22 de enero 2009 - 00:00

Grupo de familia por un Assayas iluminado

Edith Scob y Juliette Binoche en una escena de Las horas del verano, fil por encargo que terminó siendo la obra más madura, diáfana y profunda del director Olivier Assayas.
Edith Scob y Juliette Binoche en una escena de "Las horas del verano", fil por encargo que terminó siendo la obra más madura, diáfana y profunda del director Olivier Assayas.
No es infrecuente que una obra por encargo depare efectos artísticos que lo exceden. Este nuevo film de Olivier Assayas, ex crítico de « Cahiers du Cinéma» cuyo ya vasto trabajo como realizador suele fluctuar entre una interesante densidad y el efímero barroquismo cinéfilo, nació de de un pedido que le hizo el Museo d'Orsay de París. Se trataba de realizar una película que llevara al museo, directa o indirectamente, como parte de su argumento. El resultado es el film más maduro, diáfano y profundo de su carrera.

«Las horas del verano» se ocupa de varios temas: la finitud, la decadencia, la globalización y la incierta esperanza. Su marco es el de un «grupo de familia» neoviscontiano en el que Hélène (Edith Scob), una mujer de fortuna -más de tesoros artísticos que de dinero-, reúne a sus hijos y nietos para celebrar sus 75 años. Su intención es la de anticiparse al futuro reparto de los bienes, entre los que se incluyen dos pinturas de Corot, numerosos muebles y objetos de estilo, y los cuadernos de sketches de su amado tío artista Paul Berthier, con quien mantuvo además una relación secreta que sólo su hijo mayor, Frédéric (Charles Berling), se obstina en negar, como también niega el inmediato destino de la mansión familiar campestre en las cercanías de París.

De los tres, Frédéric no sólo es el más conservador sino el único que se ha quedado en Francia; Adrienne ( Juliette Binoche) vive en Nueva York como exitosa diseñadora de enseres sofisticados, y Jérémie (Jérémie Renier) lo hace en la China, dedicado a la fabricación de zapatillas. Hélène es la única que tiene la valentía suficiente para plantear, en ese reencuentro, que después de su muerte la casa y sus objetos irán seguramente a subasta, y pretende que se lo haga de una forma racional.

Bastarían sólo dos escenas para definir la hondura de la mirada de Assayas -también autor del ejemplar guión-: una, apenas remarcada por una frase de la madre («sé que no te gustan los objetos que lleven alguna marca del pasado»), cuando intenta regalarle a Adrienne una tetera de plata; la otra, silenciosa, es la contemplación indiferente, hueca, que dos de los nietos hacen de los Corot cuando su padre Frédéric se los muestra. Para ellos no sólo no hay marca del pasado; no hay marca alguna.

Pero lo más valioso de esa mirada es que en ningún momento es reprobatoria: el libro, muy lejos de juzgar a sus personajes, discurre pacíficamente sobre la naturaleza humana, sometida en estos años de cambios más radicales ( aunque tal vez todas las épocas creyeron tenerlos) al quiebre de las tradiciones y al cambio de lugar de los valores.

Cuando, mucho más adelante, el escritorio que perteneció a Berthier descanse, mudo y descontextualizado, en un rincón del Museo de Orsay en el que los turistas ni siquiera reparan (hay poca gente, en verdad, que se detenga a mirar un escritorio aparentemente común), la película tematizará ese cambio de una manera menos melancólica que lúcida.

Assayas, con «Las horas del verano», se inscribe en una línea de films como «Un domingo en el campo» (1986), de Bertrand Tavernier, superándolo inclusive desde la riqueza de sus reflexiones. Y, si bien se abstiene en efecto de juzgar a sus personajes, su debilidad recae sólo en uno, luminoso: el de la vieja criada Eloisa (Isabelle Sadoyan), la única ajena a cualquier móvil de conveniencia, dinero o significado del patrimonio. El colofón, sustentado en un regalo que sobre el final le hace Frédéric, constituye uno de los desenlaces más bellos que podía haber tenido esta historia.

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