Innovar en tango es bueno, pero Otros Aires deja dudas

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Presentación de «Tricota». Actuación de Otros Aires. Con Miguel Di Genova (voz, composición, guitarra, secuencias electrónicas), Diego Ramos (piano, arreglos orquestales), Omar Massa (bandoneón), Carlos Ocorso (percusión) y Emiliano Lorenzo (contrabajo. Invitados: bailarines dir. por Luis Solanas y Maricel Giacomini y Orquesta de Tango del IUNA dir. por Ariel Pirotti. (Teatro ND/Ateneo; 23 de noviembre).

El grupo Otros Aires -siempre con el compositor, cantante y guitarrista Miguel Di Genova a la cabeza- se debate en el mismo conflicto que tantas otras formaciones tangueras de estos tiempos. El problema es cómo ser «modernos» sin dejar de relacionarse con el pasado, cómo apuntar la mirada a lo internacional sin abandonar la localía, cómo ser populares sin descuidar la sutileza y la experimentación. Cómo poner a funcionar la cabeza sin olvidarse de la emoción. Y como tantos otros, los resultados a que arriban en ese camino no siempre son alentadores.

Estos Otros Aires nacieron en Barcelona en el año 2003; y desde entonces, han circulado por escenarios europeos y argentinos y han editado tres discos. Ya instalados en Buenos Aires, y con algunos cambios respecto de la formación original, el planteo básico sigue siendo el mismo: apoyarse en el tango antiguo y en el estilo milonguero que bordea lo rural, desarrollar una poética que hable del tiempo actual, recrear algunos clásicos del género y pasar todo por cierto aire -esos «otros»- electrónico.

Frente a esa propuesta, lo que se escucha, en definitiva, es un estilo muy tradicional, por momentos casi arcaico, con algunos rasgos tangueros arquetípicos exagerados y hasta caricaturizados, con pulsos y bases rítmicas constantes -producto de la elaboración digital- y un cantante que se las va rebuscando sin ser un virtuoso en la materia. Hay una obvia intención de búsqueda que, de por sí, merece el elogio. Hay una inversión económica y de trabajo que acompaña a la música. Hubo en este caso un grupo básico de guitarra, piano y bandoneón que por momentos se hizo más numeroso.

Hubo bailarines que se salieron del molde clásico y lograron algunos cuadros visualmente bellos. Hubo una orquesta más grande invitada, la del Iuna, que es como una «típica» con agregado de cello. Hubo videos -a veces demasiado autorreferentes- que muestran también mucho trabajo; y hasta se vio el fragmento de una película documental de la que participó el grupo. La discusión que se propone es en todo caso estética. Vale la búsqueda: el único camino para que el tango no se transforme en una pieza de museo es que haya músicos de las nuevas generaciones que se atrevan a reformularlo, cuestionarlo, revisitarlo, pervertirlo o desarrollarlo desde los más diversos lugares; sin ninguna preocupación por lo que puedan pensar los más ortodoxos. Pero desde el respeto a la osadía y al atrevimiento, queda la duda sobre la solvencia de lo que termina siendo la obra de este grupo comandado por Di Genova.

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