Néstor Kirchner, Cristina de Kirchner, Martín Redrado
y Martín Lousteau.
No es una rendición. Pero se le parece. Acciones, bonos corporativos, el dólar, los mercados emergentes. Todos vapuleados por cien motivos que vienen de arrastre pero acribillados, el día de ayer, por el pánico que provoca el feriado largo en los Estados Unidos.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Ocurre que desde hoy el Día de Acción de Gracias desalojará a los mercados de su fluidez habitual hasta el próximo lunes. Nada que parezca importante. Salvo en contadas ocasiones. Cuando los inversores desconfían hasta de su propia sombra.
Wall Street perforó los niveles mínimos que visitó durante las turbulencias de agosto y setiembre. No se trata, se sabe, de una crisis grave de las Bolsas. No todavía. Pero el huracán que nació de la recesión inmobiliaria en los Estados Unidos y voló la arquitectura de chapas de las hipotecas subprime ya sentó sus reales en el corazón del sistema financiero internacional. La fuerte descapitalización de los bancos de primera línea es una poderosa correa de transmisión que promete llevar los problemas originales -corregidos y aumentados- de regreso hacia la economía real. Es allí donde se fisura el optimismo de las bolsas que parecía impenetrable.
La Fed -que se ocupa desde agosto en contener el fuego- difundió, estas semanas, dos mensajes importantes.
Corrigió a la baja sus proyecciones de crecimiento para la economía de su país y mantuvo -pese al alza récord de los precios del petróleo- las referidas a la inflación. También machacó con una posición pública conocida desde su reunión de octubre. Esto es, la ausencia de voluntad de producir una nueva baja de tasas de interés. A diferencia de la Fed -que ya habilitó un recorte de 0,75%-, otros bancos centrales -como el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra- se mantuvieron firmes sin allanarse a reducción alguna. Si la expectativa era que la crisis quedara contenida en este cerco, las evidencias generan desaliento. Es conveniente, pues, retornar al tablero de diseño. Habrá que hacerlo de apuro, de todos modos, si no cesan los estertores.
Decía Jan Tinbergen que, contando con un instrumento, sólo se puede acometer un objetivo. La Fed dispone de una única herramienta: la tasa de interés. Está pertrechada para apagar un incendio. O dos, si ambos se alinean sobre la misma carretera. Puede combatir un foco primero y, controlado éste, luego dirigirse a un segundo frente. Pero la realidad urgente es que se cuenta con una autobomba y un número plural de desafíos -importantes todos- desparramados sobre un amplio terreno. Una baja de tasas de la Fed -otra más, decidida en soledad- es muy factible, pero, si persisten los vientos cruzados, acotada en sus probabilidades de éxito.
No sólo hay que velar por una economía débil o por la salud maltrecha del sistema financiero. La fragilidad del dólar quita el sueño. Y la inflación azuzada por un barril de petróleo que se enseñorea cerca de los 100 dólares luce amenazante. Apagar los dos primeros frentes, tiende a reavivar el fuego en los dos últimos. Dosificar la irrigación supone el riesgo de no aplacar a ninguno de ellos. Es verdad que, durante mucho tiempo, la credibilidad hizo milagros. Pero la confianza mengua o se daña. Pruebas al canto: la caída del dólar, por ejemplo, ya no pasa inadvertida, estremece.
Las tareas a emprender no permiten soslayar, a esta altura, una respuesta específica a la crisis hipotecaria. Las políticas de estímulo del G-7 que en 2001-2003 mitigaron la recesión y evitaron que cobrara plena dimensión no salvaron -ni con tasas de interés de 1% ni con masivos déficits fiscales- a toda la fauna de compañías de Internet de su cuasi completa extinción. Tampoco hoy la política monetaria podrá estabilizar el valor de propiedades que se pagaron con notables excesos. Un recorte de tasas no arrimará compradores. Pero ello no disuelve la necesidad de estabilizar el mercado de hipotecas. Como atajar sino la dinámica de bola de nieve que toman las expectativas ante una realidad de más de 2 millones de préstamos de baja calidad que deberán enfrentar -el año y medio próximo- un ajuste alcista de sus propias tasas de interés.
Así se perfilan los ingredientes de una nueva línea de respuesta que, tarde o temprano, se echará a rodar. Como en agosto, toca la hora de una acción coordinada; de una respuesta en conjunto de los bancos centrales del Grupo de los 7 países más desarrollados. El Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra han sido renuentes a ir más allá de la administración de liquidez. Pero se sumarán. No por solidaridad, sino por conveniencia. El mercado monetario los obligará de nuevo a intervenir. La trama interbancaria ha vuelto a complicarse. Y sus temores no reconocen de fronteras.
La suerte del dólar es otro motivo de reunión. De hecho, la intervención verbal ya comenzó hace diez días. Pero, está visto, no alcanzará. Un feriado largo, en el pasado, ha servido de plataforma excelente para lanzar operaciones exitosas en torcer rumbos y provocar virajes. El dólar tiene de su lado ya una alforja cargada de fundamentos -de los que carecía tiempo atrás- pero carece de momentum. Falta trazar una línea en la arena que indique que los principales jugadores -incluyendo EE.UU.- ya no consienten que su desliz se prolongue. ¿ Participará China o no lo hará? Ese es el tenor de los interrogantes. No tanto si habrá intervención oficial o no.
Si la respuesta a la crisis inmobiliaria que puede dar la Fed (o los bancos centrales que conviven con burbujas más acentuadas todavía que la de EE.UU.) es limitada, la experiencia señala que el Congreso y el Tesoro asumirán un rol de protagonismo. Detener el dominó hipotecario supone, a la vez, frenar la erosión sobre el sistema financiero y conjurar la principal amenaza de recesión. Con una elección en 2009 -y la realidad inminente de unas primarias que se resolverán antes de terminar febrero- la espada de Damocles de ejecuciones masivas de viviendas pende no sólo sobre la economía sino sobre la suerte en las urnas. No será fácil arrimar primero las soluciones más contundentes que exhibe el pasado: la creación de agencias cuasi públicas y su dotación de cuantiosos recursos federales (que aún en el caso de la Gran Depresión -cuando se refinanció un millón y medio de hipotecas- fueron recuperados en el tiempo). Pero los ensayos en marcha son diversos. Los tiempos pueden no ser los adecuados pero la propia crisis debería dinamizarlos. Propuestas como la apoyada anteayer por cuatro de las mayores compañías cobradoras de hipotecas -consistente en congelar las tasas de interés a aquellos deudores que están corrientes en sus pagos y postergar el aumento automático de tasas- son sólo un botón de muestra.
Dejá tu comentario