“Esta vez me movió la indignación por donde va el mundo”

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Por primera vez, el consagrado narrador y dramaturgo Carlos Gorostiza se vio impulsado a escribir una historia de amor, y, según confiesa, llegó a sentirse enamorado de su protagonista. El autor de «El Puente», «El Pan de la Locura», «El Acompañamiento», el novelista de «Los cuartos oscuros», «Cuerpos Presentes» y «Vuelan las palomas» acaba de publicar «La tierra inquieta», su nueva novela. Dialogamos con él.
Periodista: ¿Cómo surge la idea de su novela «Tierra inquieta»?
Carlos Gorostiza: Salvo excepciones, que las recuerdo muy bien, generalmente no sé cómo surgen mis cosas. Supongo que los temas están bien adentro de cada uno. Después la forma, las excusas, los argumentos, las anécdotas, salen de ese fundamento. Aquí el fundamento fue indignarme y casi enloquecerme por dónde va el mundo, que es tan distinto de lo que yo pensaba cuando tenía 20, 30 y hasta 40 años. Si tuviera que dibujar esa sensación sería un signo de interrogación temblequeante. De pronto se me apareció gente que, en esta tierra que es totalmente inquieta (es un término demasiado suave), puede tener protagonismo y sólo tiene actitud de testigo.
P: ¿Por qué elige como protagonistas a dos fotógrafos?
C.G.: Que el personaje fundamental, Egon, sea fotógrafo de guerra, de origen alemán pero argentino, y que la protagonista, Mona, sea una fotógrafa de modas, es el eslabón que me permite unirlos por circunstancias ajenas a la simpatía o la atracción física, sólo por intereses profesionales, después aparece lo otro.
P.: Y eso otro es una historia de amor de una circularidad absoluta.
C.G.: Empieza cuando Mona va a Alemania y a partir de ahí comienza un racconto hasta llegar al hoy, a ella en el avión. El amor lo necesité como nunca. En mis novelas anteriores nunca apareció de un modo tan claro, tan definitivo, entre un hombre y una mujer. Había amor por los personajes, por lo que ocurría, algunos de los tantos amores que hay, pero nunca los de una pareja. Aquí tuve necesidad de un amor interrumpido por los hechos de la vida, los hechos políticos, sociales, las guerras.
P.: Además, Egon le lleva a Mona treinta años.
C.G.: Esa es una de las tantas diferencias que me aparecieron al escribir. Hay muchos factores que separan, que dividen a los seres humanos, y ellos tienen varios a pesar del amor que los une. De pronto la diferencia de edad surgió como un problema, como un obstáculo, y me gustó no sólo por eso, sino porque muestra a un hombre con muchas dudas, con un problema existencial, que de pronto tiene a su lado a una jovencita fervientemente enamorada. Son dos modos de sentir la vida.
P.: Y ella viene del glamour de la moda y él del terror de la guerra.
C.G.: Los dos vienen de la fotografía. Mona trabaja para una revista de moda porque empieza allí su carrera de fotógrafa, pero hace una exposición, que ya no es de modas sino sobre La Ciudad Quieta, que el prestigioso fotoperiodista Egon critica porque son bellas fotos pero faltan los seres humanos.
P.: Hay un sorprendente tercer personaje que interviene de manera constante, el narrador.
C.G.: Siempre se escribe desde la tercera persona o la primera persona. Si el escritor narra en primera persona es él, si lo hace en tercera persona, está aparte, lejos, es un espectador. Acá tuve la necesidad de involucrarme. Y a medida que iban ocurriendo situaciones de la novela yo reaccionaba frente a lo que sucedía, llegó el punto en que me estaba enamorando de Mona, esa chica de 21 años, me costaba entregarla a los brazos de otro. Por eso tiene un final un tanto juguetón cuando digo: ahora los dejo, a ella, a Egon, y a todos los que fueron sus compañero en este viaje arduo y prodigioso.
P.: ¿Cómo hace para unir teatro y novela?
C.G.: No los uno. Cada uno aparece en su momento. Ahora estoy en algo que ha venido con la índole del teatro. Pero las novelas son novelas desde su inicio. Han querido teatralizar novelas mías y siempre han sido fracasos, porque son novelas. Hay trabajos sobre novelas extraordinarios, yo he trabajado como actor cuando hicimos una versión extraordinaria de «Crimen y Castigo», recuerdo lo que logró Barrault con Kafka. A veces se consigue con pequeños textos o escenas, como ahora con «El Ultimo Encuentro» de Sandor Marai. Pero en general no es así, nacen como novela, como cuento, como teatro, como poema a veces. Yo no teatralizaría ninguna de mis novelas.
P.: Sin embargo el lazo está en que los diálogos de su novela resultan mucha veces absolutamente escénicos.
C.G.: Del mismo modo que seguramente en algún monólogo en el teatro aparece el novelista; es la misma persona la que escribe. Tenemos ejemplos, el teatro de Chejov y sus cuentos son totalmente distintos, yo no sé con qué quedarme. Con Pirandello pasa lo mismo. Yo inicialmente escribí novelas, y escribí poemas, pero todos escribimos poemas, unos los publican y otros los esconden, esto no quiere decir que son mejores los que se publican. Tenía 17 años, y un teatro de títeres con Javier Villafañe. Escribí a pedido una obra, «Platero en Titirilandia», que es el encuentro en el cielo de Juan Ramón Jiménez con su famoso burro. Gustó mucho, y así escribí tres o cuatro que ahora se volvieron a publicar. Me propusieron escribir una obra. En ese momento Discépolo ya no publicaba nada, Arlt había muerto y Eichelbaum estaba alejado del teatro independiente. Me impusieron un desafío y escribí «El Puente», y tuvo tal repercusión que me convirtió en dramaturgo. Pude volver a la novela recién en 1974 gracias a López Rega, como nos prohibió a todos y yo no tuve más remedio que cumplir con lo que sostenía Faulkner: para escribir una novela hay que encerrarse en un cuarto y tirar la llave por la ventana, yo por las dudas guardé la llave en un cajón. Así apareció mi primera novela, «Los Cuartos Oscuros».
Entrevista de Máximo Soto

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