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De cómo ganarse al público con ingenio
Gaëtan Vourc’h, notable protagonista de «El efecto de Serge», bello e inteligente espectáculo francés que se vio el fin de semana en el FIBA.
Entre la variada programación internacional que dio cierre al FIBA, este fin de semana, hubo un espectáculo que pese a su pequeño formato y a la candidez de su propuesta constituyó un homenaje a las artes escénicas y a la capacidad de los artistas de generar ilusión conciliando lo prosaico con lo sublime.
El escenógrafo y diseñador gráfico francés Philippe Quesne lidera, desde 2003, la Compañía Vivarium Studio, cuyos trabajos han sido muy bien recibidos en diversos festivales europeos (especialmente el último, «La Melancolie des dragons»).
Los montajes de esta agrupación cumplen con una serie de reglas. Por ejemplo, cada obra empieza con la imagen que da cierre a su espectáculo anterior y es habitual que algunos elementos escenográficos vuelvan a aparecer en distintas puestas.
Se trata pues de un teatro de laboratorio, conceptual, imaginativo y muy relacionado con el espacio. Pero detrás de estos poéticos microcosmos de apariencia artesanal se oculta una ingeniosa y esmerada infraestructura.
«El efecto de Serge» (2007) tiene por protagonista a un joven solitario, de aspecto larguirucho y con evidentes problemas de relación pese a su extrema amabilidad, que todos los domingos a las seis de la tarde organiza breves representaciones para algunos conocidos. En ellas combina música y efectos de luces echando mano a procedimientos tan precarios que siempre corre el riesgo de fracasar en el intento o de decepcionar a su auditorio.
Alentados por títulos tan prometedores como éstos: «Efecto lumínico con música de Wagner»; «Efecto de láser con música de John Cage» y otros más, los amigos de Serge no parecen apreciar la magia de estos experimentos que incluyen, entre otras cosas, faros de auto, juguetes a control remoto y pirotecnia casera. En estos desfasaje entre el delirio creativo del artista y las expectativas de un público que busca que lo maravillen sin tener que hacer ningún esfuerzo, reside la exquisita comicidad de este espectáculo.
El notable actor francés Gaëtan Vourch logró ganarse el corazón del público con su aire desvalido y sus lacónicas respuestas. El resto del elenco que en este caso incluyó algunos invitados locales, manejó el mismo registro de «no actuación» logrando así difuminar los márgenes de realidad y ficción.


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