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Golosina visual irresistible con tortugo “flower power”
A diferencia de las producciones animadas hollywoodenses, donde el 3D se usa discretamente, en la belga «Las aventuras de Sammy-El pasaje secreto» se lo explota a nivel de parque de diversiones.
En una cinematografía pequeña, como la belga, cuando se accede a la animación digital en 3D el resultado no puede pasar inadvertido. Esto es lo que ocurre con «Las aventuras de Sammy», la historia de un tortugo de mar que persigue durante años a su propia Manuelita, llama-da Shelly, que no se fue a París sino que se perdió en las aguas del océano Pacífico.
En producciones más poderosas, como las últimas partes de «Toy Story» o «La era del hielo», los efectos tridimensionales se emplean de forma discreta, al punto tal de que muchas veces casi da lo mismo ver la versión standard en 35 mm. Con «Sammy» no ocurre eso: el 3D está explotado al nivel de atracción de parque de diversiones, lo cual si bien puede resultar recargado y artificioso, para el público al que va destinado representa una golosina visual irresistible.
Las diferencias no terminan allí. La película, aunque con no pocos momentos entretenidos, está demasiado sujeta a la guía de mensajes didácticos y aleccionadores (el calentamiento global, la ecología, el maltrato a los mares a través de la depredación del hombre, el derramamiento de petróleo, etc.), y en tal sentido su fábula, como tal, carece de la autonomía como para perfilar, entre otras cosas, la entidad de sus personajes centrales y secundarios, y el suspenso de su aventura (hay momentos en los que Sammy parece haberse olvidado de Shelly, aunque tal falta no le debe ser atribuida a su inconstancia sino a la necesidad que tuvieron los libretistas de incorporar el resto de sus preocupaciones).
La historia como tal transcurre en un flash back de 50 años, desde el accidentado nacimiento de Sammy hasta su plácido bienestar actual (por fortuna, se le ahorran en este caso a los chicos las sádicas escenas de depredación animal que ostentaba tan generosamente «La familia suricata»). En su búsqueda de Shelly a través de los mares, al protagonista lo acompaña otro tortugo, Ray, una especie de contraparte, cuya presencia esporádica a lo largo del film tampoco llega a tener la fuerza de los personajes-réplica en las producciones de Pixar o Dreamworks. Como un guiño generacional, también aparece una familia de hippies, los «humanos buenos», que le darán cobijo y protección a Sammy cuando haga falta. Antes que «new age», el tortugo es indudablemente «flower power», con el símbolo de la paz sobre su caparazón. Los más pequeños y los nostálgicos de los sesenta, agradecidos.
M.Z.


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