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Admirable relato de un naufragio

Las primeras líneas de esta nouvelle son tan contundentes como el resto. «Cuando Henry Preston Standish cayó de cabeza al océano Pacífico, el sol empezaba a trepar por el horizonte oriental. El mar estaba calmo como una laguna; el clima tan templado y la brisa tan suave, que era imposible no sentirse gloriosamente triste». A leerlas se piensa en otro ejecutivo, el de la película «Náufrago», encarnado por Tom Hanks, al que un accidente deja en medio de las aguas de ese mismo océano Pacífico. Y cómo alcanza a llegar a una isla donde sobrevive penosamente, como un Robinson Crusoe que no cuenta con ese compañero bautizado Viernes, que le da Daniel Defoe para que lo ayude.
Pero no es eso lo que ocurre con «El caballero que cayó al mar». Tampoco es el «Relato de un náufrago» que le hizo el sobreviviente al periodista Gabriel García Márquez sobre cómo hizo para estar 10 días a la deriva en una balsa sin comer ni beber. Ni la de tantos náufragos, que acaso pueden empezar con Ulises cayendo con su compañeros en la isla de Circe. Lo de Henry Standish es patinar al pisar algo aceitoso en ese barco petrolero, que no era el que por su condición debería haber tomado, caer al mar, buscar mantenerse a flote y esperar el milagro que lo salve, que lo oigan gritar, que se den cuenta de lo que le sucedió. Pero la situación que se le impone, más allá del peligro en que está, es que ese naufragio real remite al que fue hundiendo su vida en su 35 años. Chapotea en un torbellino de recuerdos.
La historia se balancea entre la angustia de intentar sobrevivir y las ganas de saber cada vez más de ese hombre común y corriente, prolijo y apocado. Esos recuerdos que alejan de la desesperación de Henry, de esa envoltura líquida que de no encontrar una tabla de salvación lo va a cubrir fatalmente de ahogos, no evitan la angustia de querer saber el destino final del protagonista de una situación límite. Trasmitiendo esa tensión de forma cinematográfica, con una prosa que llega a parecer apresurada por un perfecto ritmo que impide detener la lectura, Hebert Clyde Lewis logra una admirable joya narrativa. Es deslumbrante la apacible intensidad del final donde se une al protagonista con lo que hacen en ese instante personas que conoció.
H.C. Lewis fue un hijo de inmigrantes rusojudíos que nació en Nueva York en 1909. Cuando estaba en la universidad abandonó su estudios para convertirse en periodista, y poder viajar como reportero por el mundo, así durante varios años estuvo como corresponsal en Shangai. Al regresar a Estados Unidos se casó y poco después, en 1937, viajó con su familia a Hollywood para trabajar como guionista, primero para la MGM y luego para 20th Century Fox. Más que hacer guiones se dedicó a vender argumentos para películas, como «The Fifth Avenue Story», que estuvo nominada a un Oscar, y a hacerse amigo de estrellas como Frank Capra o Humphrey Bogart. Con pocos proyectos en danza, tras haber participado en el guión de cinco películas, se volvió a Nueva York a trabajar en publicidad en Walter Thompson. Durante esos años escribió sus únicas cuatro novelas: «Spring offensive», contra la guerra; «Sea-sons Greetings» sobre la soledad en las grandes ciudades; «Silver dark» una historia de amor entre personas con discapacidades. Todas sus obras tiene ese rasgo literario de primer orden de hacer que lo no dicho, los silencios sea materia esencial de lo narrado.
M.S.


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