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«¿Por qué desde el balcón?», le gritó Cristina Fernández de Kirchner, que bromeaba desde otra mesa junto con Carlos Zannini y José Pampuro. «Por vocación», dijo riendo el Presidente que nunca ríe. Claro, lleva dos años en la Rosada y nunca tuvo un balcón como Juan Perón. El momento se vivió en la mañana de ayer, ante la mirada de un conjunto de periodistas y guardaespaldas que, con algo de irritación, soportaban la espera a la que sometió Vladimir Putin al presidente argentino. La cita prevista para las 11 se demoró más de una hora, y los agentes del servicio secreto que vigilan a los Kirchner no los dejaron salir hacia el Waldorf Astoria hasta cerca de las 12.
• En ese lapso, el Presidente se acodó en el citado balcón y se entregó a un monólogo de afirmaciones que conviene retener. Repasó los temas del viaje con una informalidad más útil que una conferencia formal -género que, como se sabe, lo intimida, por lo cual le rehúye-.
• Sobre Aguas se quejó de que se hubiera dicho en la prensa que una reunión con Dominique de Villepin tuviera como tema la salida del grupo Suez. La retirada con portazo de Aguas Argentinas y el chubasco de Aguas de Barcelona los esperaba el gobierno, pero no ahora ni con los hechos consumados. Esperaba el gobierno tomar la iniciativa del divorcio para evitar las explicaciones que tiene que dar hoy. El miércoles Kirchner se saludó con Villepin al sentarse los dos en el Consejo de Seguridad. Ninguno hizo amagues de encuentro durante la jornada; los respectivos asesores miraron la agenda con la orden de trabajar a reglamento. Por eso no salió ningún encuentro, algo que Kirchner directamente descartó. «No va a haber reunión.» Si la hubiera habido, agregó, sería sobre el tema derechos humanos y la identificación de los restos de la monja francesa. «Más bien nos quieren agradecer lo que hacemos en esa materia, no pedir ni hablar de ninguna preocupación.» Cerró el tema con la mención a una charla con Jacques Chirac que no precisó cuando fue. «Me dijo que él no está preocupado por eso.»
• Sobre la salida de la empresa, dijo que no está entre sus preocupaciones y, por primera vez en público, criticó la conducta de la contratista: «Se le pagó mucho dinero y no dan nada de agua, no hay nuevas obras. Además, ahora querían que nosotros pagáramos un crédito del BID que debían devolver ellos...». «¿Cuánto era?», lo interrogó a Julio De Vido, que gozaba la posición balcón junto a él. «Noventa millones de dólares -recitó el ministro de Infraestructura- que, con intereses, llega a los 300 millones.» «¿Qué quieren con eso? Lo que no ha dejado de hacer esa empresa... Es una vergüenza...», finalizó.
• Trató también de sacarle la última leche al incidente verbal con Rodrigo de Rato en un aparte de la sesión del miércoles en la ONU. «Vino a saludar y habló de la deuda. ¡Todavía se debe estar arrepintiendo! Pobre, cómo cobró, pero no podía hacer menos.» Como en las crónicas publicadas en Buenos Aires -salvo la de este diario- se había omitido la intervención en el incidente del chileno Ricardo Lagos, completó la anécdota: «El que estuvo bien fue Lagos, que se le cruzó y dijo: 'A ver cuándo flexibilizan la posición con la Argentina, porque tienen que reconocer lo que han crecido desde que asumió este gobierno'».
• Sobre la intervención en la ONU, el Presidente se dijo impresionado por el discurso de Tony Blair en el Consejo de Seguridad. «Es el mejor de todos ellos, está diez metros delante de todos. Lo demostró por el discurso.» En esa oportunidad, como se contó, el premier inglés defendió la actuación de su país en Irak sosteniendo que el terrorismo era la causa de esa intervención en aquel país y no la consecuencia. La audiencia se sorprendió por el elogio a Blair, y Kirchner trató de amortiguarlo: «Ojo, no es que dijera cosas en las que uno esté del todo de acuerdo. Hablo como defensor de su posición, Diez puntos, impecable». Bromeó -como todos quienes siguieron ese discurso- sobre el que dio la presidenta de Filipinas ante el Consejo de Seguridad y sus expresiones de adhesión incondicional a la política de los Estados Unidos en materia de terrorismo, algo que en los gestos más que en las palabras también hace el gobierno argentino. «Pero ahora quiero ver -volvió a reír- qué hace el Consejo de Seguridad cuando tiene que asumir como miembro temporal el representante de Irán. ¿Lo van a dejar? Mmmhhhh...»
• Sobre esa intervención también relató su encuentro en un pasillo con los reyes de España y el primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero. Fue casual porque el mandatario argentino lo seguía en el orden de oradores al monarca y aprovecharon para un saludo entre bambalinas. Sofía preguntó por Cristina, y Juan Carlos le dijo que se quedaría a escuchar el discurso de Kirchner ante el plenario de la ONU.
• También dio detalles del encuentro con el primer ministro de Suecia, Goran Persson, al salir del plenario del miércoles por la tarde en la ONU. El sueco, apenas se sentó, le disparó: «¿Qué piensan hacer con Astiz?». Suecia tiene un viejo reclamo sobre la muerte de la joven Dagmar Hagelin, pero el Presidente le respondió que eso estaba en manos de la Justicia, que se habían caído las leyes del perdón y que esas cosas se juzgan ahora en la Argentina. También recordó sus «proezas», como la ocupación de la ESMA, que daban una señal de que no se apañan atrocidades desde el gobierno. «Estaba con una secretaria que es argentina, exiliada, que contó su experiencia, y la verdad es que fue muy emocionante escucharla.» ¿Qué quería Persson? «Que colaboremos en la organización de un congreso contra el genocidio que ellos quieren hacer en Buenos Aires.»
• El último comentario de la agenda fue el saludo con el presidente de China, Hu Jintao: «Con los chinos, todo bien... No tenemos ningún problema», festejó. La charla se desangraba ya sin temas y el ocio comenzó a alimentar los comentarios y titeos sobre personas, en un momento con algunos periodistas, en otros con funcionarios, que le acercaban papelitos. Uno fue De Vido, tratando de conmoverlo con el levantamiento del conflicto de los trabajadores de la pesca en Mar del Plata. Otro fue el vocero Miguel Núñez, que le pasaba cables con frases de la radio de Buenos Aires. Una de ellas, dicha por el ministro del Interior, le hizo pedir un llamado urgente con Aníbal Fernández, con quien masculló una bronca que lo acompañó a Kirchner en la carrera a que lo arrastraron los del Servicio Secreto. Ya Putin estaba en el Waldorf Astoria para comenzar la primera reunión.
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