18 de julio 2011 - 00:00

Jenkins: crossover y cambio de vestuario

Presentación de «Believe». Actuación de Katherine Jenkins (voz). Con una orquesta sinfónica dirigida por Anthony Inglis. (Teatro Coliseo, 16 de mayo).

Ex modelo y ex maestra de música. Con una belleza de muñeca de porcelana que la hace algo hierática. Rubia platino y sonrisa permanente de dientes amplios. Con una voz trabajada en los conservatorios hasta hacer de ella una discreta mezzosoprano. Galesa de nacimiento y, con sólo 31 años, ciudadana de buena parte del mundo. Con un atavío de fiesta de gala que es marca registrada. Sostenida fuertemente por su compañía discográfica, al punto que su contrato por un millón de libras británicas fue publicitado como uno de los más grandes de la historia para artistas de música clásica.

Enorme vendedora de discos: sus siete álbumes publicados suman alrededor de cuatro millones de unidades colocadas; y Argentina no ha quedado exenta de su buena estrella con más de 30.000 de su más reciente y muy promocionado «Believe». Compañera de escenario de figuras convocantes y tan diferentes como Plácido Domingo o Andrea Bocelli. Voz de la canción «Love Never Dies» de «El fantasma de la ópera», convocada por el reconocido Andrew Lloyd Webber. Katherine Jenkins y quienes trabajan su carrera desde distintos lugares no tienen de qué quejarse; independientemente de que la fecha de su concierto -en el mismo momento en que Argentina perdía su lugar en la Copa América frente a Uruguay- haya jugado en contra como para que el teatro Coliseo luciera repleto. Y quienes disfrutan de este tipo de productos, sin duda salieron muy satisfechos de su recital debut en nuestro país, con su popurrí de piezas clásicas y populares. Pero ya se sabe. No siempre la crítica coincide con el gusto de públicos masivos.

Poco rigor

Una orquesta sinfónica armada para la ocasión -con muchos músicos del teatro Colón- hizo algunas piezas instrumentales, con la batuta «cinematográfica» de Anthony Inglis. Sin mucho rigor, pasaron por «Una pequeña serenata nocturna» de Mozart, un tributo a Michel Legrand, «Libertango» de Piazzolla o un homenaje a Ennio Morricone; pero en verdad sólo sirvieron para permitir los cambios de vestuario de la cantante. Lo de ella, por su parte, fue una mezcolanza de «Nella fantasia», «Amazing Grace», un par de números de la ópera «Carmen», «La vie en rose», «Love Never Dies» o «El padrino», entre otras, en el marco de un subgénero que ella insiste en llamar «crossover» y que termina jugando en un lugar indefinido: ni clásica ni popular, ni la frescura de una voz blanca ni la técnica más depurada -con algunos problemas de engolamiento- del cantante lírico, ni la garganta que llega por sus propios medios sin amplificación al fondo de la platea ni la libertad espontánea del artista popular. Y el mismo repertorio -en ese sentido, tal como le pasa a un súper estrella como Plácido Domingo o antes a Pavarotti- guarda muy poca coherencia.

Dejá tu comentario