Hace ya tiempo que el cirujano Fredrik Welin, tras jubilarse, se encerró en la casa de la isla que heredó de sus abuelos en el mar Báltico. A los 69 años, la apatía le permite sobrellevar la soledad. Una apatía no exenta de remordimientos por errores del pasado, sobre todo un error profesional que lo hizo dejar la medicina. Una noche despierta cuando un incendio arrasa con su casa. Alcanza a cubrirse y ponerse unas botas de lluvia, pero las dos del pie izquierdo. Tiene para protegerse la casa rodante que abandonó su hija Louise, esa hija que no sabía que había tenido con una novia que hace más de treinta años atrás. El incendio provoca sospechas. La policía lo investiga. Y más aún cuando surgen otros incendios en otras islas y se piensa que un pirómano anda suelto. Louise, esa hija treintañera que desconoce por completo, precisa su ayuda. Embarazada de un árabe que fue su pareja, está en la cárcel por carterista. Lisa, una periodista cuarentona, busca aclarar los incendios, y Frederik ve surgir la atracción, el amor, por más que ella no lo deje pasar más allá de la amistad. "Botas de lluvia suecas" (continuación de "Zapatos italianos", pero que vale por sí misma) es una novela profunda, conmovedora, lírica y cálida. El maravilloso retrato de alguien que en el fin de su vida visita su pasado y revisa su destino. Fue publicada por el genial Mankell seis meses antes de su muerte en 2015, y se corresponde con su ensayo "Arenas movedizas", donde habla de su cáncer terminal. Hay suspenso, intriga, humor y emociones. Tiene la pericia narrativa de quien renovó y puso en auge la novela negra con su inspector Wallander e hizo de la novela policial nórdica bestseller internacional. Es la confesión, el testamento de un gran escritor, de un humanista desencantado que propone vivir con entusiasmo y enfrentar sin temor a la gran oscuridad final.
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