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Formisano: “Conviene depender lo menos posible del Estado”
Dario Formisano: «Entre los productores de hoy hay muchísimos improvisados que viven de la benevolencia pública, que ya no da más».
Periodista.: ¿Quedan hoy productores como Carlo Ponti o los de Laurentiis en Italia?
Dario Formisano: Ya no. Era otro país, y ellos además tenían enorme coraje. Ahora tenemos dos buenas empresas, algunas sociedades consolidadas, unos que tratamos de hacer poco pero bueno y con continuidad, y muchísimos improvisados que viven de la benevolencia pública, que ya no da más. Y no tanto por culpa del Cavaliere que se fue, sino de la crisis. Hay poca plata, esa es la verdad.
P.: ¿Y qué pasa con los organismos públicos de cine?
D.F.: Conviene depender de ellos lo menos posible. Moretti se produce a sí mismo, y acuerda con la Rai recién cuando ya tiene el producto terminado. Pero no todos podemos hacer lo mismo.
P.: En «Voi siete qui» el veterano Furio Scarpelli dice «antes que el guión está el lugar». ¿Es así?
D.F.: Decididamente, si. Guido Lombardi conocía profundamente Castel Volturno, cerca de Napoles, un pueblo raro hasta para los napolitanos. Le dicen «la más africana de las ciudades europeas», porque sus habitantes lograron mantener allí su idiosincrasia. «Yo quiero hacer ahí mi primera película», me dijo Lombardi. Recién después pensamos la historia.
P.: Él es napolitano.
D.F.: Yo también, pero vivo en Roma, como Eduardo de Filippo, el mayor comediógrafo napolitano. Todas sus obras se ambientan en Napoles, pero aconsejaba «Da Napoli, fugire presto!», y yo le hice caso. Bien, durante dos años filmamos Castel Volturno, sus fiestas, su gente, vimos que era un mundo normal, con expectativas similares a las de cualquier otra gente, y así, con los propios habitantes, fue surgiendo la historia. Ellos mismos la actuaron. Aprovechamos que tenían vocación artística. Uno, músico nativo de Costa de Marfil, dueño de la discoteca del pueblo. Otro, de Ghana, productor discográfico. Por las dudas hicimos un casting con actores negros franceses, pero ellos nos convencieron más. El único problema fue encontrar alguien que quisiera hacer de prostituta, porque ahí pesa la religión musulmana. Ahí buscamos una actriz profesional, Esther Elisha, nacida en Brescia, hija de africano y siciliana.
P.: ¿Los hijos de inmigrantes se consideran italianos?
D.F.: Ellos son los nuevos europeos. Una chica de la película, Fatima Traore, vino a los dos años de edad, habla con perfecto acento napolitano, será modelo. Nuestro actual presidente declaró que es absurdo que los hijos de extranjeros no tengan todavía los mismos derechos de cualquier ciudadano. Pero eso ya depende del resto de los italianos.
P.: Entretanto, en «Voi siete qui», ustedes son los nuevos romanos.
D.F.: Si, porque Francesco Matera, otro director novel, es florentino. El coguionista, de Catania. Guionista y guía, el crítico Alberto Crespi, milanés, y con él Angelina Chávez, berlinesa. ¿Es buena propaganda si dejamos creer que es sobrina de Hugo Chávez?
P.: Según cada público. ¿Cómo surge este documental?
D.F.: Ellos hacen un programa, «La valigia dei sogni», donde pasan un film y luego muestran dónde se rodó. Y me trajeron la propuesta de hacer en cine algo parecido, pero todo dedicado a Roma, con las calles de «Ladrones de bicicletas», «Los desconocidos de siempre» y «La dolce vita», la via Margutta 51 de «La princesa que quería vivir», el ghetto judío que se usa para varias históricas, etc., hasta los lugares que usan Nanni Moretti, Ferzán Ozpetek, Marco Bellocchio, comentados por los propios cineastas. Un proyecto lindo, popular, que podríamos seguir con otras ciudades como Napoles, Turin, Milán, o Palermo, ya veremos cómo.
P.: Hay partes emotivas.
D.F.: Claro, cuando frente al monobloc de «Roma, ciudad abierta» aparece el chico, que hoy ya es un jubilado, y cuando Ettore Scola nos muestra el edificio donde filmó «Un dia particular», edificio inaugurado por el propio Mussolini en 1937 para los empleados públicos. Dice que los actuales habitantes estaban todos contentos de vestirse de fascistas como sus antecesores, y que la primera semana de rodaje fue un lio porque todos los vecinos querían invitar a almorzar a Marcello Mastroianni y Sofìa Loren. Impresiona comprobar cómo cambió y se expandió la ciudad, y también cómo cambió la mentalidad, cuando Carlo Verdone dice que de chico le enseñaban a frecuentar a toda la gente, y ahora a los chicos les enseñan a cuidarse de todo el mundo.
P.: ¿A usted qué le enseñaron?
D.F.: A respetar a los mayores, por eso incluyo a Peppino Rotunno, que empezó de pibe en Cinecitta, en 1940, al maestro Armando Trovaioli, que sigue brillante, y a Scarpelli, gran libretista de la comedia a la italiana, gran narrador, gran fabulador. No nos perdíamos una sola clase suya.
P.: Última pregunta, ¿qué significa LEskimo, el nombre de su empresa?
D.F.: El eskimo era el típico abrigo que se vendía en los mercados de pulgas, y usábamos quienes en los 70 queríamos cambiar el mundo. Su derivado actual es la parka, y es carísimo.


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