28 de octubre 2009 - 00:00

Cecilia Hopkins, una pasional Emma Zunz enojada con Borges

Acompañada por un silencioso León Izkovich, en «Gemma Suns», la actriz y bailarina Cecilia Hopkins le presta cuerpo y alma a la supuesta «verdadera» heroína del cuento de Borges.
Acompañada por un silencioso León Izkovich, en «Gemma Suns», la actriz y bailarina Cecilia Hopkins le presta cuerpo y alma a la supuesta «verdadera» heroína del cuento de Borges.
«Gemma Suns» Sobre textos de M. Rodríguez. Dir.: C. Hopkins y E. Vázquez. Int.: C.H opkins y L. Iskovich. Dis. Ilum.: E. Sirlin. Esp. sonoro: E. Snajer. Esp. visual y Vest.: M. Machado. (Teatro del Abasto).

La «verdadera» heroína del cuento «Emma Zunz» de Jorge Luis Borges (una historia de pasiones edípicas y atmósfera detectivesca) toma la palabra para cuestionar con rabia y desconsuelo los procedimientos literarios utilizados por el escritor.

Gemma Suns (así dice llamarse esta mujer) rechaza todo esteticismo para brindar una versión mucho más pasional de los hechos narrados, sin respetar la linealidad del relato borgiano pero sí sus episodios más importantes: el suicidio del padre, al que un empresario inescrupuloso había acusado de desfalco, y la trampa que urde posteriormente Emma, quien luego de asesinar al culpable le hace creer a la policía que el hombre la violó.

Al igual que en otros espectáculos anteriores, como «La recaída» y «Milonga desierta», Cecilia Hopkins recurre a la danza para potenciar su lenguaje expresivo, exhibiendo en este caso una rica variedad de gestos, contorsiones, movimientos ritualistas y hasta un número de tango en el que asoman los traumas sexuales de Gemma.

Bailando su dolor («la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin», dice Borges en su relato), la protagonista cree defenderse contra las imposturas de la ficción. Pero luego decide ponerle voz a su testimonio con una creciente virulencia expresada a través de ironías y reflexiones muy ácidas. Hopkins entona unos versos tangueros, lee en voz alta párrafos del cuento original y hasta arriesga alguna que otra humorada para sacudir al público y obligarlo a aceptar su alegato como algo real y tangible.

Acompañada por la silenciosa presencia de León Iskovich (a cargo de los principales personajes masculinos), la actriz y bailarina brinda una interpretación enérgica y visceral que se despega de la anécdota literaria con un giro inesperado. Por debajo de la máscara de la mujer que cuestiona la autenticidad de su alter ego literario, ahora asoma la intérprete decidida a romper, con toda su furia, la barrera que la separa del público.

Hopkins habla de la soledad de los artistas, revive su angustia ante la sala semi vacía y denuncia el vértigo inútil de aquel que arriesga la vida en el escenario. Por más que se trate de un discurso metafórico, sus palabras hacen mella en el espectador y lo invitan a asumirse como testigo.

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