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Impecable “Pasión” que es un crisol de voces y raíces
En el podio, María Guinand guió al coro y a los instrumentistas con mano dulcísima y enérgica a la vez.
En vísperas del 2000 (250° aniversario de la muerte de Bach), el director alemán Helmuth Rilling comisionó a cuatro renombrados compositores para musicalizar las cuatro versiones de la pasión de Cristo. Los elegidos fueron su compatriota Wolfgang Rihm, el chino Tan Dun, la rusa Sofia Gubaidulina y el argentino Osvaldo Golijov, nacido en La Plata en 1960 y radicado desde 1986 en los Estados Unidos (el público local tuvo la posibilidad dos años atrás de acercarse a su ópera «Ainadamar» en el Argentino de La Plata).
Es imprescindible conocer ese contexto para comprender la necesidad de Golijov de dar en la partitura de su «Pasión según San Marcos», con la cual el Teatro Colón inauguró su temporada lírica el miércoles pasado, la voz a Latinoamérica, a la que habría de representar. En esa voz confluyen también otras que el compositor buscó manifestar, incluyendo las llegadas de Africa y Andalucía y sus propias raíces judías.
No se puede entonces hablar en este caso puntual del lenguaje de Golijov, sino del crisol de estilos y atmósferas que va hilvanando en un continuo sin fisuras y que envuelve al público hasta seducirlo totalmente, incluso al que no ha tomado la precaución de dejar en su casa los prejuicios y no está enterado de que escuchará a cantantes llegados del ámbito popular y a una orquesta que incluye un orgánico «salsero».
La materia prima a partir de la cual Golijov da forma y vida musical (y teatral, ya que no están ausentes los movimientos escénicos) al arresto, interrogatorio, tortura y crucifixión de Cristo comprende gran cantidad de elementos, posiblemente más de los que el espectador promedio puede procesar en una primera aproximación, y su arte cobra -al menos para un oído local- una dimensión mucho más auténtica en momentos como el mágico rezo final, por ejemplo, que cuando apela al «Todavía cantamos» de Víctor Heredia acompañado sólo por un bombo.
Especialmente notable es la forma en que se distribuye el texto, no sólo el Evangelio propiamente dicho sino fragmentos de las «Lamentaciones» de Jeremías, algunos salmos del Antiguo Testamento, el Kaddish y el poema de Rosalía de Castro, «Lua descolorida», que la soprano española María Hinojosa vertió de manera conmovedora.
Es difícil pensar en esta obra sin la presencia de la Schola Cantorum de Venezuela para la cual fue escrita: amén de un sonido que puede ir de lo más límpido a lo más árido, es asombrosa la soltura rítmica de sus cantantes, su expresión facial y corporal, su convicción en cada nota y el excelente desempeño de sus solistas. Biella Da Costa (de rara emisión oscurecida), Reynaldo González Fernández y el bailarín Deraldo Ferreira completan las fuerzas vocales y teatrales de esta partitura cuya vitalidad arrolladora reposa en parte en la parafernalia percusiva y broncística de la «Orquesta La Pasión». El marco sonoro se redondeó con cuerdas de la Estable apoyadas en Freddy Varela Montero (concertino) y Stanimir Todorov (cello solista). Un sutil trabajo de amplificación que no molestó ni siquiera a los ocupantes de las primeras filas (salvo un brevísimo acople antes del comienzo) ayudó al balance de todos los elementos. En el podio María Guinand guió a su coro y a los instrumentistas con mano dulcísima y enérgica a la vez.


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