19 de abril 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Carlitos Pérez (nuestro amigo), uno de los pocos economistas locales que siempre está dispuesto a escuchar opiniones distintas a las suyas, y director de la Fundación Capital, lo dijo con la mayor simpleza en un programa televisivo de hace un par de meses. Lo mencionamos en esta columna, pero lo debemos repetir (no «a pedido del público», pero sí para realizar una labor profiláctica ante tanta pavada que anda suelta.)

Lo que esa vez dijo Carlos Pérez, frente a un periodista que quería jugar de pícaro y buscó encerrarlo con el asunto de la devaluación, fue: «el que devalúa no es el gobierno sino el mercado...». Y viene a cuento, porque es un versito a diario el tema de si la devaluación debió, o no, llevarse a cabo. La contrapartida de dolarizar, se sabe que había quedado bastante atrás de la caída de De la Rúa, a posteriori, la situación había pasado a otro plano. En el medio, había figurado un audaz planteo, de un no menos audaz gobernante por un día, donde se iría a solucionar el problema económico inundando el país con una «nueva moneda». Como los devaneos ya tomaban carácter de sainetes y grotescos, el señor Mercado se llevó por delante a la moneda casi extinguida, la nacional, y nadie iría a canjearle, a convertirle, una cara del afligido Pellegrini, por un rostro sobrador de un Franklin, o colega presidencial del Norte...

La devaluación es un instrumento más, hace a la dinámica de los sistemas económicos, utilizado en muchos países del mundo: por contraposición al artificio de una convertibilidad que nadie imitó, por más que en el país se hablaba maravillas de esa estabilidad ficticia. Tan ficticia como haberse comido, poco a poco, todo el patrimonio en aras de mantener la fantasía. Y lo que ahora sucede es que abrimos la puerta, con la llave de la devaluación, pero detrás se amontonó pura basura. Muchos trasnochados deciden, entonces, echar culpas a la llave. Obviamente, nunca oímos qué otra cosa se podía realizar, cuando nadie iba a sostener el cambio de un peso por un dólar.


E insistimos, pregunta extensiva a muchos economistas de renombre en que nos clarifiquen sobre cuáles fueron las causas por las que la convertibilidad se derritió. Si la respuesta resulta que es la de haber perdido el respaldo, por la caída de las reservas, pedimos una respuesta a otra pregunta: ¿y por qué se cayeron las reservas, por qué se fugaron los dólares, desde mucho antes de llegar a una devaluación?... Esto es como querer hacer creer que existieron conspiraciones contra la moneda, la «mano negra» que sube y baja la Bolsa actuando en gran escala y hundiendo a nuestra economía, porque nos tienen envidia... y pavadas por el estilo. Lo mismos que el penoso dúo De la Rúa-Cavallo (o sus mujeres) pretendiendo que fueron víctimas de un complot. (Y así, entró Puerta y ¡mire qué desastre que nos dejó!).

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