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El liderazgo de la operación, un híbrido peligroso
Según informaciones próximas a la OTAN que circulaban ayer en Bruselas, los aliados están cerca de concretar una curiosa amalgama: se trata de intentar que el mundo árabe no deje de prestar su apoyo a la operación militar contra el régimen del líder libio Muamar Gadafi, un oxígeno fundamental para que las ofensivas sigan adelante.
El objetivo de esta simbiosis de nuevo cuño es que el mando militar no esté en manos de la OTAN sino en los despachos de los líderes de Europa, a excepción de Alemania, que no desea ni siquiera participar en el embargo naval de armas contra Libia decidido el martes.
El secretario general de la Alianza Atlántica, Anders Fogh Rasmussen, sabía muy bien que la participación de la OTAN en la operación en Libia equivaldría a moverse en arenas muy movedizas. Por eso mismo -hace ya diez días- dejó en claro que habría varias condiciones a la participación: que su presencia fuera necesaria -y comprobable-, por ejemplo, para establecer la «zona de exclusión aérea», y que existiera el respaldo expreso de Naciones Unidas, de la Liga Arabe y de la Unión Africana.
Turquía, el único socio con población de mayoría musulmana de la OTAN, ya ha advertido que el mando no debería estar, bajo ningún concepto, en el cuartel general de la Alianza Atlántica en Bruselas. Ankara no desea ni siquiera que los «bombardeos selectivos» sigan adelante.
No obstante, la alianza sigue sin dar un paso claro al frente de la operación en Libia, cada vez más próxima a un escenario puramente bélico, con el riesgo de atizar una guerra civil en el país.
Es una muestra tangible de que a la «coalición de los voluntarios», liderada por el presidente francés, Nicolas Sarkozy, con el apoyo decisivo de su homólogo estadounidense, Barack Obama, y del premier británico, David Cameron, comienzan a salirle grietas por todos los costados.
Según explicaba el secretario general de la Liga Arabe, Amro Musa, nadie desea en ese ámbito que sea un general de la OTAN, o la alianza como bloque, el que tenga un papel preponderante «de comando» en la operación.
Ayer mismo el ministro francés de Relaciones Exteriores, Alain Juppé, reiteraba en París las informaciones que circularon desde el martes acerca de que existe un acuerdo tácito entre Washington, Londres y París, con el consentimiento del resto de los aliados de la coalición, para que la OTAN tenga «un mero papel operativo y no político».
Según esta definición, el músculo de la operación -el «instrumento»- serían las armas manejadas por artilleros, pilotos o fusileros navales de la Alianza Atlántica, pero las decisiones de activar cañones, desplazar fragatas o lanzar los misiles Tomahawks estará en manos de -básicamente- tres líderes mundiales: Sarkozy, Obama y Cameron.
La pregunta sería: ¿podrá el mundo árabe establecer que las eventuales víctimas civiles debidas a posibles errores de cálculo en las trayectorias de los cohetes no son «de la OTAN» sino «de la parte política, de los aliados»?
«La OTAN intervendrá como herramienta operativa», afirmó Juppé. «La dirección política de la operación internacional para establecer la zona de exclusión aérea sobre Libia no estará en manos de la alianza», subrayó, en referencia a la Resolución 1.973 de Naciones Unidas, que pretende dar protección a la población civil libia de los ataques de Gadafi.
El hecho es que desde el pasado sábado, cuando arrancó la operación internacional, los aliados se pasan la pelota unos a otros. Primero hubo acuerdo para que Francia lanzara las primeras oleadas de ataques con sus aviones Rafale, se le sumó Londres y más tarde Washington, con sus cohetes guiados por GPS, pero ahora casi todos los implicados en esta operación parecen querer distanciarse para que la «guerra» sea lo más aséptica y «quirúrgica» posible. Nadie quiere ataúdes de sus pilotos derribados en Libia, especialmente Obama.
Agencia DPA


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