El siempre atractivo tema del “sosías”

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«Todos tenemos un plan» (Arg.-Esp.-RFA, 2012, habl. en esp.); Guión y dir.: A. Piterbag; Int.: V. Mortensen, S.G. Castiglione, D. Fanego, S. Villamil, J. Godino, O. Alegre, S. Boris.

He aquí un asunto antiguo pero siempre atractivo, desde «Principe y mendigo», y aún antes: la tentadora sustitución de identidad con alguien similar a uno, para empezar una nueva vida, o conocer una distinta, aunque sea por un rato. Quienes gustan seguir historias inquietantes saben qué lindos malestares provoca, de curiosidad, de confrontación, de miedo a que el personaje sea desenmascarado o se meta en un berenjenal tratando de sostener su mentira.

En el episodio argentino de «Maleficio», Narciso Ibáñez Menta, abogado, sabe que su mujer quiere envenenarlo, encuentra un sosías, y lo convence de disfrutar su vida por una noche. Claro, la mujer se confunde y encima termina presa. Ahora, a gozar sin temores. Pero el muerto había sido un asesino, y la policía también puede confundirse.

El personaje de esta nueva película también tiene un sosías. Lo conoce desde que nació, lo sufrió, envidió, y amó desde niño. Ahora hace años que no lo ve. Es su hermano gemelo. El que no estudió, ni hizo carrera, ni fue un hijo obediente y agradecido, ni siquiera se hizo presente ante la enfermedad y muerte de sus padres. ¿Es que le resultaban indiferentes, o los quería tanto que no tuvo valor para verlos en su agonía? Tal vez. Uno puede ser fuerte en unas cosas y débil en otras. El es fuerte, y medio salvaje, en las islas donde se crió y que no quiso abandonar.

Ahora el hermano, el que estudió, es médico, y se ocupó de los padres, se siente cansado y débil ante la obligación de seguir adelante y concretar una familia con la mujer que lo acompaña. La inesperada reaparición del otro con una enfermedad avanzada puede darle un desquite, una ocasión de cambio, de probarse y llenar ciertos huecos que hay en su vida. Libre, volverá al territorio de la infancia con otro carácter. Pero hay un pequeño detalle: el hermano había participado en varios crímenes. La policía y los deudos ya lo tenían marcado.

Tal es el planteo de la historia, donde Viggo Mortensen hace dos personajes cuidadosamente distintos, Soledad Villamil desarrolla con él unas pocas pero buenas escenas, memorable la última, Daniel Fanego es el jefe criminal fascinado con las condenas bíblicas y el dominio del prójimo, y Sofía Gala una muchacha simple y afectuosa, obligada a obedecer e impulsada a querer. ¿Pero qué pasará cuando advierta quién es realmente el hombre que ha empezado a amar? ¿Y cuando lo advierta el jefe?

«El malevaje extrañao me mira sin comprender», se oye a Gardel en un momento clave. A esa altura, el ex médico está empezando a entender los sentimientos de su hermano. También entiende que está en peligro. Buena película, cuyo libreto puede sufrir objeciones menores, pero se luce con los intérpretes, la música que va tensando el relato, la fotografía y la ambientación en el Delta más profundo, la producción que supo reunir tantos buenos elementos, y la mano de la directora Ana Piterbag, debutante pero con experiencia para el caso como asistente de Adrián Caetano y Fernando Spiner. Se abre una nueva esperanza para nuestro cine (y se agradece la participación en ella de Viggo Mortensen como protagonista y productor asociado).

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