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Irak y Afganistán, esos dos fantasmas
Bengasi, la capital de la rebelión contra Muamar Gadafi, se da el lujo, prohibido durante más de cuatro décadas, de satirizar la imagen del dictador. La lucha entre leales y opositores no da señales de definirse.
Ni la coalición internacional ni la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que dirige la operación militar aliada bajo el nombre de «Protector Unificado», muestran avances significativos que dejen entrever un final cercano a la «guerra de Libia».
Mientras tanto, Gadafi, investigado por la Corte Penal Internacional de la Haya (CPI) por crímenes contra la humanidad, no se inmuta por la enorme presión internacional e incluso realiza alguna que otra aparición pública entre sus acólitos para mostrar al «enemigo» que su determinación de permanecer en el poder sigue incólume.
En lugar de mostrar progresos tangibles en su objetivo declarado de proteger a los civiles, los aliados parecen haber entrado en un «mar de los Sargazos» en el cual parecen encallados o empantanados.
Cada día, desde el cuartel general de la OTAN en Bruselas se hace el recuento, a modo de letanía automatizada, de las operaciones realizadas: 255 salidas de aviones, 23 ataques efectivos, 56 operaciones de reconocimiento.
La OTAN envía múltiples comunicados de prensa en los cuales informa de las actividades realizadas. Pero aunque se intente buscar más luz, detrás de los mensajes oficiales no se acierta a ver la clave que permita vaticinar un final cercano al conflicto.
La alianza da muestras de estar atrapada en una tela de araña a pesar de que su secretario general, Anders Fogh Rasmussen, lo niegue sistemáticamente.
Según transcurren los días, Europa y Occidente, con las Naciones Unidas, la Liga Árabe y la Unión Africana, se dan cuenta de que, como admitía recientemente la propia OTAN, el recurso a la fuerza no será suficiente para resolver el conflicto.
Francia, cuyos aviones Rafale fueron los primeros en «abrir camino» de los ataques aliados, ha vuelto a criticar la presunta «lentitud» de las operaciones, que exaspera sobre todo al Elíseo.
«Hay riesgo de que esta guerra se prolongue. Esto es largo y complicado y precisamente porque es complicado, es largo», comentó el ministro francés de Defensa, Gérard Longuet.
Es, precisamente, el peligro de cronificación lo que, a juicio de los expertos, convierte a la «guerra de Libia» en delicada.
Parece que ese primer bombardeo francés, del que alardeaba el presidente Nicolas Sarkozy el 19 de marzo pasado a las 17.45 de la tarde (local), no ha sido el giro de tuerca que muchos esperaban, sobre todo el opositor Consejo Nacional Libio, para que en el país norafricano comenzara a brotar otra fase de «primavera árabe», las revueltas pacíficas que vieron salir del poder al expresidente egipcio Hosni Mubarak o al tunecino Ben Ali.
Un mes después de que las bombas guiadas por láser francesas o británicas y los misiles de crucero estadounidenses Tomahawk cayeran sobre posiciones de los leales a Gadafi, lejos de calmarse la situación sobre el terreno en Libia se acerca cada día más al peor de los escenarios.
A pesar de que la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la llave legal para permitir la intervención internacional, no contempla el despliegue de tropas en suelo de Libia, desde que comenzó el conflicto siguen sonando las voces entre los expertos en derecho internacional que creen ver «un resquicio legal» para, llegado el caso, desplegar unidades de infantería.
Según reveló ayer el diario británico The Guardian, que cita fuentes diplomáticas de Bruselas, los 27 socios del bloque estarían ya trabajando en un plan militar para desplegar una «fuerza de asistencia humanitaria» europea en Libia.
Ese contingente, de cerca de mil efectivos, no podría intervenir en los combates (según especifica la resolución 1973), aunque sí tendrían facultad de responder con las armas ante cualquier amenaza, lo cual la convertiría de facto en una fuerza de acción bélica.
La posibilidad cercana de un despliegue terrestre occidental avalaría la tesis de que Europa y Occidente ya no creen que la ofensiva en Libia sea cuestión de poco tiempo, sino que comienzan a trabajar en un plan de acción a largo plazo, con el fantasma de las guerras de Irak y de Afganistán siempre presente.
Agencia DPA


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