2 de noviembre 2009 - 00:00

El teatro, tras la huella de un polaco noble y legendario

Blanco: «Gombrowicz fue un escritor muy corrosivo, con un gran manejo de la paradoja y el absurdo y un gran conocimiento del lenguaje. Hasta creó neologismos en español».
Blanco: «Gombrowicz fue un escritor muy corrosivo, con un gran manejo de la paradoja y el absurdo y un gran conocimiento del lenguaje. Hasta creó neologismos en español».
Durante las dos décadas que vivió en Buenos Aires (antes de radicarse en Francia donde falleció en 1969), el escritor y dramaturgo polaco Witold Gombrowicz («Yvonne, princesa de Borgoña», «La boda») congregó a un séquito de fieles admiradores y discípulos (como se vio en el film «Witoldo», de Alberto Fisherman), mientras que el mundillo literario de la época, encabezado por Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, nunca se entendió con él.

«El conde» -tal como se hacía llamar Gombrowicz en irónica alusión a su pasado aristocrático- fue un personaje cautivador que hacía gala de una gran inteligencia y cultura. Aunque también podía resultar muy irritante debido a su espíritu rebelde e individualista, a su exagerado narcisismo y a su profundo desprecio por los valores instituidos. «Era muy crítico de la Argentina, pero también sentía una gran fascinación. Decía que era un país joven e inmaduro, una pasta que no llega a ser pastel...», señala el director Adrián Blanco, quien acaba de estrenar en la Sala Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes una nueva versión teatral de la novela «Trans-Atlántico» (publicada en 1953). La pieza se exhibe de jueves a sábados a las 21.30 y los domingos a las 21.

«En Trans-Atlántico aparece ese mundillo literario con el que Gombrowicz nunca se llevó y él aprovecha para ridiculizarlo», sigue explicando Blanco. «Al círculo de Victoria Ocampo le pega mucho palo porque ellos lo trataban de polacucho o decían que estaba loco. Después terminó armando su propio grupo de seguidores. Fue amigo del poeta Carlos Mastronardi y cuando se reeditó en la Argentina su novela Ferdydurke, Ernesto Sábato se ocupó del prólogo.»

Periodista: ¿Cuánto de autobiográfico hay en Trans-Atlántico?

Adrián Blanco: Hay mucho. Para empezar, Gombrowicz se incluye como personaje, usa su verdadero apellido y parte de un hecho real, su arribo a Buenos Aires en el año 39 poco antes de que estalle la guerra. Él llega con un grupo de intelectuales y luego entabla una conflictiva relación con los emigrados polacos que encontró aquí, en donde permanecerá hasta mediados de los 60. Luego su narración se va haciendo cada vez más fantástica por eso incluí algunos fragmentos de «Diario Argentino» en los que Gombrowicz aborda los mismos temas de siempre con un enfoque más personal y, si se quiere, más realista.

P.: ¿Podría enumerar algunos de estos temas?

A.B.: La búsqueda de la juventud propia y ajena; la dualidad Polonia-Argentina; la crítica a la sociedad y cultura polacas además de su abierto desprecio hacia toda forma de nacionalismo, pese a sentirse profundamente polaco. Algunos lo tildaban de egoísta porque siempre hablaba desde el yo, sin preocuparse del consenso colectivo. Por eso los lacanianos son fanáticos de su obra y lo citan todo el tiempo. A mí el texto de «Opereta», una obra muy poco conocida de él que estrené en 2004 para el centenario su nacimiento, me lo alcanzó Germán García.

P.: Gombrowicz definió a la Argentina como «un país ganadero que no aprecia la literatura».

A.B.: Sí, y acusó a los intelectuales argentinos de escribir como europeos. Eso también está en la obra. Hay una escena durante un cóctel de escritores en la que se enfrentan dos grupos: los que quieren reivindicar al indio, al gaucho y la cultura nativa y otros que sólo valoran lo europeo. Gombrowicz ridiculiza la impostura de esta gente culta poniendo a unos y otros a compararse los calcetines. Fue un escritor muy corrosivo, con un gran manejo de la paradoja y el absurdo y un gran conocimiento del lenguaje. Inclusivr creó neologismos, como «burolencia», mezcla de burocracia y violencia. Fue, sin duda, uno de los escritores más vanguardistas del siglo XX.

P.: En su «Diario Argentino» hace alusión a una supuesta homosexualidad. Por ejemplo, cuando describe sus vagabundeos por los bajos fondos de Retiro y la Avenida Leandro N Alem y evoca «la belleza y degradación» de los jóvenes que circulaban por la zona.

A.B.: Eso tiene que ver con su búsqueda de la juventud y la inmadurez. Él dice que jamás fue homosexual, salvo por «algunas experiencias esporádicas» en su temprana juventud. No eran aventuras eróticas lo que buscaba en Retiro, sino algo que le devolviera su propia juventud. Él lo pasó muy mal en la Argentina. Era un expatriado en bancarrota, su mundo se había derrumbado y pasó mucha miseria hasta que entró a trabajar en la sucursal del Banco Polaco para poder vivir mientras escribía «Trans-Atlántico». Yo hablé del tema con sus amigos y con Rita, su viuda, que muy generosamente me cedió los derechos de la obra sin cobrarme. Pero nadie sabe nada de su supuesta homosexualidad y tampoco le dan importancia.

P.: ¿Le hubiera gustado conocer a Gombrowicz? Dicen que tenía un carácter muy difícil...

A.B.: Depende con quién. A los pitucos ortodoxos seguro que les saltaba a la yugular, pero con la barra de jóvenes que congregaba en el café Rex, de la calle Corrientes, pasaba horas hablando de filosofía o jugando al ajedrez. Yo leí casi toda su obra, sólo me faltan dos o tres cosas que no están editadas en castellano o no están acá en la Argentina y siento que conozco muy fondo su imaginario con el que tengo muy buena empatía. Algunos antiguos discípulos del escritor ya vinieron a ver la obra y me dieron su aprobación.

Entrevista de Patricia Espinosa

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