"El momento de arreglar el techo es cuando el sol brilla en lo alto". Este popular refrán explica por qué lo más razonable era esperar entre poco y muy poco de la reunión del G-20. Al final, como suele suceder en estos acontecimientos, lo mejor es que se acordó acordar, los "hedge funds", las mesas de los bancos y otros vehículos de inversión sospechosos "zafaron", los árabes y chinos se "lavaron las manos" (no le darán más dinero al FMI), los países desarrollados redujeron su compromiso con los emergentes (que deberán poner más plata en el FMI y el Banco Mundial), etc. En definitiva y para lo que nos toca, que es lo bursátil, nada de nada. De todas formas, el presidente Bush lo celebró como un triunfo, al igual que los otros 19 mandatarios asistentes (aunque cada uno con un argumento diferente). Mientras tanto, se desarrollaba un drama con una pata también en Washington, otra en Detroit y la tercera en Wall Street, que promete convertirse en uno -si no el principal- de los temas más importantes de la semana: la quiebra o rescate de General Motors. En tiempos normales diríamos que el escenario para las próximas cinco ruedas no es de lo mejor para los tenedores de acciones, pero los que corren están lejos de ser tiempos normales (el año pasado la oscilación diaria promedio del Dow era de unos 150 puntos, en lo que va del año supera los 270 puntos y desde el 1 de setiembre pasa de 470 puntos) y lo que pase con el precio de las acciones puede no tener nada que ver con cuestiones objetivas. El viernes, por ejemplo, una hora antes del cierre el Dow trepaba 0,99%, habiendo perdido 4,1% pasado mediodía. Cuando se escuchaba el martillazo de cierre volvía a desplomarse 3,82%, quedando en 8.497,31 puntos, una baja de 5% para la semana. Podemos intentar vincular lo sucedido con distintas noticias o hechos, pero la verdad es que simplemente estamos viendo la lucha entre optimistas y descorazonados. Cuídese.
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