Los moderados, los empresarios, los banqueros, el centroderecha en general se sorprendieron desde este lunes de coincidir tanto -nada menos que en ideas- con los más conspicuos exégetas de la izquierda criolla. La moderada -como Elisa Carrió-, los ideólogos marxistas más relevantes -tipo Horacio Verbitsk- y proyectado cándidamente a Latinoamérica por la norteamericana CNN con una campaña contra las instituciones- o la ultraizquierda de Luis Zamora. Se coincidía hasta con la carta que la mística Carrió envió a Carlos Reutemann y que éste, muy apresuradamente, le contestó en sólo 10 minutos, adhiriendo. El elemento aglutinante de tantas insólitas disparidades de mente -e intereses- es uno que se inició como un juego político y va derivando peligrosamente en una dramática encrucijada nacional al sumar desprevenidos: «que se vayan todos» los políticos. Lograr una elección general donde se renueven todos los cargos ejecutivos, legislativos y por derivación el judicial, en medio de un pesimismo absoluto y generalizado en la sociedad argentina, por la peor crisis económica de su historia, pasó de ser el sueño impensado de cumplir de la izquierda: jamás tuvieron ni posiblemente tendrán una oportunidad mejor de cosechar impensados votos y penetrar estructuras del Estado nacional hasta ahora inaccesibles para esa minoría. El postulado marxista de usar el descontento del proletariado para encaramarse al poder en golpe revolucionario que tome desconcentradas o lastimadas a las burguesías altas y medias históricamente lo dio la Primera Guerra Mundial y se encaramó la hoz y el martillo en Rusia; la Segunda Guerra Mundial llevó la «cortina de hierro» del comunismo y la pérdida de la libertad a casi toda Europa oriental; la ingenuidad norteamericana que vio como unos «románticos barbudos» a las huestes de Fidel Castro que luchaban contra el dictador Batista en 1958 y tanto que entraron los guerrilleros triunfadores a La Habana con el actor de Hollywood Errol Flynn sonriendo sobre un jeep. En la Argentina derechas hastiadas con su clase política y ahorristas encolerizados por el «corralito» le pueden servir una oportunidad única a la izquierda nativa. Lo había advertido Raúl Alfonsín, cuyo populismo puede ser incompatible y atacable... Pero en democracia. Violar el sabio principio de la historia constitucional nacional de escalonar los cambios en años de sus poderes de conducción y convocar su renovación conjunta amontonada en un solo acto, para peor en medio de ese resentimiento general poblacional, es una barbaridad. Inducir un suicidio democrático, aunque coincidan muchos o todos en el pésimo nivel de ética y hasta de inteligencia de la clase política actual. Apenas se perciba bien aquí y en el exterior el riesgo que se está fomentando en el país, acicateado y motorizado con gran habilidad por la izquierda frente a la ceguera e ingenuidad del centro a la derecha, se pueden agudizar extremadamente todos los parámetros de la economía nacional. No será inmediato pero sí apenas se insinúe que aumenta la posibilidad de que avance esta demencia institucional de que «que se vayan todos», al mismo tiempo. La democracia debe preservarse aunque eso implique continuidad malsana de una casta política con la que la mayoría ciudadana no coincide. Es utópico y peligroso pensar que si los «cambiamos todos juntos» van a salir parlamentos exactamente a gusto de cada ciudadano y para satisfacer sus más diversas necesidades privadas. Los políticos argentinos son malos. Pero, por lejos, son el mal menor. La renovación debe hacerse dentro de los plazos constitucionales, esperando años menos dolorosos en lo social.
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Sobre el enojo legítimo de una población castigada por sus dirigentes comenzó a cabalgar una fracción de la misma casta política cuya renovación se debe procurar: los dirigentes de izquierda que ven en ese impulso público por el cambio de hombres la oportunidad histórica de producir una variación de sistema. El cambio de la «estructura» fue uno de los pilares de los postulados que lanzó Carlos Marx. Es esto lo que se oculta detrás de la propuesta de declarar que todos los mandatos (diputados, senadores, gobernadores, etc.) deben caducar junto con el del presidente de la Nación. Es decir, producir una elección general para todas las posiciones institucionales, que son base del sistema democrático occidental vigente.
No es casual que la izquierda sea la que más agresivamente -sorprendiendo por no conocer el fondo de las burguesías y los moderados- está hoy promoviendo que la elección rija para
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