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Dolores Zorreguieta explora la condición humana en “Secreto”
La instalación de singular carácter metafórico que expone actualmente en Buenos Aires la artista argentina residente en Nueva York Dolores Zorreguieta.
El «secreto» es aquello que el arte oculta y desoculta, a la vez. «La obra de arte consiste en algo más que en ese carácter de cosa. Ese algo más que está en ella es lo que hace que sea arte. La obra tiene un carácter añadido (.) La obra es símbolo», según Martín Heidegger.
La obra de Zorreguieta se inserta en el Neo-conceptualismo, que a partir de los 80, reelabora muchas de las propuestas de la tendencia original, con el uso de la tecnología y la permanente experimentación como ejes fundamentales. El género de las instalaciones, que se inició en la década del 70 y se afianzó en los 90, es el resultado y proyección de las sucesivas transformaciones asumidas por el arte de vanguardia desde comienzos del siglo XX. La instalación se nos aparece como una disolución/superación de las formas tradicionales. La interacción con lo espacial puede ser llevada a extremos desconocidos por medio de la realidad virtual, y las nuevas tecnologías.
Dolores Zorreguieta (1965) se graduó en la Escuela de Bellas Artes «Prilidiano Pueyrredón» en 1987. Hizo cursos de postgrado en Nueva York en Mac Learning Center, Bronx Museum of Arts y en la New York University. Ha realizado muestras individuales y colectivas en Buenos Aires y en Nueva York, donde reside desde 1991. Ha sido distinguida como Artista del año, por la Franklin Furnace de Nueva York (1995), y ha recibido los premios del New
York State Council on the Arts y el del New York Foundation for the Arts. Este último por un video digital en el que aparece ella en un solero armado con curitas.
«Es una relación de ida y vuelta», asegura Charly Berwick, crítica de «Art News». «Mientras la moda invade el ámbito de los museos, los artistas van a las tiendas, creando una simbiosis muy interesante, que hoy es particularmente fuerte.»
Según Zorreguieta, muchos artistas se han volcado al vestido como forma de expresión «porque es una muy buena metáfora para retratar distintos aspectos de la experiencia, casi una herramienta surrealista para explorar la humanidad».
La historia del arte fue la historia del cuerpo como hecho ajeno, aun en los autorretratos. Si el cuerpo rendía culto a las potencias y divinidades, el arte pasó a rendir culto al cuerpo, transformado en potencia y divinidad de la pintura y la escultura. Si el cuerpo era el que comunicaba, los artistas se lanzaron a comunicar el arte con el cuerpo. Fue preciso aguardar a los cubistas, a comienzos del siglo XX para que la imagen pictórica y escultórica del cuerpo empezara a ser desestabilizada, impugnada. Se inicia con los happenings y los assemblages, y se continúa con el body-art. Pero hace ya varias décadas surgió la performance para recobrar el cuerpo como hecho propio.
«Por lo que a la historia del cuerpo se refiere, los historiadores la han comenzado desde hace largo tiempo. Han estudiado el cuerpo en el campo de una demografía o de una patología histórica, lo han considerado como asiento de necesidades de apetitos, (.). Pero el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él, lo cercan, o marcan, lo someten a suplicio, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos (.)», sostuvo Michel Foucault.
La relación arte-cuerpo es, por esencia, de fundamental importancia. En los años noventa, con una «cultura del cuerpo» que lo valoriza por sí mismo como objeto, un objeto al que la cirugía (no en vano denominada «estética») debe preservar de toda alteración física o producida por la edad, la performance ha venido a ser una suerte de contra-cultura. Si hace cuatro décadas rescataba al cuerpo idealizado por las artes tradicionales, ahora rescata al cuerpo idealizado por las prácticas sociales. Fausto vende su alma al Diablo: hoy lo que se vende, y no al diablo sino al mito y la leyenda, es el cuerpo. El arte del cuerpo lo recuerda.
«Mi trabajo se centra en las heridas causadas en una edad temprana y esa especie de negociación que mantenemos a lo largo del tiempo entre nosotros y el dolor», señaló Zorreguieta. En sus propuestas, la lucha cotidiana adquiere un tono obsesivo, de pesadilla, que sugiere una amenaza permanente. El discurso está ligado a los terrores latentes del hombre contemporáneo, acerca de su integridad frente al entorno.
Algunas de sus obras como «A través de la herida», «El cuerpo herido», o «La mujer-saco» están recorridas por la violencia centrada en las heridas más profundas y primarias. En sus instalaciones autorreferenciales materializa angustias: «El fondo del corazón parece a veces nada más que una herida sin curar. Quizás nuestra vida no sea otra cosa que un duelo solitario entre nosotros y esa herida persistente», dice la artista.


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