Se advertían señales nerviosas provenientes de algunos círculos que mueven dinero de verdad, alguna intercepción entre edificios de la City, una comunicación que se desvía, paredes que oyen, la secretaria infiel y chismosa, y el periodista que -como tantas veces- se entera de algo sólo por casualidad (aunque lo pase como de tipo informado). Y esas señales emitían preocupaciones por el rumbo siguiente en las cotizaciones de la divisa, tras haber desempeñado una semana de estabilidad inducida.
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Pues, que adentro de ciertos despachos se consideraba que la inducción iría perdiendo efectos, que se generarían desniveles entre flujo de demanda y la oferta posible, todo enmarañado con los personajes del Fondo aquí, con el asunto de alinearse con los Estados Unidos en ciertos vínculos (que son resistidos por otra parte de los que mandan, de manera directa o indirecta). No importa que las cosas se den así, en todo caso se lo dejamos al lector amigo de esta columna, nada más que para que esté atento y nada lo tome de sorpresa. No creemos mucho en esas conversaciones de palacios privados, porque las más de las veces se echan a rodar como para que algunos «corre-ve-y-dile» de la prensa lo vuelquen en los medios y hagan de una ansiedad de algunos pocos, la incertidumbre y el temor de muchos. No importa tampoco el andar de una semana, cuando lo que debe vigilarse es la tendencia de fondo del país (como se hace con el mercado) antes de intentar algo. La Bolsa se ha quedado como más reconcentrada desde el cambio de horario, tanto como para pensar que a los negocios le estuvieron «faltando una hora», la que va de 17 a 18 y como si ese recorte en el reloj (para empalmarnos en algo aunque sea, como Wall Street) se hubiera llevado consigo a una parte de inversores y agentes bursátiles: que no se encogieron a las 17, sino que se fueron junto con la aguja del reloj, sepultados por la campana del cierre. Una visión fantasmagórica, que podría tener un respaldo al chequear el ritmo de negocios, los totales de volumen que se quedaron en cifras sumamente bajas, y siendo superados en varias ruedas, los títulos locales, por los certificados del exterior. Lo nominal de los «pesos», sin dar los volúmenes en dólares, ha tendido alguna bruma oportuna, una cortina de humo para que no lleguemos a conclusiones fatídicas en lo que hace al estado de nuestra plaza. Piel y huesos, con un sólo glóbulo rojo (como se decía, a sí mismo, el gran Discepolín) «tirando» nada más y esperando que llueva sopa. Hay casos particulares de grandes saltos de cotizaciones, papeles que se abren y se cierran como el bandoneón de «Pichuco», sin más ni más, proporcionando ganancias, o un soberbio cachetazo. Inversor imprudente, poca vida en éstas aguas. Todo resulta impredecible, solamente se aceptan «tiradas de lance» (como cuando el boletín meteorológico insiste diez días seguidos con la lluvia hasta que llueva). Informate más
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