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Bellatin y algo más que una alegoría sobre el sida

Todo es posible, todo es metáfora en ese «Salón de belleza». Es una peluquería atendida por un travesti que está en la fase terminal de una enfermedad por contagio. Es una peste que fulmina paulatinamente a habitantes de esa ciudad de la que no se conocen sus márgenes. Es un salón de arreglos cosméticos que se transformó en un Moridero «donde van a terminar sus días quienes no tienen donde hacerlo». Es un local decorado con acuarios donde los peces han ido desapareciendo. Es donde llegan los que buscan morir en compañía, más por una razón estética que ética, que intentan escapar del desprecio o la conmiseración.
Por eso se rechaza la compasión de «las monjas de al lado», porque en ese lugar se va a aceptar la muerte, y no a soñar que es un rito de pasaje a un lugar venturoso. Y acaso por eso, o por ese coiffeur sentimental, ese espacio es el centro de los rechazos de los vecinos del barrio. Ese coiffeur, devenido en enfermero, que soportando su decadencia cree haber entregado su vida a la belleza, porque la vida es así para él, y la belleza es lo contrario al dolor y al sufrimiento. Es algo superficial pero, como sostenía Oscar Wilde, porque es esa la piel de lo profundo. Y al peluquero no le preocupa cómo sea el fin ni que allí concluya todo, por más que algunos críticos hayan visto en él a una especie de santo, sino la manera en que el enfermo llega a esa etapa de clausura de su ser. En el fondo es un refugio ese moridero que parece surgir de cuentos medievales y que es una obvia metáfora de un lugar de encuentro entre iguales.
Fácil sería ver detrás de esta historia del mexicano Mario Bellatin una alegoría acerca del sida. Se podría pensar por momentos como uno de esos grotescos del cine italiano o una comedia nada graciosa en torno a apestados, o una modernización de ciertos juegos del realismo mágico; mejor aún una versión contrapuesto a los juegos de Jorge Amado. Nada de eso, Bellatin asume el riesgo desde una prosa despojada, encarna al narrador con un frío estilo kafkiano ausente de epítetos, ceñido a imponer imágenes que hagan ecos entre ellas, como esos seres y esos peces que de decorar con su belleza el mundo pasan a ser otros seres, ellos tambien infectados por el abandono y el desprecio.
H.S.M.


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