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El trágico destino de un buscavidas
Javier Bardem cumple una buena actuación en «Biutiful», donde el director de «Amores perros» y «Babel» se toma más tiempo del necesario para desarrollar temas fuertes.
Int.: J. Bardem, M. Alvarez, D. Daff, E. Fernández, H.T. Cheng, H. Bouchaib, G. Estrella.
Quizás el espectador se sienta agobiado ante esta obra fuerte, dolorosa, extensa. Y a cierta altura quiera que se termine. Para su consuelo, diremos que termina con las mismas escenas del comienzo, así que ahí, apenas reaparezcan, ya sabrá que viene el final y habrá de reanimarse. El problema es que al mismo tiempo sentirá que algo le quedó afuera. Días después le caerá la ficha. Porque la obra no solo es fuerte, dolorosa y larga, sino también plena de lecturas, iluminadora, y con unos trabajos impresionantes.
El tema es universal. Es el camino de un buscavidas al encuentro de la muerte, mientras recuerda a su padre, cuida de los suyos como puede, sufre en silencio y sigue la lucha por la vida. Porque tiene una enfermedad mortal, pero también tiene que seguir poniendo el pan en la mesa, y dejarle a sus hijos alguien que los cuide y aunque sea unos meses de alquiler pago. También debe cuidar de su ex mujer, que intentando amoldarse a todos se volvió maníaco depresiva, a veces un alegre cascabel, a veces una cascabel irresponsable apenas algo se le complica. Se quieren, todos se quieren. Pero quererse es un trabajo para el que a veces uno llega a casa sin fuerzas. Encima el mundo exterior exige demasiado.
En este caso, nuestro personaje se maneja dentro de eso que amablemente llamaríamos economía informal. Negocia con chinos, senegaleses, policías y contratistas corruptos. Cada uno de ellos tiene sus razones, sus excusas, vive su drama y da para una película. Acá solo nos enteramos de paso, como uno se entera de las cosas del vecino recién cuando llegan los de la ambulancia o el noticiero.
Vidente
Paralelo a ello, tiene algunas dotes de vidente. Lo llaman para hablar con los muertos en el cajón, y ayudarlos a irse en paz. Así también quisiera irse, en paz, y encontrarse con su padre y quizá con sus 25 víctimas, o más, pero la lucha cotidiana apenas le da tiempo. ¿Qué es todo esto? Una representación de la nueva sociedad pluricultural, precaria, potente, que acepta como norma la truchada y el «biutiful, así como suena», como enseña cariñosamente el padre a su hija. Pero más aún, representación del hombre que si se siente deprimido lo pasan por encima, y del sentimiento de muerte que acompaña toda existencia, y del amor, que por todo se esfuerza. Y de la música interior que apenas escuchamos.
Al respecto, el director González Iñárritu dice que percibió cuál iba a ser el asunto y el tono interior de su obra escuchando el adagio del Concierto para piano en Sol, de Ravel. Y así lo hizo: un adagio suave, triste, intenso, golpeado por el ruido de puertas que se cierran con violencia, canciones estridentes a todo volumen, sirenas de razzias en pleno centro. La vida cotidiana, y el tema universal.
En resumen, una obra valiosa, de temas fuertes, imágenes incómodas ocasionalmente poéticas (una poesía también incómoda, por ejemplo cuando el hombre acaricia el rostro de su padre momificado), con un trabajo sonoro igual de fuerte, algún exceso de duración, que después se olvida, unos personajes vivos, creíbles, y unas actuaciones admirables, empezando por Javier Bardem, que no «hace de», sino que literalmente se convierte en su personaje, «es» ese tipo que ahí vemos en la lucha cotidiana. Maestro, porque ya es un maestro, no cualquiera lo logra. A su lado irrumpe la argentina Maricel Álvarez, energía, entrega y presencia desde la primera aparición hasta la última, y eso que ahí el personaje está como dopado. Muy buena actriz, habrá que seguirla.


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