17 de agosto 2012 - 00:00

El Colón ovacionó inolvidables noches con Zubin Mehta

Coincidiendo con el 60 aniversario del Mozarteum Argentino, Zubin Mehta celebró los 50 años de su debut en Buenos Aires con dos excelentes conciertos al frente de la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino.
Coincidiendo con el 60 aniversario del Mozarteum Argentino, Zubin Mehta celebró los 50 años de su debut en Buenos Aires con dos excelentes conciertos al frente de la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino.
Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Di.: Zubin Mehta Obras de L. van Beethoven, A Ginastera y A. Dvorak. (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 15 de agosto).

Coincidiendo con los 60 años de vida del Mozarteum Argentino, el gran director indio Zubin Mehta celebró el cincuentenario de su debut en Buenos Aires (en aquella oportunidad junto a la Sinfónica de Montreal) con dos conciertos en el Teatro Colón para dicha institución, que se complementarán con el concierto organizado por el Gobierno de la Ciudad esta tarde en la Usina del Arte.

A los 76, Mehta mantiene intacto su carisma tanto para con el público como con sus músicos, con quienes exhibe un nivel de comunicación superlativo. Su «rapport» con la Orquesta de Maggio Musicale Fiorentino, una de las agrupaciones más célebres de Italia de la que es Director Honorario Vitalicio, y su magistral manejo de la energía hacen que no necesite invertir una gestualidad agitada y nerviosa, sino que con indicaciones mínimas sea capaz de dar vida plena e inequívoca a sus ideas.

El programa del segundo de estos conciertos estuvo compuesto por obras de estéticas bien distintas, pero cada una con sus desafíos propios, comenzando por la «Sinfonía en fa mayor» número 8 de Beethoven vertida por Mehta con intenso sentido de la unidad (una cualidad presente a lo largo de todo el concierto) al frente de una orquesta impecable, con excepción de una deslucida actuación de los cornos.

Las «Variaciones concertantes» opus 23 de Alberto Ginastera, de una belleza misteriosa y sensual dentro de su meditada estructura, dieron posibilidad de lucimiento a varios solistas del MMF, en especial las maderas, el cello que brindó una sentida exposición junto al arpa, el contrabajo a cargo de la «reprise» y con menor fortuna el violín y la viola, salvedad hecha de que la variación correspondiente a este último instrumento es de una dificultad casi diabólica. Una vez más la apabullante inteligencia musical de Mehta se hizo presente en la creación y mutación constante de atmósferas.

Fue lógicamente en la novena sinfonía de Antonin Dvorak, llamada «Del nuevo mundo», donde la orquesta pudo exhibir una suntuosidad extraordinaria de sonido y la eficacia de todas sus secciones, y donde la mencionada concepción global del director se vio reforzada aquí por ser una característica estructural de la obra.

Tras lograr toda una hazaña, es decir que sólo muy pocos abonados a platea del Mozarteum abandonaran su puesto al sonar la última nota programada, Mehta y su fabulosa orquesta regalaron tres bises, cada uno con su conexión: el primero, otra célebre página de Dvorak, la «Danza eslava número 8»; el segundo, un homenaje a Buenos Aires en un bello arreglo de «Por una cabeza», y finalmente un tributo a Italia con una inolvidable versión de la obertura de «I vespri siciliani» de Giuseppe Verdi, agradecidos por el público con una ovación no menos inolvidable.

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