11 de marzo 2009 - 00:00

Atractivas instantáneas del Roberto Arlt viajero

R. Arlt «En el país del viento. Viaje a la Patagonia (1934)» (Bs.As., Simurg, 2008, 156 págs.)
Entre las 1.800 notas que el autor de «Los Siete Locos» publicó en el diario «El Mundo» de Buenos Aires han quedado como un hito del periodismo argentino sus Aguafuertes Porteñas, que en algunos casos se adelantaron a lo que treinta años después en Estados Unidos se denominó «nuevo periodismo» o, para Truman Capote, «ficción verdadera». El diario envió a Arlt como corresponsal viajero a recorrer los confines del norte y sur de la Argentina, y fue a Chile, Brasil, Africa (Marruecos) y España. Entre enero y febrero de 1934 con una campera de cuero, una cámara Kodak y un revólver que le prestó su amigo Diego Newbery se lanzó a recorrer Río Negro, Neuquén, visitando, entre otras ciudades, Patagones, Viedma y Bariloche.
Al magistral novelista que inicia la narrativa urbana en América Latina, no le va el tener que hacer paisajismo o enviar postales a sus lectores. Como escribe Sylvia Saíta, «la puesta en palabras del escenario de la naturaleza es, para un escritor que encontró en el escenario de la ciudad un estilo, un ritmo y un sistema narrativo, un desafío».
En sus primeras notas cae en la tópica del relato de viajes: la descripción que precisa de metáforas la mayor parte de las veces forzadas o la necesidad de remitir a algún texto canónico, por lo general de aventuras. Se lo nota como un extranjero que se siente turista en un país desconocido, el país del viento. Cómo si se hubiera cansado de fingir ser ese tipo de narrador para sus lectores porteños, el verdadero Arlt, el innovador, el que se recuerda por los puñetazos que dio sobre la mesa de nuestra escuálida novelística, comienza a aparecer poco a poco. Estalla: «otra vez el tren. Resuelvo no mirar por la ventanilla. Este paisaje me da bronca. Ya empiezo a considerarlo como un enemigo personal. Es un inaguantable latero, que siempre dice la misma cosa». Abandona el lenguaje rebuscado de los diccionarios de sinónimos o los folletines, y se lanza a ponerle lunfardo a la estepa.
El paisajismo da paso a las aguafuertes y los retratos, la solemnidad al humor. «Las empresas ferroviarias deberían poner letreros que digan: 'sea amable con su vecino de viaje. Nos consta que no acaba de salir del presidio'».
Es en las instantáneas de los texanos que encuentra por el camino, en los curanderos de la Patagonia, en las historias de Berta a la que vieron una sola vez en la vida vestida de mujer o Justo Jones, el juez gracioso, donde vibra ese imperdible Arlt que dejó una marca transformadora en nuestra narrativa.
M.S.

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