6 de septiembre 2012 - 00:00

“El flamenco es un ghetto, y cuesta ser aceptado allí”

Adrián Galia vivió hasta los 4 años en la Argentina, y en Madrid llegó a dirigir el ballet de Antonio Gades, que maneja su fundación.
Adrián Galia vivió hasta los 4 años en la Argentina, y en Madrid llegó a dirigir el ballet de Antonio Gades, que maneja su fundación.
Nacido en 1965 en González Catán, Adrián Galia vivió en la Argentina hasta los 4 años. Hijo de padres bailarines -«papá más ligado a lo que se conocía como el típico tópico español; mi madre, más cercana al flamenco», dice-, viajó con ellos a Venezuela. A los 13 volvió a mudarse, esta vez a Madrid, ciudad que terminó siendo la suya. Heredero del baile popular de los padres y simultáneamente formado en el ballet clásico, cuando tenía 17 dio una prueba para ingresar a la flamante compañía de Antonio Gades, que había tenido que abandonar la dirección del Ballet Nacional por problemas políticos en tiempos aún franquistas. Aprobó ese «casting» pero no pudo incorporarse porque no tenía todavía la nacionalidad española.

Pasó el tiempo. Hizo su carrera. Recorrió mundo. Trabajó inclusive durante un tiempo con una ex Gades como Cristina Hoyos, y fue convocado para conducir aquella herencia del gran bailarín a través del cuerpo de baile que maneja una fundación que lleva su nombre. «Esa fue una experiencia maravillosa» -dice a este diario- «porque tuve que descomponerme. No se trataba de dirigir cualquier cosa sino nada menos que el ballet de Antonio Gades, que fue uno de los mayores representantes de la evolución en el flamenco. Él no era un bailarín; era un actor que danzaba. Fue un artista enorme, polivalente, versátil. De modo que para respetarlo, tuve que despojarme de todo, tomar lo que él había dejado -coreografías, enseñanzas- y desde allí hacer lo mío pero sin olvidar nunca del lugar en que estaba. Estuve allí hasta hace tres años. Es una de las cosas muy importantes que me ha tocado hacer».

Llamado, en verdad, Adrián Caniglia -un apellido italiano que no le era muy cómodo en sus comienzos como bailarín español-, por decisión artística decidió transformarse en Galia. Hacía 15 años que no regresaba a la Argentina. Con una importante historia sobre sus espaldas debutará finalmente aquí en un espectáculo que lo tiene como figura central, que ha bautizado «En clave flamenca» y que comparte con la bailaora española Loli Sabariego y los cantaores y músicos argentinos Héctor Romero, Jerónimo Amador, Eugenio Romero, Ramiro Rey y Juan Pablo Di Leone. Debutan hoy y continuarán los jueves de septiembre en El Picadero.

Periodista: En el tango suele hablarse de una variante de escenario bien distinta del estilo de salón. ¿Puede también hacerse esa diferencia en el flamenco?

Adrián Galia: Claro que sí. El flamenco, a nivel popular, requiere mínimamente de la trilogía que componen la guitarra, un cantor y un bailaor; si está eso, es suficiente. Cuando vamos al escenario, todo lo que se ha ido agregando tiene que ver con el espectáculo, que lleva sus propias reglas. Y esto ha sido siempre así, porque no es lo mismo actuar de frente al público que hacerlo en una casa o en una reunión familiar. Por otra parte, nosotros tenemos la fortuna de contar con lo que nos han ido legando nuestros mayores. Antes hablábamos de Gades, pero qué sería de todos nosotros sin la ópera flamenca de los años 40 y 50, sin Camarón de la Isla, sin Paco de Lucía, sin Caracol, sin el Niño Ricardo o, más modernamente, sin Enrique Morente que se nos ha ido un poco prematuramente; y sin muchos otros más, claro. Ellos han ido haciendo sus aportes para que el género se difundiera internacionalmente, para que los jóvenes se acercaran; con la gran virtud de no perder jamás de vista el lugar del que venían.

P.: ¿Son aceptadas sin problemas las renovaciones de estos u otros artistas en el contexto del flamenco? ¿O de presencias como la suya, que ha nacido en Argentina?

A.G.: Para empezar hay que decir que el flamenco es un ghetto. Cuando quieres ingresar a ese círculo, te miran de arriba abajo. Pero siempre se recuerda también el caso del gran Silverio Franconetti. Él había nacido en Sevilla en los años 30 del siglo XIX pero viajó a América y vivió mucho tiempo en Buenos Aires y Montevideo. Al volver, lo miraron con recelo pero terminó siendo uno de los mayores intérpretes de seguiriyas. Concretamente, no es sencillo hacerse un lugar siendo extranjero, pero si uno trabaja a conciencia, con respeto, aprendiendo del pasado, aplicando su propio estilo pero sin romper con la tradición, termina siendo aceptado.

Entrevista de Ricardo Salton

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