18 de marzo 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El experto que se escuda como Gordon Gekko, el personaje de las películas de Oliver Stone sobre Wall Street, aporta dos noticias. La mala es conocida: Fukushima no está aún bajo control. La buena nueva, empero, es halagüeña: los mercados comienzan a abandonar su fijación con el desastre. Por fortuna, esa dañina correlación se resquebrajó. Las tribulaciones nucleares se agravaron, pero ya no son la única variable relevante para los inversores, que comienzan a ver más allá. Así, las acciones japonesas ya repuntaron el 9% desde sus mínimos.

Periodista: Como usted dijo, la radiación está en las calles. Fukushima todavía es un interrogante y conserva un final abierto. No obstante, los mercados se las arreglaron para recobrar la vertical. ¿El consejo del barón Rostchild, una vez más, fue vindicado?

Gordon Gekko: Pasamos de la ventas de pánico a comprar, tímidamente, las oportunidades que parecen más claras.

P.: ¿Cómo saber que no se producirá otro cimbronazo?

G.G.:
No se sabe. Por eso lo que retrocedió como un alud se recupera con cautela, indudablemente con menos vigor.

P.: La Bolsa japonesa da señales de querer estabilizarse.

G.G.:
Estableció un piso importante.

P.: ¿Será definitivo?

G.G.:
Necesitará verter mucha más radiación en el ambiente para derretirlo.

P.: No es un imposible.

G.G.:
De acuerdo. Pero tenga presente que cuando el Nikkei tocó fondo, las estructuras de contención de los reactores de Fukushima aún estaban intactas. Al menos, vistas desde el exterior. Y una evacuación de Tokio no figuraba en la primera plana de los diarios como una hipótesis factible.

P.: La crisis deberá agravarse mucho más para abrir una nueva brecha de precios.

G.G.:
El martes se tocó piso. La crisis de la planta nuclear se profundizó, pero la correlación no se mantuvo. Desde entonces, si uno toma como referencia la acción del EWJ (un fondo que replica la Bolsa japonesa), las acciones -a contrapelo- escalaron un poco más del 9%...

P.: ¿Usted cree que la situación dejó de preocupar?

G.G.:
La preocupación creció. Es evidente. Para que el presidente de los EE.UU. tenga que aclarar que la radiación no llegará a los EE.UU.

P.: ¿Cómo se entiende, entonces?

G.G.:
Es que no es la única variable en danza. La catástrofe gatilló su propio mercado «bear» (bajista) en el Nikkei.

P.: Los precios son otros. ¿Cree usted que permitirán acomodar todos los riesgos que trae aparejada una situación tan inestable como la de una planta nuclear fuera de control (para colmo con seis reactores, uno al lado del otro, y todos con problemas)?

G.G.:
Un mercado bajista puede absorber muchas calamidades, inclusive peores que ésta.

P.: ¿Sí?

G.G.:
El tema ya no es ése, tampoco. El mercado «bear» en sí duró lo que una exhalación. Pero las cotizaciones ya treparon el 9% por encima de los mínimos, salieron del pozo, lo dejaron atrás y han vuelto a un terreno más escarpado, más agresivo. A pesar de que, como usted bien dice, la crisis no está resuelta, emana novedades desagradables y para nada está exenta de sumar nuevos peligros.

P.: Entre las exageraciones que citaba un par de ruedas atrás, estaba el precio del petróleo. También allí se produjo una recuperación notable.

G.G.:
No debiera sorprender. Si usted creyera en conspiraciones, diría que fueron los países petroleros los que instigaron el tsunami. Por supuesto, para liquidar la competencia que significaba la energía nuclear. Ya vendrá el turno del calentamiento global para tratar de equilibrar la ecuación.

P.: ¿Cuánto ayudó a calmar los ánimos la intervención del Banco de Japón?

G.G.:
La regla de Friedman, la de proveer una oferta elástica de dinero, fue muy oportuna. El Banco de Japón procedió por aproximaciones sucesivas, y fue criticado por pecar de timidez, pero no le llevó mucho tiempo dar con la tecla. Le repito, creo que su actuación es muy útil porque contribuye a desenganchar los avatares financieros de las lecturas de niveles de radiación.

P.: ¿Cuánto más puede hacer la política monetaria?

G.G.:
Queda lidiar con la entrada de capitales y el cambio de portafolios que supondrá pagar los costos de la catástrofe y las tareas de reconstrucción.

P.: A juzgar por la fortaleza del yen, que estableció un nuevo récord histórico frente al dólar, la repatriación es un aluvión. Me recuerda las vicisitudes cambiarias post-Kobe en 1995.

G.G.:
Apostaría doble contra sencillo a que la repatriación no comenzó. Lea las declaraciones de Mohamed El Erian -quien coadministra los fondos de Pimco- y encontrará la misma impresión. Sus clientes asiáticos no modificaron sus carteras. Lo que vemos en el mercado de cambios es una anticipación de ese movimiento.

P.: Tiene razón el Gobierno japonés cuando acusa a los especuladores.

G.G.:
Si usted tenía una posición corta en yenes -usando a la moneda japonesa como fuente de financiación a bajo costo- lo que está haciendo es, meramente, poner a salvo su pellejo.

P.: ¿Cuánto ayudaría una intervención cambiaria coordinada del G-7?

G.G.:
Saber que la herramienta está disponible sería de suma utilidad.

P.: ¿Cree que se acordará?

G.G.:
Si Japón lo pide, debería obtener el guiño de una promesa verbal.

P.: ¿En qué quedó el revuelo por la guerra cambiaria?

G.G.:
Como a las nubes, el viento se la llevó. La situación actual es muy diferente. La repatriación entraña venta de activos fuera de Japón. Y, por ende, puede desestabilizar mercados específicos. Esas contrapartes tendrán un interés concreto en suavizar el proceso. Calmar al yen es una manera de reducir el riesgo de traumatismos. No hay colisión de intereses esta vez -como el año pasado, cuando Japón se quejaba de las compras chinas de sus bonos del Gobierno-, sino una conveniente alineación.

Escribe José Siaba Serrate

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