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Diálogos en Wall Street
La entrevista es con Gordon Gekko, el nombre de ficción de un economista que hurga sobre los avatares de la turbulenta realidad internacional. Si el plan de estímulo de Obama puede convertirse en una contribución positiva, a los mercados no les importó. Europa se las arregló para sembrar otra vez la cizaña de la incertidumbre.
Gordon Gekko: La cadena siempre se corta por el eslabón más débil.
P.: Los mercados sintieron el impacto.
G.G.: No lo dude. Otra vez el cántaro va a la fuente. Sólo por su tozudez no se rompe.
P.: El plan de Obama quedó en la nada mucho antes que el Congreso llegase a tratarlo.
G.G.: No exageremos. No rindió los dividendos inmediatos de imagen que el Gobierno quería producir, o que los mercados anhelaban como salvavidas de ocasión, pero si atraviesa con éxito el filtro de la discusión parlamentaria, será una contribución positiva.
P.: No está claro que la oposición le conceda el visto bueno.
G.G.: Uno imagina que la reducción de impuestos -que es un poco más de la mitad del paquete- sobrevivirá sin grandes modificaciones. Y el resto, habrá que ver. Si lo que resulta a la postre conserva el 70% del poder de fuego del plan original, pienso que servirá para alejar uno de los fantasmas que aleteaba en torno a la economía en 2012.
P.: ¿Esto es?
G.G.: La posibilidad de que el propio repliegue de la política fiscal empujara a la eco-nomía de los EE.UU. a la recesión.
P.: No es el único camino que conduce a una eventual contracción.
G.G.: Lamentablemente, no. No obstante, es el más obvio. Y la política debe clausurarlo. Vale escuchar que Obama está dispuesto a dar la pelea y que involucra a la opinión pública para que presione a favor de un acuerdo.
P.: No le ha ido bien a Obama en sus últimas pulseadas. Si los republicanos sacan ventaja del fracaso del Gobierno, ¿por qué habrían de darle una mano en las vísperas de una elección?
G.G.: Éste es un plan que podría servir para crear cientos de miles de puestos de trabajo, quizás más de un millón, pero, en esencia, Obama busca, como hipótesis de mínima, conservar un único empleo. El suyo propio. Jugará a fondo. La estrategia es clara: convencer a la opinión pública de que los republicanos, en el afán de bloquear al Gobierno, están torpedeando la recuperación económica, la creación de trabajo. Ése es el límite de la intransigencia. ¿Habrá una solución de compromiso? Sí. ¿Qué tan buena será? Ése es el interrogante.
P.: Imaginemos que EE.UU. les da una respuesta satisfactoria a sus problemas. Pero queda Europa. Y allí no hay progresos. Más se profundiza la crisis, más se acrecientan las diferencias. La partida de Juergen Stark, el economista jefe del BCE, revela discrepancias que no se pueden ni siquiera maquillar.
G.G.: Es evidente. Europa sufre una crisis de su deuda pública y de su banca, pero más grave aún es la crisis existencial. Europa posee poder de fuego, aunque, a diferencia de EE.UU. o de Japón, no se atreve a usarlo a pleno.
P.: Stark se aleja del BCE por «razones personales», así como Axel Weber, en su momento, declinó sustituir a Jean Trichet al frente del BCE. El motivo verdadero es el mismo: el rechazo a que el BCE participe de las compras de deuda soberana.
G.G.: Correcto. Aunque si el BCE diera hoy un paso al costado, sería lo mismo que abrir las compuertas de una represa.
P.: Media Alemania se opone a las compras de deuda. Comenzando por el presidente y siguiendo por el titular del Bundesbank.
G.G.: Todo el mundo se oponía antes de la crisis. El propio Trichet, enfáticamente, tres o cuatro días antes de comenzar con la compra de deuda griega en mayo de 2010. A nadie le gusta. Es la realidad la que fuerza las decisiones. Y, como le dije antes, Europa apenas si ha hecho uso de la herramienta. La premier Angela Merkel se oponía, pero ya no.
P.: ¿Cómo lo sabe?
G.G.: Por la velocidad con que se nombró el reemplazo de Stark.
P.: Lo que está claro es que falta una noción compartida sobre cómo enfrentar la situación.
G.G.: El primer gran disidente fue Axel Weber. Se oponía a las compras de deuda, y también al default de Grecia. ¿Qué proponía? Que la intervención la hicieran las tesorerías europeas. Formalmente, impecable. Bueno, la cumbre de julio le concedió a la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera esa potestad.
P.: El BCE podría desligarse. Y permitir que la Facilidad se haga cargo.
G.G.: Hay muchas variantes posibles. La Facilidad podría garantizarle al BCE el resarcimiento por los eventuales quebrantos. Y podría capitalizar a los bancos europeos y así permitir un escenario donde la reestructuración tuviera cabida sin provocar zozobra. Tras la cumbre de julio, Europa debía fortalecer los recursos del Fondo de Estabilidad. No lo ha hecho. La propia Christine Lagarde, antes ministra de Finanzas de Francia y ahora titular del FMI, urge una capitalización bancaria. Tampoco se hace. Y lo que se ejecuta es poco, se administra a cuentagotas. Desde ya, en dosis menor que en EE.UU., y sin embargo, genera mucha más turbación. Si en julio se definió una ruta de escape, ¿por qué no se usa? ¿Qué diablos pasa? Ocurre que Europa no es un país. La Unión Europea, como fue diseñada, se ahoga en lo que comenzó como una tormenta en un vaso de agua y, después de sumar a Italia, es un piletón profundo. Pero sortear la encrucijada tiene sus bemoles. Habilitar la vía de escape exige adosar prácticas y artefactos que, sin discusión, colisionan con los planos originales aprobados.
P.: ¿Cómo salir de la parálisis?
G.G.: Hay que tomar partido. Cuando Alemania occidental absorbió a su par oriental también violó las reglas y no le importó. La unión era la prioridad. Y todo lo demás se subordinó (hasta el despropósito de canjear marcos orientales a la par cuando cotizaban a razón de 7 a 1). No se confunda, hoy la situación es más delicada porque no hacer nada no puede ser el plan B. La Unión Europea es un hecho y no hay manera de que Alemania pueda salir indemne si estalla. Pero eso la política no lo entendió. Y me temo que se aprenderá a los tumbos.


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