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El vampiro respetuoso y su novia desesperada
A diferencia de las antiguas heroínas que sucumbían a los colmillos, a Bella le tocó una generación sensible a los derechos de los no-vampiros.
Aunque el color favorito de los vampiros es el rojo sangre, «Luna nueva» apenas es una novelita rosa. Sería un error considerarla un film de terror, pero probablemente su principal problema consiste en que su tono general resulta tenue e ingenuo incluso para los standars de cualquier telenovela sobre tortuosos romances juveniles.
La película anterior, «Crepúsculo», no ofrecía muchos momentos de auténtico horror, pero sí funcionaba correctamente en describir el conflicto de una chica algo introvertida que debía asumir que el chico que le gustaba en realidad era un vampiro. Esta segunda parte de la saga creada por Stephenie Meyer ya parte de la base que la protagonista -y el público- deben aceptar la convivencia con los no muertos, que aun siendo tímidos descendientes del conde Dracula de vez en cuando se dejan llevar por sus colmillos, especialmente cuando ven una gotita de sangre.
Eso es justamente lo que ocurre al principio del film, en la fiesta de cumpleaños de la pobre y sufrida Bella (Kristen Stewart), que se corta un dedo abriendo un regalito y casi es mordida por uno de los vampiros de la familia de su apuesto y pálido novio Robert Pattinson. Pero a esta triste niña nunca nadie le clava los colmillos, y encima, por su propia protección, el novio que se niega a hacerla nada de nada, la abandona con una frase tan original como «somos de mundos diferentes».
Con el corazón roto, nuestra heroína se refugia en la amistad de un antiguo amigo, fornido joven de sangre india (Taylor Lautner, que debe llevar adelante algunos de los diálogos y situaciones más ridículas que se pueda imaginar), buen chico que le arregla una moto pero que tampoco puede atenderla debidamente, ya que en realidad es un hombre lobo. En síntesis, los galanes de Bella quizá sean unos monstruos muy bien parecidos, pero a la hora de concretar son más lentos que un zombie.
Como aporte a la mitología fantástica, los vampiros light y políticamente correctos de esta saga tal vez no sean del gusto de los fans de Christopher Lee, pero al menos mantienen una coherencia respetable, algo que no sucede con estos licántropos tan buena onda como para dominar sus instintos animales aun cuando un archienemegio vampiro les quita su chica en sus narices.
Como novela rosa, la pelicula a veces resulta divertida en un plan kitsch, especialmente cuando la acumulación de clichés lanzados con total solemnidad derivan en explosiones de bienvenido humor involuntario. Como relato fantástico, el asunto cobra vuelo cuando la autora copia a la muy superior Anne Rice, describiendo sórdidos detalles de una sociedad secreta vampírica italiana (que incluye una excelente actuación villanesca de Michael Sheen). El director Chris Weitz, que hizo un trabajo mucho mejor en «La brújula dorada», se las arregla para mantener el interés desde lo estético, y le saca provecho a cada momento de acción propuesto por el guión, por ejemplo el brillante duelo entre un lobizón y una vampira malvada que funciona casi como un clip aparte dentro de una película muy poco sanguínea.


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