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17 de abril 2003 - 00:00

Sin industria no hay nación

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Los padres fundadores de la Argentina moderna -Roca, Pellegrini, Sáenz Peña, Figueroa Alcorta- tenían claro que el país debía integrarse en el orden internacional de su tiempo y evitar un aislamiento que habría tronchado el desarrollo y el bienestar de esa época. Sabían también -y obraron en consecuencia- que «sin industria no hay nación». Los desafíos actuales son diferentes, pero no son mayores que los de aquella Argentina que integró a millones de inmigrantes, los educó y ocupó, transformó su sistema político bajo el signo de la ciudadanía democrática y logró ubicarse entre los países más ricos de la tierra. Hoy, como entonces, necesitamos transformaciones institucionales y realismo lúcido en la vinculación con el mundo. Se requiere asimismo un diseño económico que nos conecte al ineludible proceso de integración productiva internacional, sin que esa empresa nos condene a una inaceptable situación de satélites empobrecidos o nos fuerce a perder rasgos de identidad propios de una cultura rica y compleja.

Ningún país puede existir seriamente en el mundo globalizado que nos toca vivir, sin desplegar al máximo sus posibilidades de asociatividad, cooperación y competitividad y sin articular en ese esfuerzo al conjunto de los sectores sociales, integrándolos en un sugestivo proyecto de vida en común.



Pero para competir mejor necesita una atmósfera estimulante, ya que en la actualidad la competencia no está acotada a los productos que la industria elabora, ni siquiera al grado de eficiencia y productividad de una empresa o una cadena de valor: hoy la competencia es sistémica, porque pesan en la balanza las instituciones estatales (su eficacia y su costo, traducido en carga impositiva, agilidad de los servicios que presta, etc.), la existencia o no de un sistema financiero, el acceso al crédito y su costo, el peso de los impuestos al trabajo, las características de su legislación laboral, el compromiso de las estructuras sindicales con la productividad y un extenso etcétera de factores sobre los cuales los industriales no ejercemos influencia directa.

Por eso necesitamos de los hombres del sistema político una conciencia clara de lo que la industria necesita para poder cumplir su función creativamente y engarzada en un proyecto nacional abarcativo. Sobre todo, lo que necesitamos es la certeza de que la industria es convocada a la tarea, que no es despreciada como si representase una ruina arcaica que no tiene lugar en un proyecto modernizante. No faltan señales contradictorias: discursos que imaginan una Argentina hecha de servicios y sectores primarios y con una industria jibarizada y enclenque. Esos discursos indisimuladamente antiindustrialistas simulan creer que la industria argentina sólo puede existir subsidiada o que los industriales ignoramos el concepto de ventajas comparativas y proponemos una isla autárquica y dispuesta a producir todo o cualquier cosa, sin tomar en cuenta la presencia de producciones ajenas con las que es imposible o absurdo competir.



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