Si una Bolsa debe tender a parecerse a lo que sucede en su contexto local, además del internacional, lo de ayer resultó una lógica demostración y a la que no se le pueden buscar excusas de otro tipo: que no sea lo que se viera. Coincidiendo con una reacción de las que ahora acostumbra el Dow Jones, disfrazado de mercado «emergente» y casi impredecible, lo que pareció ser una reapertura bajista se transformó en rebote que superó 2 por ciento, descomunal. Como aguardando que la Fed los saque del pozo en su reunión de la fecha, hubo emoción al por mayor en el eje del sistema bursátil mundial.
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Y esto posibilitó dar vuelta una baja del Bovespa, que terminó revirtiendo, al igual que México.
A todo esto, la primera fecha de Buenos Aires se veía adornada por los nuevos datos del Indek -que ya significan un burdo desafío a toda la comunidad- y el arribo de un prestamista de «última instancia» (Hugo Chávez) que procurará sacar partido de la necesidad, y el aislamiento financiero, en que vive el país. La resultante: un mercado de bonos argentinos que se fue cayendo a pedazos, en lo que también resulta una justa muestra de reacciones frente a la nueva estafa. Caídas de dos, tres por ciento en tales títulos convirtieron a sus colegas privados en una caldera: donde todo se incineraba.
Trituradora
Así, pareció que desde una punta -de imaginaria máquina letal-entraban acciones: y, por la otra, surgía papel picado. Hasta hacer un derrape de casi 2 por ciento en el Merval y llevando al índice, aunque costaba creerlo, casi a perforar nada menos que el piso de los 2.100 puntos (unos 200 puntos debajo de lo visto hace pocos días).
Y confirmando que ya no se pudo mimetizar en caídas externas, sino que quedó sólo bajo los focos y en el medio del escenario. Un total de 64 millones de pesos en acciones, ya casi sin respetar límites la oferta, más que la dura caída: denotó lo delicado que está todo. Y la Bolsa llora.
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