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Colón: fiesta coreana con regreso de Sumi Jo
La gran soprano coreana Sumi Jo, estrella en los 80 y 90, regresó al Colón en un recital junto al tenor Darío Schmunck.
Inusual, por diversos motivos, fue el concierto que brindó al público porteño la posibilidad de rencontrarse con Sumi Jo, la gran soprano de coloratura coreana presente en varias temporadas del Colón en la década del 90. La función prologó el Concurso Internacional de Canto, organizado por el teatro, que se desarrollará desde hoy y hasta el sábado (con un jurado integrado, además de ella, por figuras como Sherrill Milnes y Kiri Te Kanawa, entre otros), y festejó los 50 años de relaciones bilaterales entre la Argentina y Corea.
Por esta última razón (el concierto era auspiciado por la Embajada del país oriental) el público estaba compuesto en altísimo porcentaje por miembros de la comunidad coreana, y en el resto por operómanos y cantantes que acudieron a escuchar la prodigiosa voz de Jo en compañía del tenor argentino Darío Schmunck y la Orquesta Académica del Instituto Superior de Arte del Teatro bajo la dirección de Enrique Arturo Diemecke, titular de la Filarmónica.
Estrafalaria en su vestimenta, desplegando «gags» en cantidad (ninguno de ellos con demasiada comicidad), la soprano abordó un repertorio breve que le brindó la posibilidad de lucir el dominio técnico de una voz de perfecta llegada a distintos niveles de la sala. En el comienzo, una pieza de bravura como pocas: las variaciones sobre la canción popular «Ah, vous dirai-je, maman» que Adolphe Adam incluyó en su «opéra-comique» «Le toreador» y que Jo desgranó con perfección asombrosa, con una destacada intervención del joven flautista argentino Gabriel Romero con soltura técnica y gran musicalidad. A continuación, en el celebérrimo «Caro nome» de «Rigoletto» de Verdi, el despliegue fue sobre todo de un control absoluto del «fiato», por más que no hubo ni rastros de una expresión genuina en su canto.
Más tarde el aria de Olympia, la muñeca, de «Los cuentos de Hoffmann» de Jacques Offenbach (tal vez la que mejor representa esa tendencia a una mecanicidad que aun así no deja de cautivar los ánimos circenses) fue otra plataforma pirotécnica agradecida y ovacionada por el público, con simpáticos toques actuados del carismático Diemecke.
Sí hubo sentimiento y comunicación en las intervenciones de Schmunck, quien pese a algunas notas ríspidas cantó con sensibilidad otros dos favoritos del repertorio lírico: las arias «Una furtiva lagrima» («Lelisir damore») y «Kuda, kuda» («Eugenio Onegin»), y abordó con Jo el elegante dúo de «La viuda alegre» de Léhar, y como segundo bis, la «Canción a la bandera» de «Aurora» de Panizza.
Emotivamente la carga para la comunidad coreana estuvo en la nostálgica canción de Junjoon Ahn que interpretó la soprano cerca del final, y en el último bis, otra melodía de ese país que simboliza la unión entre las dos Coreas. Menos afortunada fue la inclusión como primer «fuera de programa» de «O mio babbino caro», y en lo que respecta a la orquesta la apertura con «Coriolano» de Beethoven, posiblemente motivada por falta de tiempo para preparar un aperitivo más ligero y acorde con el resto del menú. Brillante sobre todo en el «Galop infernal» de «Orphée aux enfers» de Offenbach, la orquesta juvenil y Diemecke actuaron con profesionalismo ante un público que de todas maneras, por razones étnicas o devocionales, asistió más que nada a ver en vivo a la maravilla oriental, y a juzgar por las ovaciones, salió saciado de sus filigranas vocales.


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