2 de agosto 2012 - 00:00

A los 86 años murió el brillante Gore Vidal

Gore Vidal: junto con Truman Capote (su rival eterno), representó la vertiente más cáustica, liberal e ingeniosa de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Gore Vidal: junto con Truman Capote (su rival eterno), representó la vertiente más cáustica, liberal e ingeniosa de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Murió ayer en Los Angeles, víctima de una neumonía, el escritor, guionista, dramaturgo y periodista Gore Vidal, una de las plumas --y las personalidades-- más brillantes de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Tenía 86 años. Nacido como Eugene Luther Gore Vidal el 3 de octubre de 1925 en West Point, estado de Nueva York, solía decir que se había quitado los dos primeros nombres por razones «tanto políticas como estéticas», y agregaba que eso no se debía, como suponían muchos, a que amara a su madre (Nina Gore) y odiara a su padre (el militar y atleta Eugene Vidal), sino que era todo lo contrario: admiraba a su padre, que había participado de unos Juegos Olímpicos y había sido amante de la célebre aviadora Amelia Earhart, y detestaba a su madre, con quien no se trató durante casi un cuarto de siglo. Tras el divorcio de sus padres, su madre se casó con Hugh Auchincloss, quien desposó luego a la madre de Jackie Kennedy, y Gore Vidal se convertió después en íntimo amigo del presidente John F. Kennedy y su familia.

Cáustico, brillante, de activa vida social y política y partidario de la absoluta libertad sexual («nunca hay que dejar de pasar la menor oportunidad de aparecer en televisión o de hacer el amor», dijo una vez), Vidal fue un ícono de la misma cultura que tuvo como exponente a su rival Truman Capote: en muchos aspectos eran demasiado parecidos como para poder llevarse bien («cada vez que un amigo triunfa, yo muero un poco», era otra de sus múltiples frases).

Ávido lector desde su niñez, que transcurrió mayormente en Washington junto a su abuelo materno, el senador por Oklahoma Thomas Gore, quien a veces le permitía acompañarlo al trabajo, su fantasía se alimentaba entonces con los relatos de Tarzán, El Mago de Oz y otros clásicos de la literatura infantil, pero también con el mundo de la política que le empezaba a descubrir su abuelo y que años más tarde plasmó en la novela «Washington DC», sobre una familia de políticos. En su estupenda autobiografía «Palimpsesto» (1995) escribió: «A los 14 años yo ya quería conocer la historia entera del mundo entero». Atraído desde la adolescencia por su mismo sexo, su primer amor fue un joven algo mayor que él, un soldado marine llamado Jimmy Trimble, que murió durante la Segunda Guerra Mundial en Iwo Jima. «Nunca volví a amar a nadie con la misma intensidad», reconoció en el mismo libro. Ya su tercera novela «Un joven cerca del río» («The City And The Pillar»), que sacudió a la opinión pública en una época donde no era habitual «salir del closet», estuvo dedicada a Trimble, a la manera de un sereno alegato homosexual.

Al fin de la guerra viajó a París, donde prosiguió la educación que había iniciado en Washington. «Viví un período extraordinario, en compañía de artistas como Jean Cocteau, André Gide», dijo. Vidal que vivió en 32 años en Ravello, Italia, con Tennessee Williams, y tuvo a Jack Kerouac y a Rudolf Nureyev entre sus amantes (a éste último lo asistió durante su muerte), mantuvo sin embargo una relación estable de más de medio siglo con el publicista Howard Austen. Si se burlaba del conservadurismo moral norteamericano, tampoco dejaba de condenar la «ortodoxia gay», y se ufanaba de las estupendas mujeres que habían pasado por su lecho. Entre ellas, se cuenta Joanne Woodward, antes de su casamiento con Paul Newman. En sus diarios, Anaïs Nin revela haberlo contado entre sus hombres, aunque él lo negó. Vidal trató sin ambages el tema de la identidad sexual en su celebrada novela «Myra Breckinridge» (1968), sobre un transexual, que en su adaptación cinematográfica tuvo a su alma gemela, la diva Mae West, como protagonista.

Escribió 25 novelas, inspiradas en la historia y en la vida política norteamericanas («Burr», «Lincoln», «1876»), sátiras («Kalki», «Duluth»), una decena de ensayos y obras de teatro. Contratado en 1956 por la Metro-Goldwyn-Mayer, puso su pluma al servicio de guiones de films tan famosos como «De repente el último verano» (sobre el drama de su amante Williams) y el clásico en cinerama «Ben-Hur», con Charlton Heston.

A propósito de este última película, se burló de Heston (que fue un reconocido homofóbico) al declarar: «El señor Heston debe ser la única persona en el mundo que no se dio cuenta de que su personaje está profundamente enamorado de Messala [papel interpretado por Stephen Boyd], pero es muy tímido para declarárselo». Efectivamente, la relación entre Ben Hur y Messala puede verse, por algunos sobreentendidos que quedan flotando en el primer encuentro, como larvadamente homosexual. Su relación con el cine fue siempre muy estrecha, y en «Roma» de Federico Fellini, hizo un breve cameo.

Vidal también fue candidato, sin éxito, a diferentes cargos políticos como representante del Partido Demócrata, en 1960 y 1982. Hostil a toda intervención estadounidense en el exterior, criticó incluso la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, posición que escandalizó en su país.

A los 81 años critica ferozmente al entonces presidente republicano George W. Bush, acusándolo de haber llegado a la presidencia mediante el fraude electoral y le reprochó haber agitado la amenaza terrorista luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

«Fue un golpe de Estado», declaró en 2006. «Mantener a la gente a la sombra del miedo es una gran manipulación totalitaria aprendida de las dictaduras europeas de los años 30». Tanto en «Burr» (1973), «1876» (1976), «Lincoln» (1984), «Empire» (1987), «Hollywood» (1990), y «La edad dorada» (2000) tocó con sarcasmo temas políticos. Algunos periodistas llegaron a escribir que si Vidal había decidido abordar la carrera política sólo era por el placer que le daba aparecer en debates televisivos. En uno de ellos, donde tuvo como contrincante al columnista conservador William Buckley, terminó a los insultos. En otra ocasión aseguró que Norman Mailer le había dado un cabezazo en el rostro al fin de una discusión mantenida antes de un programa de TV.

Uno de sus últimos exabruptos televisivos fue cuando un cronista de televisión le fue a pedir su opinión sobre el caso de la condena a Roman Polanski en los Estados Unidos: «Me importa un carajo (I really dont give a fuck)», le respondió. «Mire, yo no me voy a sentar a llorar cada vez que una putita sale por TV para decir que fue abusada». Esa opinión tampoco cayó muy bien en la opinión pública.

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