22 de abril 2010 - 00:00

Atrapante historia de conciliación

«Pecados de mi padre» es un gran trabajo de investigación, suspenso y sublimación sobre la vida y muerte del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar contada por su propio hijo.
«Pecados de mi padre» es un gran trabajo de investigación, suspenso y sublimación sobre la vida y muerte del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar contada por su propio hijo.
«Pecados de mi padre» (Argentina-Colombia, 2009, habl. en español). Dir.: N. Entel. Documental.

De un modo atrapante, con gran trabajo de investigación, que llevó cinco años, claridad expositiva, para desmadejar los enredos de una historia que involucra diversos sectores a lo largo de tres décadas, una suma atractiva de suspenso, estremecimiento y fascinación, y, por encima de todo eso, un singular sentido del perdón y la sublimación, se cuenta aquí la vida y muerte de Pablo Escobar Gaviria, el más famoso y carismático narcotraficante que haya habido en Colombia y en toda América. Y quien va contando la parte más fuerte es su propio hijo, que hoy vive en la Argentina.

Confesiones hechas por primera vez, recuerdos de una Arcadia propia de magnates, valoraciones contrapuestas de cariño y vergüenza, surgen de su voz, que además suma el relato de su propia odisea, cuando apenas adolescente debió salvar a su familia de las garras de paramilitares, militares, policías, bandas rivales, y falsos amigos (todos ellos conglomerados en eso que los colombianos llaman los pepes, gente ejercitada en torturas, asesinatos, saqueos y venganzas al boleo). Pero hay algo más, la voz de los otros hijos. Todos quedaron huérfanos, todos en plena niñez. La tradición exige venganza. Los años, la lejanía, la reflexión, logran el encuentro y el diálogo. El documental lo facilita y lo registra. El recelo, la turbación, y, al fin, la mano tendida, la emoción contenida de esos hijos que ahora casi tienen la edad de sus padres al morir, pero seguirán viviendo, son cosas que también emocionan al espectador. Como antes lo han sacudido las historias de masacres, magnicidios y convivencias, o la visión, sin comentarios, de la multitud de gente llorando en el sepelio de Pablo Escobar, el más temido, pero también el más amado de los narcos.

Créase o no, muchos en Medellín lo recuerdan como un santo, protector de pobres como había sido él mismo en su infancia. Y hay pruebas, además, de su cariño enorme como esposo y padre (sin ir más lejos, lo mató su ansiedad por comunicarse con la familia cuando estaba siendo más perseguido). ¿Pero entonces? ¿Cuáles fueron sus pecados? Principalmente, pero no exclusivamente, dos. La soberbia, que lo llevó a creerse por encima de las leyes, y la ira, que lo impulsó a descalificar en forma extrema a quienes quisieron explicarle, y aplicarle, esas leyes. Cosa irónica, de lo mismo pecan otros cuantos en diversos ámbitos, sólo que con modales más discretos y civilizados. Pero ésa es otra historia.

En síntesis, un relato notable, muy bien expuesto, sobre un enemigo público con ambiciones presidenciales, una época reciente, dolores de hijo que sólo el tiempo cicatriza, y, sobre todo, una posibilidad de reconciliación y superación a través de las siguientes generaciones. Esto último contribuye a que la película sea, casi diríamos, excepcional. Realización, Nicolás Entel, un nombre a tener en cuenta.

P.S.

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