20 de septiembre 2010 - 00:00

Álex de la Iglesia dominó en apertura de San Sebastián

La ministro de Cultura Ángeles González SInde le entrega a Álex de la Iglesia el Premio Nacional de Cinematografía en el Festival de San Sebastián.
La ministro de Cultura Ángeles González SInde le entrega a Álex de la Iglesia el Premio Nacional de Cinematografía en el Festival de San Sebastián.
San Sebastián - «La falta de condiciones idóneas me estimula. Hay que filmar, gobernar, vivir, en condiciones poco idóneas. No hay manera de disfrutar si no se sufre. Creo esto firmemente, quizá por mi educación católica. Alguna vez estudié para seminarista». Así habló don Alejandro de la Iglesia Mendoza, más conocido como Álex de la Iglesia, que en marzo volverá a Pinamar, trayendo su «Balada triste de trompeta», ganadora en Venecia, o mejor dicho volverá la mitad de él, porque pesaba el doble cuando años atrás llegó a la costa bonaerense con su «Crimen ferpecto».

Es notable cuánto adelgazó y, sobre todo, cuánto lo aprecia la gente del cine español. El sábado, en la costa cantábrica, recibió el premio nacional de cinematografía, un galardón anual que entrega la ministra de Cultura, y que Ángeles Gonzáles Sinde explicó diciendo «se lo han dado por apocalíptico, por mostrar las dimensiones míticas de las porteras, nuestra pequeñez, el espíritu del circo que había justo donde hoy se levanta el Ministerio de Cultura, y se lo han dado además por su capacidad para impulsar lo colectivo en un negocio de francotiradores». No sólo admiran sus películas sino también su trabajo al frente de la Academia Española de Cine, donde está uniendo tirios con troyanos.

Su propio camarada de otros tiempos, Santiago Segura, lo elogió. «Es un trabajador nato. Yo en cambio soy un vago absoluto, lo paso zappeando todo el día». Y habló pestes de su personaje. «Torrente no tiene talento de ningún tipo, vive de forma miserable, cutre y patética». Eso sí, ya está terminando «Torrente 4», donde actúa el Kun Agüero. Segura está en San Sebastián como protagonista de una buena, «El gran Vázquez», de Oscar Aibar, sobre el autor de la familia Cebolleta y otras historietas de los 60, gran creador y también grandísimo pícaro, que tuvo once hijos con siete mujeres distintas, y vivía de arriba en los hoteles de lujo. «Su primera condena de cárcel, en 1965, no fue sólo por irse sin pagar, sino por enviar luego las boletas a la editorial Bruguera», recordó Aibar, justificándolo: «Es que la editorial se quedaba con los derechos de autor».

«Entrevistamos a sus familiares. Algunos sentían una mezcla de cariño con resentimiento, porque era un cabrón adorable. La esposa legal contó hace tiempo que todavía lo amaba, pero no quería verlo más en su vida. Bueno, hay tanta gentuza que te jode, que por lo menos te la den con queso, como Vázquez», completó el protagonista. «Lo emocionante de este rodaje fue que el hijo nos controlaba, papá no tomaría así el lápiz, papá no diría eso, y al final de la toma, si le gustaba, muy bien, papá».

Bien recibida, es raro que «El gran Vázquez» no fuera la película de apertura, honor que recayó en la mexicana «Chicogrande», y que le quedó grande. Suena feo, pero algunos murmuran que la pusieron el primer día porque México pagó la fiesta de apertura. Su asunto es interesante: la lealtad de los villistas frente a la invasión norteamericana de 1916, que vino por el líder y se fue con las manos vacías, triste final para la famosa Caballería, ya que esa fue su última gran expedición. Pero más triste es la pobreza de la película, carente de fuerza, de emoción, y hasta de extras digitales que hagan creíble esa famosa invasión de más de 5.000 hombres.

Más tocante resultó «Satte Farben von Schwartz», algo así como «Todos los colores hasta el negro», con Senta Berger y Bruno Ganz como un viejo matrimonio enfrentado al final. El no quiere seguir un tratamiento para el cáncer, porque igual viviría la misma poca cantidad de años, ella siente que esa es una actitud egoísta. Ambos son egoístas, niños con antojos, enamorados capaces de cualquier cosa. Un lujo, ver a Senta Berger en la conferencia de prensa, todavía hermosa, erguida como una esfinge.

Y a Bruno Ganz como un abuelo inquieto, que mira al techo, se rasca, toma aires de mono viejo o de cura afligido, y de pronto se inclina hacia el micrófono, poniendo a su favor la espalda ya gibosa, e interviene en la charla con suavidad, con un tono musical, cálido, o tierno, lleno de modulaciones, expandiéndose en una explicación filosófica sobre el amor que, no importa lo que dice, el asunto es que si ese tipo llega a Buenos Aires para hacer teatro en alemán sin traducción simultánea la gente igual va a pagar la entrada y va a salir totalmente conmovida. Un artista con mayúsculas.

También en competencia, «Neds», de Peter Mullan, sobre un niño enfrentado al maltrato general, hasta sumarse al bando de los violentos. La acción en los 70, «una época de mucha violencia incluso en el hogar», recuerda Mullan, y agrega «la educación formal en los colegios no basta frente a la educación paralela en la calle y la casa».

Pudo agregar «y en el cine», donde el público local festejó locamente un pasatiempo harto sangriento de asesino serial y viudo vengativo y sádico, el coreano «I Saw the Devil», más adecuado para un festival de cine de terror. Para anotar, otra coreana, «Poetry» (una viejita que está olvidando las palabras termina haciendo un poema en memoria de una joven violada por el nieto de la viejita), y dos sobre chicas adolescentes: la belga «Marieke, Marieke» (desgarbada y desprotegida, busca la figura del padre en varios hombres grandes) y la española «Blog», curiosa producción centrada en chicas de 15 divertidas con las redes sociales, lo que implicó el uso de diversos formatos, un taller actoral, y la entrega de camaritas para que las niñas se fueran grabando. «Al final era muy gracioso, toda mi familia quería salir en la webcam, apenas me descuidaba mi madre aparecía detrás de mi en la pantalla», contó una de las protagonistas.

Al cierre de esta entrega empieza a proyectarse (y dura «apenas» 256 minutos) la nueva del veterano Raoul Ruiz, «Misterios de Lisboa», sobre el folletín de aventuras de Castelo Branco. Pero el misterio es otro: ¿podrá soportar Donostia la falta de condiciones idóneas para mantener su festival en el mismo nivel de años anteriores? Porque acá se nota que hay crisis. Pero eso sí, también hay cerca de mil embarcaciones deportivas en lista de espera por un lugarcito fijo en los embarcaderos, para disfrutar en fin de semana.



* Enviado Especial

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