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“Escribí esta novela muy influida por el realismo mágico”
Falconer: “Soy consciente de que quería hacer un libro que no sólo contara una historia, sino que también reflexionara sobre cómo contamos historias”.
Fue el Premio Nobel J. M. Coetzee quien invitó a la Feria del Libro a Delia Falconer para difundir los valores de su obra. Escritora, ensayista, crítica, profesora de Escritura Creativa en la Universidad Tecnológica de Sídney, dialogamos con ella sobre "Al servicio de las nubes", sus otras obras y la relación entre países del sur del mundo.
Periodista: ¿Ve alguna relación entre la literatura australiana y la argentina, en la medida en que ambas son del hemisferio sur y están forjadas y marcadas por la inmigración?
Delia Falconer: Hay dos etapas en la formación de nuestra literatura. La primera tiene que ver con la colonización europea, con los lugares de asentamiento, con las colonias penales inglesas, la fiebre del oro, la relación con los aborígenes, y la búsqueda de una identidad propia. Esa etapa está marcada por la conquista de territorios lejanos, con la belleza o dureza del paisaje, con la rudeza de quienes se arraigaban. Hay en esos aventureros que se lanzaban a los campos algo de los gauchos argentinos y de los cowboys del Far West estadounidense. La segunda etapa de nuestras Letras es de un desarrollo abierto, multicultural. Un caso importante en ese proceso es el de Patrick White, el escritor australiano que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1973, porque pone en evidencia cómo se publicaba y se distribuía la literatura australiana. Debido a que a mediados del siglo pasado la industria editorial en nuestro país era muy pequeña, Patrick White publica sus libros en editoriales de Inglaterra y Estados Unidos. Eso hizo que fuera famoso antes en el hemisferio norte. Y el Premio Nobel sirvió para que se lo reconociera en su propia patria. Es en esos años del Nobel que la industria editorial se convierte en un sector muy fuerte. Eso impulsó la carrera de Letras en las universidades, y que el Gobierno en apoyo de la industria creara becas para escritores. Eso, a su vez, hizo que la literatura fuera más diversa, con más voces indígenas, de mujeres, de gays. A partir de ese momento ya no era necesario ser publicado en el exterior, ser conocido en Inglaterra o Estados Unidos, para tener prestigio en Australia; había un mercado interno. Hace veinte años Australia tenía el segundo puesto mundial, tras Nueva Zelanda, de compra y lectura de libros por habitante.
P.: Hay un punto en común entre Patrick White y su novela "Al servicio de las nubes", ambos señalan el atractivo de la zona turística de las Montañas Azules australianas.
D.F.: Patrick White vivió en su juventud, por problemas de salud, en las Montañas Azules por los poderes curativos del aire. Estuvo en un lugar muy alejado, en tanto que en mi novela cuento de un pueblo a cien kilómetros de Sídney que ya en 1907 era un destino turístico, de reposo y diversión, y acaso por eso provocador de los deseos más profundos de hombres y mujeres.
P.: ¿"Al servicio de las nubes" es una novela histórica, social, romántica?
D.F.: Un amigo historiador me dijo que era una historia cultural de las nubes. Me gustó mucho esa definición, más allá de que "Al servicio de las nubes" sea, entre otras cosas, una novela histórica, y una historia cultural de las Montañas Azules. P.: ¿Cómo llega a ese estilo poético con que narra guerra y paz, enfermedad y pasión?
D.F.: No busqué escribir una novela poética. Mi interés es encontrar la forma que se ajuste a la historia que voy a contar. Mi personaje está inspirado en Harry Phillips, "el fotógrafo de las Montañas Azules", nacido en 1873. Si bien mi personaje sigue los pasos de Harry Phillips no pretende ser un retrato del artista real ni una semblanza de su vida. Me fascinó lo romántico y old fashioned de sus fotos de nubes. Hay algo inquietante en tratar de detener en una imagen algo que cambia constantemente. Es una buena metáfora de la escritura, y del amor. Me fue muy difícil encontrar la voz del relato. Quería como protagonista a una mujer muy realista que se enamorara de ese fotógrafo y visionario romántico. Comencé pensando que Eureka Jones sería la mujer de la limpieza en un hotelito. Mirando diarios de los 20 años que recorre la novela, de 1907 a 1926, descubrí el lenguaje barroco de los periodistas y avisos de medicamentos de nombres sugestivos que venían de Estados Unidos. Placebos con cocaína, alcohol, o que servían para "calmar las irregularidades femeninas", es decir para provocar un aborto. Así es como la escéptica Eureka fue auxiliar de la farmacia del lugar y la narradora, la voz del pueblo.
P.: Usted invierte los roles convencionales de mujer romántica y hombre racionalista.
D.F.: No estoy de acuerdo con esas convenciones. Esa percepción es un absoluto error: las mujeres son más realistas que los hombres, y los hombres tienden al romanticismo. Aunque para poder ser románticos los hombres tienen que tener dinero y cierta libertad. Eso le dio a mi Harry cierto estilo. El verdadero Harry era muy religioso. Se hizo famoso por la foto "Nubes de guerra" en donde adivinó lo que iba a suceder en poco tiempo. Dijo que era un mensaje divino. Yo quería que el hombre fuera misterioso, sensible, idealista.
P.: ¿Así surge el hombre que buscaba fotografiar a Dios?
D.F.: Yo estaba muy influida por las novelas del realismo mágico. En la universidad todo el mundo leía la fascinante "Cien años de soledad", que sobre todo me interesa por su ambición, contar una historia de cien años en un solo lugar. El realismo mágico encuentra formas alegóricas para encapsular historias que no parecen tener conexión pero sirven para reflejar la historia social de un país. Yo quería dar un paso diferente en ese sentido y escribir sobre una persona que piensa que puede tomar una foto de la cara de Dios. Y escribir sobre fotografías y deseos, sexo y amor, y de lo peligroso que puede ser un soñador despierto, alguien que anda por las nubes.
P.: ¿"Al servicio de las nubes" es una novela posmoderna?
D.F.: No me lo han dicho, pero soy consciente de que quería hacer un libro que no sólo contara una historia sino que también reflexionara sobre cómo contamos historias.
P.: ¿Por qué a pesar del éxito de "Al servicio de las nubes" cambió rotundamente de estilo en su segunda novela, "The Lost Thoughts of Soldiers"?
D.F.: Soy de ese tipo de escritor que no le gusta repetirse, y quería forzarme a contar otra historia, elegir otro país, narrar de un modo distinto, en otro estilo. Pero hay algo que comunica los dos libros, uno es sobre la vida secreta de los hombres, el otro es el interés por la tecnología a través de la cual miramos el mundo. En la segunda novela tomo la figura del general estadounidense George Custer que conducía el famoso Séptimo de Caballería en la batalla de Little Horn, donde enfrentó a las tribus comandadas por el indio sioux Caballo Loco, y murió en ese combate. Custer era un hombre muy moderno, sabía la marca que iba a dejar en la historia, que en eso importaban los grandes gestos, la forma en que vestía, el largo de su pelo. Vivía su propio western antes de que el cine inventara los westerns. Buffalo Bill construyó su personaje copiándolo. Custer hizo su western antes de que existiera una cámara para filmarlo.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
D.F.: Lo más reciente que escribí fue una historia personal sobre Sidney, porque una editorial contrató a distintos escritores para que contaran de su ciudad de nacimiento. Ahora estoy tratando de escribir sobre mi historia familiar en Chile, sobre mi madre, eso si logro que mis mellizos de cuatro años me permitan concentrarme en la escritura.
Entrevista de Máximo Soto


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