósitos y de otros instrumentos financieros; la reintroducción de las retenciones luego de 11 años de ausencia de éstas; el congelamiento de las tarifas de servicios públicos; y el default de la deuda pública se hicieron de manera precipitada en respuesta a la crisis de diciembre de 2001. Al momento que Néstor Kirchner llegó al poder (en mayo de 2003), el tipo de cambio real efectivo estaba dado. Todo lo que Kirchner hizo fue mantener el statu quo, ya que era funcional a sus necesidades políticas.
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