Arriba: Guillermo Moreno. Centro: izquierda, Miguel Revestido; derecha, Guillermo Moreno; abajo, Celestino Rodrigo. Abajo: En diarios 3 momentos del peronismo de 1973 a 1976. Asume Cámpora con Gelbard como ministro de Economía y Revestido para controlar precios. Muere Perón en 1974 y toda la economía entra en crisis. 4 de junio de 1975, sobreviene el "rodrigazo" para sincerar las variables económicas adulteradas por congelamientos de precios, subsidios y exceso de gasto público.
John Keynes (un economista inglés de hace 70 años sobre quien el gobierno dice seguir sus pasos aunque hace lo contrario porque gasta en época de bonanza cuando el Estado debería ahorrar) sostenía que, en esta etapa de la evolución humana, cualquier innovador en política o economía sin saberlo se siente creador de algo que ya alguien pensó muchos años antes. A veces siglos antes.
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El nuevo subsecretario de Coordinación Técnica, Guillermo Moreno, es útil al deseo presidencial de frenar la inflación con el método de fijar precios máximos y controlarlos férreamente.
Si lo encara debe presuponer que es creador o que tiene una originalidad superadora de los anteriores fracasos en los congelamientos. Inclusive organiza en estos días una guardia nacional de empleados públicos improvisados como «inspectores de precios».
En el mundo y aquí la historia económica está desbordada de episodios en que ese método siempre resultó frustrante. No es ni siquiera cierto, como con ligereza algunos afirman, que «es útil sólo en el corto plazo». «Util» no es nunca porque aunque el índice inflacionario numéricamente no crezca o crezca menos un período va acumulando una presión para el estallido, más adelante, que, de sobrevenir borrará cualquier logro aparente inicial, amén de poder generar mercados negros con precios mayores a los reales por agregar el valor-riesgo de la clandestinidad. Pueden surgir desabastecimientos, merma de la calidad productiva, irrupción a los mercados de la ineficiencia ya que el precio máximo iguala a disímiles.
Los productos que los gobiernos toman para fijarles un precio tope son, por lógica, siempre los esenciales en forma permanente (alimentos) o estacional (útiles escolares de comienzo de clases, turismo en vacaciones o feriados largos). Tal carácter de esenciales hace que el día que sobrevenga su liberación se elevan en demasía y precisamente por ser imprescindibles provocan estallidos sociales. ¿Ejemplos? El «rodrigazo» tras el congelamiento de precios de la tercera presidencia de Juan Perón en 1973. Otro: la violenta y dramática salida de la «convertibilidad» en enero de 2002 tras un largo irrealismo en el precio fijado como paridad del dólar.
Desconocimiento
No digamos que el actual gobierno al priorizar este método contra la inflación conozca aquellas campañas contra «el agio y la especulación» de 1951-1952 durante la segunda presidencia de Juan Perón donde se clausuraban negocios y se detenía comerciantes por «subir precios» hasta terminar todo en un rotundo fracaso. Era la época cuando por sequía de 13.500 millones de hectáreas sembradas se cosechaban sólo en 6.600 millones cuando el período anterior (1950-1951) se había cosechado casi en el doble, 11.317 millones de hectáreas. Las reservas monetarias de Perón (1.700 millones de dólares en 1946 y apenas 173 millones en 1952) explicaron, sin justificar, aquellos precios máximos. Pero, por lo menos, debería conocer este gobierno -el comisario de precios, Guillermo Moreno, sigue almorzando semanalmente con un grupo donde está un buen economista como Orlando Ferreres- qué sucedió hace menos tiempo, en 1973 -la mayoría de estos funcionarios eran por lo menos jóvenes universitarios en esa época- en el gobierno efímero de Héctor J. Cámpora y en el siguiente del propio general Juan Perón en su tercer mandato. Administrar el Estado requiere conocer esas experiencias con un nivel universitario que no se les puede exigir a los sindicalistas que en la Argentina -no sucede en otros países- son sempiternos solicitantes de «congelar precios» y crear «pactos» que nunca solucionaron nada.
En ese gobierno Cámpora y luego de Perón desde 1973 había un funcionario con tareas exactamente iguales a las que hoy cumple Guillermo Moreno. Era Miguel Revestido, secretario de Comercio, pero la clave era hacerlo presidir una «Comisión de precios, salarios y nivel de vida».
Revestido era un caballero y de finos modales que también había sido funcionario del área económica de los primeros gobiernos de Perón (fue ministro de Hacienda, impulsó comprarles los ferrocarriles obsoletos a los ingleses y luego presidió la empresa ya nacionalizados) y volvía a la función pública 20 años después. Creó desde su escritorio en el edificio de Diagonal Sur el llamado «Régimen de precios organizados», algo similar al «régimen de precios acordados» de Guillermo Moreno hoy, siendo en ambos casos, aunque se eluda llamarlos así, «precios máximos» porque no los forman los mercados, o sea el productor, la cadena comercial y su demanda sino funcionarios en la soledad de despachos tras cortos diálogos para multitud de productores distintos, con mayor o menor posibilidad de lobby. Todo gobierno vigila la inflación porque es el termómetro de la economía en lo técnico y del bienestar de la mayoría de la sociedad en lo político.
Aunque haya sectores que ganen con la inflación; que un poco de suba de precios no le suele venir mal a la economía porque le aceita los engranajes y que hasta tiene defensores si se le compara con la recesión y la estanflación -lo peor porque es inflación con recesión y agregado de desempleo- significa un flagelo social, el más injusto y agresivo de los impuestos porque afecta más a los más desposeídos y porque al poder terminar en híper arriesga a un país a la convulsión total ya hasta con riesgo para la misma democracia.
Respeto
La gestión de Néstor Kirchner no tiene definiciones encapsulables en conceptos económicos clásicos. No cree en la libre empresa ni en la iniciativa privada pero está lejos de los marxistas en ese mismo sentido. Respeta la libre empresa en la medida en que no interfiera con sus planes de gobierno y su particular concepto del desarrollo del país. No es exactamente un estatista total pero quiere serlo al menos mayoritariamente en el dominio de sectores que entiende afectan el mejoramiento nacional y el progreso en la forma sobrevalorada y personalista como él mismo lo concibe. En rubros donde el Estado lo ve imposibilitado de actuar -criar más vacas por ejemplo- lo ve obligado a imponerse sin graduar derechos que inculca ni cargas públicas que impone. En la obligación de ubicar al kirchnerismo sería, sin duda, de centroizquierda «a la argentina» sin las formas modernas y de progres conocidas hoy y triunfantes en el mundo para esa ala política, como las occidentales con democracia y alto raciocinio. Tampoco en el estilo de China con libertad económica pero no política.
Este eclecticismo y consecuente confusión en el actual gobierno lo lleva a no percibir frente a un problema grave, el inflacionario incipiente por caso, a otra solución que no sea fijar precios forzados de sujeción de unos sectores a otros. En cuatro meses, por ejemplo, cerrando la exportación puede hacer bajar el precio de la carne en 35% en mercados mayoristas pero no llega a beneficiar ni en 5% el gasto del consumidor final y el resto lo absorbe la cadena de comercialización en desmedro del productor. Siempre sucede por largo tiempo con el intermediario en cualquier congelamiento y en el lapso se distorsionan casi todos los precios relativos (entre sí) de la economía.
No entremos a juzgar que el Presidente y su equipo se nieguen a tomar la política monetaria y fiscal también como motores inflacionarios -que lo son-; tampoco lo hagamos con el problema personal del gobernante que mide el poder de protesta y masa de los sectores y se niega a pagar cualquier costo político, exagera los temores precautorios a los conflictos callejeros y, en general, de concentraciones; también dejemos de lado si es lo mejor siempre para la economía crecer incentivando la demanda, o sea el consumo, o la restante opción, progresar por las inversiones que luego crean una demanda más sustentable. Ubiquémonos sólo en el enfoque oficial: los precios de los artículos como único desencadenante de la inflación, que era también la posición en 1973 con Miguel Revestido, también del ministro de Economía José Gelbard y la del presidente Juan Perón, aunque éste no prestaba preferente atención a los precios diarios (pese a tener inflación anual de 60%) como sucede ahora con Néstor Kirchner.
Estacionalidad
Si se centra la inflación sólo en los precios al público lo mejor es bajarlos o estacionarlos con competencia. No siempre es posible por razones de tiempo y burocracia interviniente pero sí lo es cuando no se trata de una estacionalidad, por ejemplo vale en la suba del precio de la carne vacuna por mayor exportación constante por estas razones:
Uruguay no puede colocar toda su producción vacuna -por ejemplo tener más participación en el mercado norteamericano- y podría vender a la Argentina con mínimo costo de flete.
Reducir a la mitad las exportaciones de carnes este año 2006 costará 700 millones de dólares que se podrían haber usado en importar carne vacuna -o sea que el costo en divisas era cero comparado con el congelamiento-, no aumentaban los precios internos y no se ponía en riesgo mercados externos duramente obtenidos luego de años cerrados por la aftosa en la Argentina.
No ponía en riesgo la Cuota Hilton para la Argentina que hoy está cotizando en Europa a u$s 11.000/12.000 la tonelada. La Cuota Hilton representa 28.000 toneladas de julio 2006 a junio 2007. Entre julio y diciembre 2006 se deberían entregar 14.000 toneladas y tenemos riesgo de quedar mal mundialmente como incumplidores.
Una suba de precios de un producto por exceso de demanda si se normaliza con importación temporaria tiene otros tres importantes beneficios: a) crea en los agentes económicos locales el temor y la toma de conciencia de que ante circunstancias y maniobras alcistas o ante escasez provocada o natural un gobierno está dispuesto a aplicar el contundente remedio de la importación para evitar subas. En una Argentina naturalmente indisciplinada esto vale mucho. b) No acepta rencores que puedan llevar a «venganza en precios» -porque el recurso de la importación queda siempre a mano- cuando algún día se liberen y se trate de productos esenciales con demanda habitualmente rígida. c) Por último una política de ampliar el stock ganadero tiene éxito no en época de «congelamientos», como ahora se pretende sino cuando el productor sabe que si en el futuro sigue el exceso de demanda él podrá cubrirla y no la importación que se aplicó como solución. La sustitución de importaciones en agro en la Argentina, por sus relevantes ventajas comparativas mundiales sería correcta, como no lo es para la mayoritariamente ineficiente industria local con excepciones, claro.
Desalienta que este gobierno no crea en ninguno de los postulados ni en los más racionales e indiscutibles del liberalismo económico, como hacer jugar permanentemente la libre competencia.
Aplicar en el siglo XXI congelamiento de precios y perseguir su cumplimiento con inspectores, como se busca, es retroceder decenas de años, algo que se creía sólo circunscripto a lo político.
Si miran hacia atrás y reviven a Miguel Revestido y José Gelbard también deberían averiguar cómo terminó aquella aventura de los precios máximos desde mayo de 1973; concluyó con el brutal «rodrigazo» el 4 de junio de 1975, como única forma de volver a sincerar la economía luego de tantas distorsiones impuestas. Como sucedió con el «corralito» el 3 de diciembre de 2001 y la posterior no menos brutal devaluación de enero de 2002.
Dice el adagio ignorado por este gobierno: en economía se puede hacer todo... menos evitar las consecuencias.
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