Huérfano de padre desde los 3 años, pasó la infancia y la adolescencia en internados británicos que lo acostumbraron a recibir "formativas" zurras de sus superiores. Luego ya no siguió estudios, prefirió ir a Tanganika como empleado de la Shell. En la Segunda Guerra Mundial se sumó al ejército británico. Fue aviador de la Real Fuerza Aérea, y logro sobrevivir a ataques y accidentes. Fue a la Embajada en Washington en un puesto menor. Allí, el novelista C. S. Forester le pidió que le contara de la guerra y le mandó unas notas. Pero, usted es escritor, le dijo Forester. Le ayudó a publicar. Escribió un cuento de la guerra para chicos y Disney lo llamó a trabajar con él. Hitchcock leyó sus cuentos y los hizo parte de su ciclo de televisión. Fue guionista de Hollywood. Era alto y flaco como un basquetbolista, se parecía a Cortázar; como el argentino, escribía cuentos donde lo fantástico irrumpía en la vida cotidiana con atmósferas perturbadoras, inquietantes. Podía pasar del relato de aventuras al de terror. Al final de su vida tenía el rostro de un clown jubilado. Siempre le interesó divertir a los niños y por eso transformó la literatura infantil. Hizo la mejor del siglo XX. Les contó historias de una forma inesperada, con humor, sorpresas, malas palabras, rebeldía y critica a los mayores. El mes pasado se cumplieron cien años del nacimiento del galés Roald Dahl (1916-1990), y volvieron a las librerías, donde nunca faltaron, sus libros. Una notable antología de sus grandes cuentos. La serie de "Charlie y la fábrica de chocolate", "Matilda", "Las brujas" y 15 novelitas más, de las que se han vendido 200 millones de ejemplares en el mundo. Resulta imperdible el entretenido y gozoso encuentro con su obra.
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