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Hugo Burel: “Todos, en algún instante, quisiéramos ser otro”
Burel vino al estreno del film de Gerardo Herrero y a presentar «El desfile salvaje», una novela que abandonó para dedicarse a «El corredor nocturno» y, al retomarla, «me di cuenta qué le faltaba y qué era lo que tenía que indagar».
Periodista: ¿Qué es para usted «El desfile salvaje»?
Hugo Burel: Es una novela que empecé a escribir y la abandoné para dedicarme a «El corredor nocturno». En el proceso amplié «El desfile salvaje» que es una novela bastante compleja y ambiciosa, que plantea la historia de un grupo de hombres que son muy amigos en la adolescencia y que después, como pasa a todos, cada uno hace su vida, pero la muerte de uno de ellos los reúne nuevamente en una situación de madurez, de vidas hechas. Pero ese hecho determina un replanteo de lo que ha pasado, no sólo en cuanto a lo que recorrieron juntos sino sobre por quée sucedió la muerte de Esteban, que es el personaje central. Y, a partir de ahí se dispara una investigación que uno de los amigos, que es abogado, realiza, y que tiene la intuición de que detrás de la muerte de Esteban hay algo raro, hay algo que no cierra. A partir de ese misterio se arma «El desfile salvaje».
P.: ¿Qué se siente al abandonar una obra y después volver sobre ella?
H.B.: Los viejos editores suelen decir de un manuscrito «a esto le falta cajón». Yo nunca creí en eso. Pero en este caso, diría que sí, que le vino bien. Porque al volver sobre la historia me di cuenta qué le faltaba y qué era lo que tenía que indagar para poder terminarla; el escritor sabe cuando su obra ha concluido y cuándo no. Ahí felizmente retomé la historia y la volví a escribir, y le encontré sentido a lo que sucedía y finalmente cerró como thriller y como necesidad personal.
P.: Y esto le sucedió después de dieciséis libros.
H.B.: El oficio es muy importante, porque evita perder el tiempo en arranques que no te llevan a ninguna parte, y porque permite mejorar la idea en función del oficio de narrar. Cuando se es joven uno tiende a tener un entusiasmo desbordante en la escritura en sí, después se es más reflexivo, más crítico y más exigente; por lo menos es lo que a mí me pasa.
P.: Eso lleva al enriquecer la trama, a juegos que agregan resonancias, ecos y profundidades al thriller, como que el lugar de reunión sea Calais, que aparezca la referencia a Rimbaud...
H.B.: Calais, más allá de un lugar de Francia, es el chalet de la familia del muerto, es una especie de refugio. La clase media y la clase alta uruguayas siempre tuvieron el sueño de la casita en el balneario, del lugar de descanso. Ese lugar es donde se produce el pacto de sangre entre esos cinco amigos adolescentes, que van haciendo dedo hasta allí. Que fue toda una charada inventada por Esteban, el tajo en los dedos con una navaja. Ese lugar se convierte en mítico, es aquel donde se integran en una ilusión, en un proyecto de vida, en una fraternidad. Luego pasa el tiempo y algo falla. Cada uno hizo su camino. Y Esteban aparece muerto en Calais, en ese espacio mítico. Y esto hace a la convocatoria. El caso de Rimbaud es el de un modelo, el del artista que a los 18 años ya había escrito todo y se fue, se olvidó de la literatura. Pienso que más fascinante que la escritura de Rimbaud es su vida, ese tipo que se va a África, se hace traficante, se lanza a otras aventuras. Es el símbolo de la juventud eterna que queda cristalizada en su obra temprana, en sus excesos. Después rompe con todo eso y se olvida de que ha sido Rimbaud. Es el modelo de no resignarse a vivir una única existencia.
P.: Por eso ese poeta francés estuvo entre los grandes modelos de la generación de sus personajes, la de los 60 y 70.
H.B.: Una generación idealista que idealizaba. Octavio Paz llegó a decir que el Mayo del 68 fue la última oportunidad para la utopía, en el sentido de que repetía los gestos de otras vanguardias, de otras revoluciones, pero sin la posibilidad real de concretarse. Después eso se va a perder porque la historia va para otro lado, por lo que fuere. Esa generación de cuando la luna dejó de ser la luna y la vimos por la tele con un tipo saltando sobre ella, eso demistificó lo romántico a quienes mantenían ideales en el fondo románticos. ¿Qué pasa cuando eso es analizado con cierto aire de fracaso o de pérdida? Eso es algo que está detrás de la reunión que se produce en el velorio de Esteban. Y allí Marcelo, que parecía el menos dotado, el que es un abogadito picapleitos y empleado del Estado, es el que va decir: paren, acá hay algo que no cierra.
P.: Y se convierte en el detective de su novela.
H.B.: Es el que asume que detrás de esa fachada hay algo que no está claro. Que la muerte de un exitoso, de un seductor irresistible, de un ambicioso sin escrúpulos, no se entiende. Hay algo que no está claro. ¿Por qué un triunfador termina así, si tenía todo? Tenía pinta, dinero, inteligencia, talento, podía haber sido actor, escritor, lo que se le ocurriera. ¿Por qué ese hombre termina vestido como un marginal y muerto sobre su vómito? Ahí se dispara el mecanismo investigativo, el ir a ver el lado oscuro del otro, el lado oscuro del triunfador, qué hay detrás de un triunfador. Ese es el motor de la historia.
P.: ¿Por qué agregó como un bonus, el texto «La memoria de Ascenari»?
H.B.: Sentí que había una oportunidad con un texto distinto, en estilo, en estructura, de significado, dar testimonio de lo que Esteban había sido capaz de expresar, más allá de todo, más allá de su éxito, de su inteligencia y de su perversidad. Como en Rimbaud la escritura había estado en él. Si está en el final es porque se resolvió el caso y éste es el bonus, que dice de alguna manera lo que ha surgido de la investigación, pero que está dicho desde el muerto. Que, además, quiere ser otro. Todos, en algún instante, queremos ser otro. Allí Esteban se plantea qué es durar, qué tan solos estamos, cómo podemos perdurar, qué nos hace seguir adelante, qué nos está impulsando en cada paso y cómo se puede expresar lo que pareciera que no podemos expresar. Creo que es lo que se plantea un escritor.
P.: ¿En ese escenario, qué lugar ocupan las mujeres?
H.B.: Tienen una función mediadora, están haciendo que las cosas sucedan, están estableciendo puentes entre lo oscuro y lo luminoso. Tiene la condición de testigos privilegiados de lo que pasa y por qué pasa. Son como las mujeres de «El Castillo» de Kafka, son las que vinculan. Y acá los personajes femeninos son tan importantes como los masculinos, porque de algún modo han determinado sucesos y siguen interviniendo.
P.: ¿Cómo alcanza su intensa y amplia producción literaria?
H.B.: En el escritor, su misión, su necesidad o su pasión es narrar, más allá de todo cálculo. Yo a las siete de la mañana estoy escribiendo todos los días. Tengo mis ritmos, mi necesidad, mis ambiciones. Para mí es una actividad unida a la respiración, a la circulación sanguínea. El escritor es escritor en el momento en que produce, lo demás es una consecuencia.
P.: ¿Qué piensa de la versión cinematográfica de su novela anterior, «El corredor nocturno»?
H.B.: Si bien no escribí el guión, estuve bastante en contacto con la productora y con el director Gerardo Herrero. Vine el año pasado al rodaje. Me gusta mucho el cine y he sido crítico de cine. En cuanto al pasaje de la novela al guión, creo que es una buena adaptación. Por supuesto, no abarcó la totalidad de la novela, pero la historia está bien. Es la ambigüedad entre el gerente de una compañía de seguros, sometido a una gran presión laboral, y un día en un viaje que hace por la compañía conoce a un señor que comienza un asedio constante. La película mantiene la carga que se da entre ambos. Es un thriller también sobre el poder, sobre la ambición, el desprecio de algunas empresas por la personas, cómo funciona el ascenso, a quién se está pisando, lo rápido que se puede caer.
P.: ¿Cómo ve la literatura uruguaya actual?
H.B.: Soy un defensor de la narrativa de ficción, y la literatura uruguaya está funcionando mejor por el lado del testimonio, de la novela histórica, de la crónica, de una serie de indagaciones sobre el pasado, pero la ficción pura y dura está complicada. Yo, en ese sentido, siento que me inserto más en lo que sería una literatura rioplatenese.
Entrevista de Máximo Soto


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