Cuando lo real asusta más que la ficción

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«Terror en Chernobyl» (Chernobyl Diaries, EE.UU., 2012, habl. en inglés y ruso). Dir.: B. Parker. Int.: J. McCartney, J. Sadowski, O. Dudley.

El prólogo parece dirigir el argumento hacia el género de los Hostel que tanto han redituado últimamente. Pero esta «Terror en Chernobyl» tiene buenos momentos de horror ecológico que asustan casi más en sus partes realistas que cuando se vuelve completamente fantástica. Es que las imágenes de una ciudad abandonada hace décadas por haber albergado a los trabajadores de Chernobyl basta por sí sola para estremecer al espectador (más allá de que por motivos obvios surgidos de la trama, este film clase B no fue rodado ni por asomo cerca del sitio de la catástrofe atómica más grave de todos los tiempos, sino en ominosos escenarios de Serbia y Hungría),

La historia tiene que ver con unos típicos turistas estadounidenses más o menos insoportables recorriendo Europa, que ya en Rusia, deciden postergar su ida a Moscú para hacer algo que un ex militar ruso denomina «turismo extremo para viajeros especiales». La idea es pasar un par de horas en la ciudad lindera a Chernobyl, totalmente abandonada, sin sufrir ninguna consecuencia de exponerse a la radiacion dado que sólo irán a las partes menos contaminadas y durante un tiempo limitado incapaz de constituir un auténtico riesgo para el grupo de turistas aventureros.

La primera parte del film que se ocupa del tour en cuestión, apenas condimentado con un par de detalles horribles pero menores, sustos nada más, que el mismo guía turístico no se esperaba, es lejos lo mejor y más original, ya que es verosímil y muy pero muy tenso. Sobre todo, no deja ver al público por qué lado va a venir el terror anunciado en el título local. Luego las cosas se van volviendo auténticamente horripilantes, pero de un modo bastante convencional, aunque el director (un ex encargado de efectos especiales de producciones mucho más costosas que ésta) se las arregla para mantener la tensión y. especialmente, para aprovechar al máximo los atemorizantes decorados de un paisaje urbano abandonado, cuidadosamente mal iluminado para sugerir mucho más de lo que se muestra.

Lamentablemente, hacia el final todo se vuelve muy previsible, lo que es una pena, ya que «Terror en Chernobyl» daba para más.

D.C.

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