23 de agosto 2012 - 00:00

Cuando el personaje se devora a la intérprete

Concha Buika: además de algunos problemas con la sonoridad del piano, su interpretación de «personaje sobreactuado» también le jugó en contra.
Concha Buika: además de algunos problemas con la sonoridad del piano, su interpretación de «personaje sobreactuado» también le jugó en contra.
Presentación de «En mi piel». Actuación de Concha Buika (voz). Con Iván González «Melón». (Teatro Gran Rex; 21 de agosto).

Cuando el personaje se devora a la intérprete Concha Buika, hija de padres exiliados de Guinea ecuatorial, se crió entre gitanos de Palma de Mallorca, su lugar de nacimiento. No hace tanto que salió a la luz pública internacional, pero bastó que fuera reconocida en Estados Unidos para que aparecieran los premios, el acercamiento y la declarada admiración por parte de artistas tan diversos como Pedro Almodóvar, Chavela Vargas -la consideró «mi hija negra»-, Nelly Furtado, Alejandro Sanz, Gloria Estefan, Mariza y otros. Buika grabó un disco que está entre lo mejor de su carrera, haciendo temas tradicionales de América Latina, con el cubano Chucho Valdés en el piano, aunque esta vez vino a presentar algo que es básicamente un compilado. Su discografía da cuenta de un viaje que va de las coplas a los boleros y del pop a la balada rockera, con desprejuicio de géneros, con una voz aguardentosa y expresiva, con un decir heterodoxo, con una presencia fuerte en el escenario, con una sensualidad que roza la provocación.

Pero jugar en ese borde tiene sus riesgos, como el de pasar del otro lado y permitir que el personaje se coma a la persona, o que la persona pierda parte del control y se transforme en un personaje. Algo así le ocurrió esta vez a María Concepción Balboa Buika.

Hubo dos problemas básicos frente a un Gran Rex repleto. Uno, más técnico: el muy buen piano de Iván González «Melón», estuvo en intensidad un poco más arriba de lo deseable, y no fueron pocas las veces que su sonido escondió la voz solista, sobre todo al momento de hablar. El otro problema es respecto de la propia Buika, que parecía estar actuando de sí misma. Así, sometió a varias de las melodías a un fraseo tan exagerado que terminó haciéndolas confusas, interrumpió esas interpretaciones para beber casi compulsivamente agua y ron en medio de ellas, perdió el control de su emoción hasta mostrar sin desearlo su ropa interior -ella misma se rió de eso que llamó una «metida de pata»-, y dejó a su compañero como sostén profesional del asunto. Claro que Buika es una artista y aún en una noche no tan feliz se mostró en su mejor modo, sobre todo cuando encaró clásicos como «El último trago» -lo mejor del recital- y «Luz de luna» o cuando hizo una muy personal versión bilingüe de «Bailamos» de Enrique Iglesias.

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