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De intervención y crisis cíclicas
Lo de De Vido se interpreta, según la trinchera desde la que se lo lea, como el entrenamiento de un futuro jefe de Gabinete o como la esponja de los costos de las medidas para preservar a quien sea, finalmente, proclamado como sucesor de Aníbal Fernández.
En las tres ocasiones, es cierto, los anuncios estuvieron vinculados estrictamente con Planificación. Pero más allá de ese tecnicismo, Cristina de Kirchner encomendó a De Vido, quizá el más castigado de sus ministros, la tarea de ser el ejecutor y «fronting».
No parece casual, en rigor, que el último dique de contención de Hugo Moyano sea el encargado de promocionar y fiscalizar una reforma que explora un relato unidireccional: que el déficit de Aerolíneas Argentinas responde al reinado intocable de los gremios.
De hecho, Jorge Pérez Tamayo, el jefe de los pilotos -área donde más fuerte impacta la «reinterpretación» del estatuto de AA, según el léxico de Mariano Recalde-, es el socio aéreo de la CATT, club de gremios del transporte que ha sido el soporte principal del camionero.
En el episodio Aerolíneas reaparece un antiguo conflicto, esencial en el peronismo, que a Juan Domingo Perón le costó años y prisiones encaminar: las demandas de los sectores sindicales. Y, en el origen, del ala laborista del partido de Gobierno.
El malón de historiadores que visitan y revisitan la trabajosa fusión de radicales y laboristas en el partido peronista se topan con el recrudecimiento de esa crisis a partir de la recesión de los 50, que agrietó el vínculo entre el Gobierno y los gremios.
Walter Little, citado por María Mackinnon, sostiene que «la doctrina peronista» detectaba el antagonismo, pero que en vez de resolver esas contradicciones las ocultaba como una forma de mantener el «equilibrio dinámico» de una fuerza naciente y en expansión.
Sin embargo, completa el estudio, ese remedio comenzó a erosionarse con la crisis de principios de los 50, por lo que Perón tuvo que recurrir cada vez con más frecuencia a la «coerción» para mantener alineadas a distintas expresiones, en particular la sindical.
Un deja vú: los chispazos entre la Casa Rosada y el moyanismo, al principio producto del destrato de Cristina de Kirchner al jefe de la CGT, amenazan con sumar un componente puramente reivindicativo, al menos en la explicación que deslizan cerca del camionero.
«¿Hay un ajuste en los cargos políticos que metió La Cámpora?», preguntó, escondido, un jefe sindical y hurgó en la sospecha sobre la incorporación desordenada de empleados en la línea aérea de bandera durante la administración del tándem Recalde y Eduardo «Wado» De Pedro.
No es una advertencia ociosa. Uno de los caciques más poderosos y lúcidos del kirchnerismo no se cansa de advertir que se avecina un proceso recesivo y que su impacto sobre la Argentina será mayor que lo esperado, con un consecuente daño sobre el Gobierno y la figura de la Presidente.
«Cuando eso pase, ¿a quién le va a pedir que la respalde? Con la 125 nosotros estuvimos ahí. En el futuro, nadie sabe: nadie respalda a quien no quiere ser respaldado», señaló el jerarca sindical.
Ayer, vía Twitter, Facundo Moyano deslizó una objeción: «Podemos tener una narración revolucionaria, pero si la realidad indica otra cosa, no existe la revolución». Quizá fue sólo casualidad, pero evitó hablar de relato, término usual entre los kirchneristas.
La tercera ola de la austeridad K tiene otra particularidad. Supone, en la práctica, casi una intervención de Aerolíneas por parte de De Vido aunque, en principio, se preserve la continuidad de Recalde y su equipo camporista al frente de la empresa.
Irrumpen interrogantes accesorios: ¿frustra ese proceso la meneada designación de Axel Kicillof en el futuro equipo económico?
De fondo, se reproduce el paradigma anterior: en expansión, el Gobierno permitió el cogobierno en la compañía entre los gerenciados de La Cámpora y el moyanismo, relación que potenció la presencia de Héctor Recalde, padre del presidente de la firma y abogado del moyanismo.
Pero el momento, dice el Gobierno, impone una etapa de austeridad ante la cual De Vido planifica un ajuste que, inevitablemente, generará una reacción sindical. Es más: De Vido propugna restringir el derecho a huelga de los trabajadores con el argumento de que la prestación de Aerolíneas debe ser considerada un servicio esencial.
Esa pretensión profundiza un giro que tuvo la semana pasada una dosis de muestra cuando el Gobierno pidió quitarle la personería al gremio APTA, que conduce el exkirchnerista Ricardo Cirielli.


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