12 de octubre 2011 - 00:00

“Eli & Max”: mucho más que la historia de dos inmigrantes

Regina Lamm cuenta que, tras superar innumerables obstáculos, cuando sus padres «mandaron las invitaciones de casamiento, Alemania invadió Noruega, o sea que ella estaba a punto de casarse con el enemigo y la echaron de la colectividad».
Regina Lamm cuenta que, tras superar innumerables obstáculos, cuando sus padres «mandaron las invitaciones de casamiento, Alemania invadió Noruega, o sea que ella estaba a punto de casarse con el enemigo y la echaron de la colectividad».
Hija de un prestigioso médico alemán y de madre noruega, la actriz Regina Lamm siempre estuvo muy ligada a sus orígenes. En teatro interpretó a Marlene Dietrich en la obra «Marlene» de Pam Gems, dirigida por Kado Kostzer, y recreó el horror de la Alemania nazi en «Todos los judíos fuera de Europa», del rosarino Leonel Giacometto, bajo la dirección de Alejandro Ullúa. Esta vez vuelve al escenario con un espectáculo musical -con libro propio y de Florencia Bendersky, también a cargo de la dirección- que evoca la historia de amor que vivieron sus padres en Buenos Aires.

Ambos inmigrantes se cruzaron por primera vez, en 1938, en una sala del Hospital Alemán. Pese a desconocer el idioma del otro, los dos sufrieron un flechazo, pero antes de poder unir sus vidas debieron enfrentar toda clase de obstáculos. «Eli & Max, Norge; Liebe; Tango» está basado en las cartas que intercambiaron Max Enzweiler y Eli Larssen, durante el año y medio que estuvieron separados, durante la Segunda Guerra Mundial.

La obra, que subió a escena este fin de semana, cuenta con el subsidio de la Embajada de Noruega y el auspicio de la Embajada de Alemania, en el Teatro El Cubo. Lamm comparte protagónico con el actor, cantante y director Sergio Grimblat, bajo cuyas órdenes trabajó en «Las amargas lágrimas de Petra Von Kant». Completan el elenco Juan Pablo Cappellotti, en el papel de marinero, y un cuarteto de músicos integrado por Cristóbal Barcesat (piano), Joaquín Angiolini (bandoneón), Diego Velázquez (violín) y Germán Sánchez (contrabajo).

Periodista: ¿Cómo llegó su padre a la Argentina?

Regina Lamm: Fue mi abuelo quien lo envió. Ya que para poder trabajar en un hospital de Alemania, mi padre tenía que inscribirse en el partido nazi, pero como mi abuelo era un hombre muy influyente, le dijo: «mejor te vas por un tiempo hasta que pase esta locura», y esa decisión le salvó la vida a su único hijo. Por esas ironías de la vida, papá tuvo que volver a estudiar medicina en La Plata. Cuando Perón le declaró la guerra a Alemania, cinco minutos antes de que terminara, mi padre fue considerado del bando enemigo y le negaron la reválida.

P.: ¿Por qué lo enviaron a Buenos Aires?

R.L.: Porque mi abuelo ya había estado trabajando aquí para la Siemens como ingeniero. Era la mano derecha de Peter Von Siemens, que dirigió la constructora que en 1936 levantó el obelisco y que también intervino en la construcción de la antigua Facultad de Medicina y parte de los subterráneos. Viajaban por el mundo en dirigible.

P.: Los diarios de la época llegaron a pedir la demolición del obelisco por considerarlo un «armatoste sin sentido».

R.L.: El que lo diseñó fue el arquitecto tucumano Alberto Prebisch. Mi abuelo sólo se ocupó de construirlo.

P.: Sigamos con la historia de sus padres.

R.L.: Mi padre pensaba quedarse dos años. Para él era toda una experiencia visitar «los trópicos», como se decía. Justamente incluimos un antiguo tango alemán, «Unter den Pinien von Argentinien», que habla de las piñas de la Argentina y de bananas, cactus y cipreses. El período que evocamos va del año 1938 a 1942 más o menos. Hacemos tangos en francés, en italiano y yo canto en alemán, el «Tango Notturno» de Pola Negri. Terminamos con un tango de Hugo del Carril. Todo está muy ligado a la historia que se cuenta. Cantamos «Jalousie», un tango danés de 1925 que se hizo muy conocido en inglés, para hacer referencia a los celos de Max, cuando descubrió -por una foto que Eli le envió desde Noruega- que ella ha dejado de usar el anillo de compromiso.

P.: ¿Qué circuito hizo su madre?

R.L.: Mi madre había llegado a Buenos Aires detrás de un noviecito. Pero ella nunca habló del tema. Aquí se alojó en la iglesia luterana para marineros de la comunidad noruega. Lamentablemente ya no existe ese edificio de la Avenida Huergo, se lo tragó la Autopista 25 de mayo. Como los noruegos nunca protestan por nada... lo demolieron. El pastor de esa iglesia había enfermado y mi madre lo fue a visitar al Hospital Alemán donde conoció a mi padre. A los tres meses se comprometieron, pero ella quiso volver a Noruega para visitar a su familia. Después dudó en volver, pero mi padre la convenció con sus cartas kilométricas. Ella, entonces, decidió volver en el «Cap Arcona», un transatlántico de lujo como el Titanic, que hacía la línea Hamburgo-Sudamérica. Pero en ese momento estalló la guerra. Así que tuvo que volver a Oslo y esperar año y medio hasta conseguir otro barco que la trajese a la Argentina. Finalmente pudo viajar afrontando serios peligros y amenazas de bombardeos en toda la ruta.

P.: Y fueron felices...

R.L.: No. El día que mandaron las invitaciones de casamiento, Alemania invadió Noruega, o sea que ella estaba a punto de casarse con el enemigo. El nuevo pastor luterano le advirtió: «Si te casas con ese alemán, la sangre de tus hermanos va a correr sobre ti», y la echaron de la colectividad noruega. Se separó de su novio por un tiempo y esto dio pie a un intercambio de cartas desgarradoras.

P.: No me cuente más...

R.L.: Sí. Mejor venga a ver la obra, tiene mucha magia y no es para nada lineal. Pero déjeme decirle que Eli y Max fueron un matrimonio muy feliz y él fue condecorado, en 1986, por el gobierno alemán por su labor como médico peritajista. Se encargó durante varias décadas de testear los daños físicos y psicológicos sufridos por los judíos y otros perseguidos por el régimen nazi. Esto no está en la obra, se lo cuento a usted. Cada peritaje tiene un informe de 40 páginas. Son miles de folios que todavía tengo guardados y que algún día me gustaría donar a una institución que los preserve como patrimonio de la humanidad.

Entrevista de Patricia Espinosa

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