La pandemia no hizo más que potenciar los desequilibrios macro de la ya alicaída economía argentina. Por lo que de cara a la poscuarentena y a la negociación con el FMI, el Gobierno enfrenta una serie de desafíos que se asemejan a resolver el Cubo, del húngaro Rubik, o salir airoso del Jenga, de Scott. Donde cada movida, errónea, puede intensificar aún más los desequilibros. Si bien tanto el tipo de cambio real oficial como el blue se hallan dentro del promedio histórico de las últimas cinco décadas, los desbarajustes monetarios y fiscales y su correlato en la brecha cambiaria alimentan las especulaciones sobre la corrección cambiaria que se viene. Al respecto resulta interesante recurrir a la rica historia contemporánea analizando algunos ejemplos y sus consecuencias inflacionarias. Pero en primer lugar hay que entender que las correcciones cambiarias sobrevienen por las buenas o por las malas, es decir, porque las imponen una crisis, la realidad obliga a eso, o es la estrategia oficial de un crawling peg (microdevaluaciones). Veamos la historia.
El caso más lejano, el Rodrigazo de 1975. La corrección fue impuesta por una crisis. Se trató de una corrección a partir de un dólar muy atrasado. El dólar oficial era a precios de hoy equivalente a casi $24 y el paralelo cercano a $112. O sea, la brecha era de casi 370%. Se dio en dos etapas. Hubo un primer ajuste nominal del 100% en marzo llevando el oficial a $44 de hoy con un paralelo de $125 (la brecha se redujo a la mitad, ¡al 180%!). Pero en mayo el oficial se atrasó, estaba en $39 de hoy y el paralelo en $183 (brecha de 370%). Así, en junio hubo otro ajuste del 160% y el oficial trepó a $84 de hoy con un paralelo cercano a $172 (brecha de 104%). El resto de la historia muestra que en los meses posteriores el gobierno de Isabelita continuó las devaluaciones mensuales acumulando hasta marzo de 1976 un 350%. Todo esto implicó en términos de inflación, el comienzo de una espiral inflacionaria que llevó la tasa de inflación anual de dos dígitos bajos a una del 700% anual.
Frente al caso actual es insoslayable que ni las brechas ni el retraso cambiario se asemejan a este.
Los experimentos ochentistas de microdevaluaciones periódicas. Tanto desde el punto de vista del tipo de cambio real como de la brecha se los considera exitosos porque no atrasaron el dólar oficial y mantuvieron un diferencial del 30% promedio frente al paralelo. Se pueden trazar dos períodos: uno, luego de la Guerra de Malvinas hasta el lanzamiento del Plan Austral (1985) y otro hasta el Plan Primavera (1988). Entre mediados de 1982 y mediados de 1985, hubo devaluaciones nominales mensuales (crawling-peg) con el objetivo de acompañar a la inflación y así tener un tipo de cambio real estable. El oficial era de $61 de hoy y el paralelo de $80 (brecha 32%) y llegó a $88 y $125 respectivamente (brecha 42%). ¿Qué pasó con la inflación? Era de tres dígitos, arrancando en 150% anual y finalizó en 1.100% anual. En el período posterior, hasta agosto de 1988, se siguió con la estrategia de crawling peg al ritmo de la inflación. El oficial era de $80 de hoy y el paralelo de $97 (brecha 22%) y terminó en $88 y $113 respectivamente (brecha 27%). No hubo atraso ni saltos disruptivos de la brecha cambiaria. En este caso la inflación se posicionó, cómodamente, en tres dígitos anuales crecientes.
El caso más cercano, la corrección de enero de 2014. Esta experiencia se enrola en los ajustes impuestos por la realidad. Aunque fue limitada porque la rondaba el 50% promedio. En diciembre de 2013 el oficial era de $47 de hoy y el paralelo de $77 (brecha 64%). Se produce una devaluación nominal del 30% y el oficial llega a casi $58 de hoy y el paralelo era cercano a $83 (brecha 44%). ¿Qué pasó con la inflación?: se mantuvo en dos dígitos anuales.
Hoy por el nivel de atraso cambiario no es el caso que enfrentó el ministro Celestino Rodrigo. Respecto de lo ocurrido en la segunda mitad de los ‘80 con el ministro Juan Vital Sourrouille, la brecha era muy inferior a la actual. Mientras que en la corrección de Kiciloff-Fábrega, hoy el tipo de cambio real es muy superior al vigente en 2014. Menudo desafío por delante. Mantener competitivo el tipo de cambio real, sin generar mayores presiones inflacionarias e ir reduciendo la brecha. El abc que pedirá el Fondo sin obligar al suicidio. Pero en el espíritu del Gobierno la tasa de interés debe alentar el consumo por lo que será un reto para el BCRA que oficiará de equilibrista para no abortar la reactivación. Resta ahora ver si las correcciones por venir las impondrá la realidad, alguna crisis o serán gestionadas.
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