Aparte, no es una «valentía» pagar más sino una necesidad política en vísperas de una elección el 23 de octubre que el gobierno la definió -podría no haberlo hecho- como plebiscitaria de sus dos primeros años de gestión. Bajado a la frialdad de los números, el problema significa que este año el país debe pagar vencimientos de $ 8.200 millones por los BODEN emitidos, $ 3.300 millones por «préstamos garantizados» (aquellos que pidió Domingo Cavallo para nada, ya en el estertor de la gestión de Fernando de la Rúa) y $ 14.100 millones para afrontar con esa «valentía» vencimientos normales este año -el año político de Néstor Kirchner- con el Fondo Monetario, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Si se lo suma, da $ 25.500 millones, algo así como 10.000 millones de dólares. Aunque se sigue recaudando bien, con superávit mensual, estaba previsto renovar los pagos externos al calcular el presupuesto de gastos estatales para este 2005. No hay fondos, entonces, y habrá que recaudarlos, tomando nuevos préstamos, obviamente más caros, y ahí la « valentía» se transforma en tontería. Es esto o pedirle renovación de los vencimientos al Fondo Monetario, que entonces insistirá en lo de siempre: que se renegocien los contratos con las privatizadas, se conceda aumento de tarifas públicas, se reestructure el sistema financiero oficial con auditoras externas que parecería estar designándolas Penélope, rebajar camino a la eliminación -una utopía con un gobierno populista de izquierda- de los «impuestos distorsivos» como el vigente a cheques y retenciones, reestructurar la coparticipación con las provincias y la tan temida disminución del gasto público.
Ahora, Rodrigo de Rato, titular del Fondo Monetario, acaba de agregar que se contemple la situación de 24% de tenedores de bonos en default que no entraron en el canje con arreglos extrajudiciales o reapertura de la oferta (que requerirá una ley del Congreso, aunque, si Néstor Kirchner quiere esto, será fácil porque derogarían la que les pidió a los legisladores que la sancionaron).
Si cayéramos en la imaginería de que concediéramos al Fondo todo, ciertamente algo imposible y más todavía para un gobierno en celo preelectoral, Rodrigo de Rato inventaría nuevas imposiciones para que volviéramos a enojarnos. O sea más exigencias imposible de satisfacerlas -ya que nos transformaríamos en Suiza- para que acrecentemos nuestra proclama de «valentía». ¿Por qué haría eso Rato? Simplemente porque a este español, a quien nadie puede imaginar sonriendo, le encanta que la Argentina se encolerice y le pague porque su política, desde que asumió, hace más de un año, es reducir la exposición crediticia del organismo que encabeza. Brasil voluntariamente no le renovará créditos porque su economía anda bien y está encaminada en serio sin depender demasiado de la coyuntura internacional favorable -al menos era así hasta hace dos meses- como la Argentina. Un Brasil que prospera y una Argentina que se enoja permitirán a Rato consolidar financieramente al Fondo vía sus dos principales deudores.
Los desplantes del ministro Lavagna contra el Fondo que agradan al Presidente no servirán: le hacen el juego al otro, al monstruo de tentáculos largos y tradicionalmente «puchinball» predilecto del populismo antes y del progresismo nativo ahora.
Uno se pone del otro lado y piensa: ¿qué sería de este gobierno en los dos siguientes años de mandato, poselección de octubre, si no saliera bien plebiscitado en octubre con tantos odios que sembró, con tantos enemigos que acumuló la iracundia presidencial, con tantos gobernadores que lo siguen por necesidad financiera, pero apretándose la nariz con el pulgar y con el índice? Porque convengamos que, sin uso de dineros públicos y conveniente reparto con compromiso atado, ni Kirchner y menos Eduardo Duhalde ganarían elecciones por carisma, que no poseen. Ni por sus ideas de desarrollo económico y social expuestas en obras que nunca escribieron. No pueden por adhesión espontánea hacer «una plaza» nutrida en gente, como Juan Carlos Blumberg, por ejemplo. Activistas pagos y piqueteros endulzados pueden hacerle una encerrona a una estación de Shell, pero no mucho más. El bonaerense sin fondos públicos para repartir apenas rodearía de gente la estatua de San Martín de una plaza.
Vivimos en la estabilidad económica sustentada en el rebote, previsible tras una crisis económica de fondo, y en la coyuntura de afuera. Pero no está asegurada la prosperidad de la Argentina encaminada. No hay futuro cuando un país expone un dato como el reciente de recaudación: el tercer ingreso para los gastos excesivos y subsidios del Estado es por los altos impuestos a las importaciones -aportan más para las arcas fiscales que las retenciones al agro y petróleo- porque eso desactualiza el equipamiento industrial y encarece la producción, sumándose a los factores inflacionarios.
Recordemos aquella sorprendente frase en «Página/12» de un hombre gravitante hoy en la Casa Rosada y en ministerios, como Horacio Verbitsky.
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